Paseo Didáctico por el Parque Hernández. -AGC-
Como cada año, Guelaya volvió a convertir el Parque Hernández en un aula al aire libre. La asociación ecologista organizó este domingo una nueva edición de su ya tradicional Paseo Didáctico, una actividad que invita a redescubrir el principal jardín histórico de la ciudad desde una perspectiva diferente: la de su riqueza botánica, su valor patrimonial y las historias que esconden las especies vegetales que lo habitan desde hace más de un siglo.
A las once de la mañana, frente a la gran araucaria que recibe a los visitantes en la entrada próxima a la Plaza de España, comenzó el recorrido. Allí se congregó un numeroso grupo de personas de distintas edades, algunas habituales de estas actividades y otras que acudían por primera vez, dispuestas a caminar por uno de los espacios más emblemáticos de Melilla. Muchos de ellos recorren el parque con frecuencia, pero hacerlo de la mano de quienes conocen su historia vegetal permite descubrir una realidad distinta, llena de detalles que habitualmente pasan desapercibidos.
La ruta estuvo guiada por Manolo Tapia, coordinador de Guelaya, quien fue deteniéndose en distintos puntos del jardín para explicar las singularidades de árboles, palmeras y arbustos que forman parte del paisaje cotidiano de los melillenses. A cada parada, los asistentes encontraban una nueva historia: el origen geográfico de una especie, su nombre científico, sus mecanismos de adaptación al clima, sus usos tradicionales o la relación que mantiene con la historia cultural de la ciudad.
A medida que avanzaba el paseo, el Parque Hernández iba revelando su condición de auténtico catálogo vegetal. Algunas especies son ampliamente reconocibles para los ciudadanos, como las buganvillas que cubren pérgolas y arcos, convertidas desde hace décadas en una de las imágenes más representativas de Melilla. Otras, en cambio, resultan prácticamente desconocidas para el gran público pese a encontrarse a escasos metros de los caminos más transitados. Nombres como Bismarckia nobilis, procedente de Madagascar y reconocible por el tono azulado de sus hojas; Pandanus candelabrum; Dombeya wallichii o Dasylirion longissimum fueron apareciendo a lo largo del recorrido, despertando la curiosidad de los participantes.
Durante la visita, Tapia retuvo una idea que resume buena parte del espíritu de la actividad: el Parque Hernández puede entenderse como un verdadero museo natural. “Siempre hablamos del patrimonio histórico y natural del parque, pero alguien ha dicho hoy una cosa muy bonita: que es un museo natural. Y realmente lo es”, explicó. Un museo vivo en el que muchas de las piezas más valiosas siguen creciendo desde hace más de cien años.
El tamaño de algunos ejemplares permite intuir su antigüedad. Según relató el coordinador de Guelaya, los grandes ficus que dominan distintas zonas del parque forman parte de las plantaciones originales realizadas cuando se creó este espacio. También la emblemática araucaria junto a la que comenzó el recorrido, así como buena parte del palmeral central, compuesto por palmeras canarias y datileras que han acompañado a varias generaciones de melillenses.
Uno de los momentos más interesantes de la visita se produjo junto al araar (Tetraclinis articulata), una especie estrechamente vinculada al norte de África y a la cultura rifeña. Tapia recordó que este árbol, protegido en la península, posee un valor singular en Melilla, donde existe una zona repleta de setos de araar cuya procedencia sigue siendo un misterio. “Nadie sabe quién lo plantó”, comentó. Más allá de su interés botánico, el araar mantiene una profunda conexión con las tradiciones del Rif. Su madera, específicamente sus raíces, ha sido utilizada históricamente en trabajos artesanales como cajas y sus hojas forman parte de prácticas medicinales y domésticas, empleándose tanto en infusiones como en sahumerios.
