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Fin de una etapa junto a una segunda madre y consejera, Mari Carmen Florido

El festival de fin de curso de sus alumnas reunió la riqueza de su universo de ritmos y estilos de la danza española en una noche cargada de emoción, aprendizaje y despedidas

por Alejandra Gutiérrez
12/06/2026 22:18 CEST
Fin de una etapa junto a una segunda madre y consejera, Mari Carmen Florido

Mari Carmen Florido y sus alumnas despidiéndose de una etapa, durante el festival fin de curso. -AGC-


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Este viernes, la Escuela de Música y Danza "Pilar Muñoz González" volvió a abrir las puertas de su festival de fin de curso en el Teatro Kursaal Fernando Arrabal. Tras el paso de los alumnos y alumnas de música, el escenario quedó preparado para recibir a las bailarinas de Mari Carmen Florido. Con el cambio de disciplina artística también cambió lentamente el paisaje de las butacas. Algunos familiares se incorporaban al patio de asientos mientras las filas centrales permanecían reservadas para las alumnas más pequeñas, inquietas, nerviosas, incapaces de ocultar la emoción que se acumulaba en sus gestos antes de salir a escena, entre conversaciones cruzadas.

Sobre la pantalla comenzaron a sucederse fotografías que actuaban como un reconocimiento silencioso a todo el trabajo realizado durante el curso. Imágenes de niñas, jóvenes y adultas compartiendo ensayos, aprendizajes y horas de convivencia bajo la guía de la maestra. Una sucesión de instantes donde quedaban detenidos los mantones, las posiciones precisas de las manos, los abanicos abiertos, los bastones marcando el compás, las sonrisas, las miradas cómplices, los gestos definidos y los abrazos compartidos. Fotografías capaces de resumir no solo la disciplina de la danza española, sino también el refugio emocional que cada semana encuentran en las aulas quienes forman parte de este grupo.

Festival de fin de Curso de alumnas y alumnos de Mari Carmen Florido

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Entonces el telón terminó de cerrarse. La imagen del festival quedó suspendida sobre la tela mientras las luces descendían lentamente hasta dejar el teatro envuelto en una calma expectante. El silencio comenzó a condensarse en el ambiente como si preparara al público para adentrarse en un universo sostenido por la expresividad del cuerpo, la armonía de la música y la emoción de la danza española. Apenas se escuchaban algunos murmullos nerviosos en las primeras filas antes de que los aplausos comenzaran a abrir paso a la función.

Tres pequeñas aparecieron entonces bajo la luz de un foco que las aisló del resto del escenario. Sujetaban el micrófono con una mezcla de timidez y valentía mientras dirigían sus palabras al público. Recordaron a las compañeras que, por distintos motivos, no habían podido estar presentes sobre las tablas y dedicaron también el festival a quienes seguían formando parte de la escuela desde la distancia. Después lanzaron una pregunta que despertó sonrisas entre las butacas: “¿Estáis preparados para levantar el vuelo?”. Y enseguida llegó la respuesta: “No necesitamos alas, solamente un mantón y muchas ganas de haceros disfrutar”.

El escenario comenzó entonces a llenarse de movimiento. “Vuela que vuela”, anunciaron mientras el grupo tomaba posición. Los mantones blancos empezaron a deslizarse entre los brazos de las bailarinas como si el aire los sostuviera por sí solo mientras los flecos flotaban y dibujaban estelas. Los tacones sonaban ligeros sobre las tablas mientras las manos se elevaban dibujando figuras delicadas en el espacio. Después, casi sin transición, los mantones desaparecieron y fueron las faldas las que comenzaron a elevarse, dejando observar el detalle preciso del taconeo. El movimiento se volvía cada vez más vivo, más seguro, hasta desembocar en un final espontáneo y alegre coronado por los gritos de “¡Olé, olé y olé!” antes del saludo definitivo.