La ruta permitió también comprender cómo muchas especies procedentes de lugares muy alejados han encontrado en Melilla unas condiciones climáticas idóneas para prosperar. Las buganvillas, originarias de Brasil, son uno de los ejemplos más visibles. El clima mediterráneo de la ciudad, caracterizado por veranos secos e inviernos húmedos, ha favorecido igualmente el desarrollo de araucarias, ficus y numerosas palmeras que hoy forman parte inseparable del paisaje urbano.
Entre las especies que despertaron mayor interés figuró el Ficus macrophylla, uno de los gigantes vegetales del parque. Tapia explicó a los asistentes cómo este árbol australiano desarrolla raíces aéreas capaces de captar humedad del ambiente. Con el paso del tiempo, esas raíces terminan alcanzando el suelo y se convierten en nuevas columnas que ayudan a sostener la enorme estructura del ejemplar. Un mecanismo de adaptación que permite comprender la complejidad y la extraordinaria capacidad de supervivencia de muchas especies vegetales.
El recorrido avanzó entre explicaciones, preguntas y observaciones. Los asistentes se mostraron participativos durante toda la mañana, interesados en conocer detalles que transformaban cada árbol en una pequeña lección de historia natural. Sin embargo, la naturaleza quiso convertirse también en protagonista de la jornada.
Cuando el grupo alcanzaba uno de los puntos más destacados del itinerario, en las inmediaciones del Ficus macrophylla y la Eritrina coraloide, conocida popularmente como colorina, el cielo comenzó a oscurecerse. Poco después, la lluvia empezó a caer con intensidad sobre el parque. Algunos paraguas se desplegaron rápidamente mientras los participantes buscaban resguardo momentáneo bajo la vegetación. Aun así, el paseo apenas se detuvo. La comitiva continuó avanzando entre senderos mojados hasta alcanzar el otro extremo del jardín.
La lluvia, lejos de deslucir la actividad, aportó una estampa singular a una mañana dedicada precisamente a observar la relación entre las especies vegetales y el entorno en el que viven. Entre árboles centenarios, palmeras históricas y arbustos llegados de distintos continentes, los participantes completaron una ruta que les permitió mirar con otros ojos un espacio que forma parte de su vida cotidiana.
Más allá de la divulgación, Tapia aprovechó la actividad para insistir en la necesidad de cuidar un patrimonio vegetal que, pese a formar parte del paisaje cotidiano de la ciudad, sigue siendo vulnerable a determinadas prácticas. Durante el recorrido señaló algunos ejemplares que presentan grabados y arañazos en la corteza, una acción que puede parecer inofensiva pero que abre la puerta a la entrada de hongos y otros patógenos que comprometen la salud de los árboles. También recordó las heridas que aún conservan algunas palmeras como consecuencia de décadas en las que la feria se instalaba en el Parque Hernández y se clavaban elementos en sus troncos para sujetar carteles o estructuras.
Del mismo modo, explicó determinados problemas de riego detectados en los últimos años que ahora parecen mejorarse. Muchas de las especies presentes en el parque están adaptadas a climas áridos o semiáridos y un exceso de agua puede resultar perjudicial para su desarrollo. Como ejemplo citó el caso de los dragos del parque: el ejemplar centenario que se encontraba junto a la actual Avenida de la Democracia terminó desapareciendo, mientras que los otros dos dragos históricos llegaron a estar en una situación delicada por el exceso de riego, aunque actualmente muestran signos de recuperación.
Ya al final del recorrido llegó el momento de la fotografía de familia. Bajo un cielo todavía encapotado, se sucedieron los comentarios cruzados, las preguntas de última hora y las palabras de agradecimiento hacia quienes dedican parte de su tiempo a divulgar el patrimonio natural de la ciudad. Porque, como quedó patente durante toda la mañana, conocer la flora del Parque Hernández es también conocer una parte esencial de la historia de Melilla: sus vínculos culturales, su clima, sus transformaciones urbanas y la extraordinaria diversidad que se esconde tras la sombra de sus árboles.
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