Cuando las pequeñas abandonaban el escenario, dos de ellas permanecieron sujetando el micrófono para presentar la siguiente coreografía. “Bienvenidos a este momento especial, danza con la fuerza de la tradición”, anunciaron. Entonces la luz se transformó lentamente hasta teñirse de rojo. Los abanicos aparecieron abiertos entre las manos de las bailarinas y comenzó “Danza Española del Lago de los Cisnes”. El ambiente adquirió una delicadeza distinta, casi teatral, sostenida por los giros suaves, los abanicos suspendidos dibujando en el espacio las transiciones, las posiciones marcadas y el sonido constante de las castañuelas compenetrando el ritmo español con la melodía clásica. Sobre las tablas se construía un pequeño universo de fantasía donde cada gesto parecía medido con precisión y sutileza.

Los aplausos envolvieron el saludo final antes de que el escenario volviera a cambiar de atmósfera. Llegó “Heavenly” y el teatro se cubrió de tonos azules. La música, cálida y envolvente, acompañaba unos movimientos delicados que parecían flotar entre luces y sombras. Las bailarinas se desplazaban con ligereza mientras las castañuelas, esta vez en sus manos, marcaban el ritmo con sutileza, sosteniendo una coreografía construida desde la elegancia y la sensibilidad de cada transición.

La siguiente presentación llegó acompañada de una frase sencilla pero llena de intención: “Un abanico no es solo para el calor, también para la elegancia”. Era el turno de “Mi rincón del paraíso”. Sobre la pantalla apareció una imagen reconocible de la ciudad como ese lugar que sostiene un universo emocional y, una vez más, los abanicos se convirtieron en protagonistas absolutos. Recorrieron las manos de las bailarinas, acompañaron sus desplazamientos y vistieron sus figuras desplazándose de un lado a otro del torso, de las extremidades. Eran parte de ellas, de sus posiciones y gestos sostenidos con la fuerza de la mirada y la altura de la barbilla. Por momentos parecía que aquellos abanicos no eran un complemento, sino una prolongación natural de los propios dedos de quienes los sostenían.

El escenario volvió entonces a llenarse de energía infantil. “No venimos solo a bailar, venimos a compartir emociones”, anunciaron antes de dar paso a “Mi flamenca”. La luz verde cubrió las tablas mientras las castañuelas comenzaron a marcar la intensidad de la pieza. El flamenco más puro se dejaba escuchar en cada compás y el movimiento aparecía definido por la fuerza de los brazos, el giro de las muñecas, el carácter de las cinturas y el golpe firme de los pies sobre el suelo. Las palmas comenzaron a acompañar la coreografía mientras las faldas giraban al vuelo y las niñas parecían dibujarse a sí mismas sobre el escenario a través del movimiento. Llenando el espacio, componiendo la atmósfera. Después llegó la rumba, los abanicos y una alegría contagiosa que terminó por expandirse entre el público. El ritmo invitaba a seguir las palmas, a moverse desde las butacas, a dejarse llevar por una energía festiva que encontró su respuesta natural en un aplauso largo e intenso.

“Mírame a los ojos” fue la siguiente propuesta. “Cada paso es un puente; que comience el viaje y que tu mirada sea la protagonista”, anunciaron antes de que las luces blancas quedaran suspendidas sobre el humo del escenario. La música desprendía una sensación efímera, casi soñadora, mientras una nana resonaba con la delicadeza de una voz maternal que canta a un hijo. Las sillas andaluzas aparecieron entonces sobre las tablas recogiendo a las bailarinas en una imagen serena y elegante, acompañadas también sobre la escena por su maestra y compañera, Mari Carmen Florido.

Pero la calma inicial pronto dio paso a la intensidad. Los bastones comenzaron a golpear el escenario marcando el compás mientras el taconeo crecía en fuerza y precisión. Cada golpe resonaba sobre las tablas creando una conversación rítmica compartida entre profesora y alumnas. Mari Carmen marcaba el pulso y las bailarinas respondían al unísono, construyendo un lenguaje común sostenido por años de aprendizaje y convivencia. Desde las butacas comenzaron a escucharse los “¡guapa!”, lanzados con admiración hacia la profesora, la cual respondió sonriendo: “Guapas, vosotras”.

El recital dejó también algunos de los momentos más emotivos de la noche. Varias alumnas se despidieron de la que definieron como su segunda casa. Hablaron de la danza como refugio en los momentos difíciles, como lugar seguro al que regresar siempre. “No has sido solo nuestra profesora, sino también nuestra madre y consejera”, expresaron emocionadas dirigiéndose a Mari Carmen Florido, las jóvenes que entre lágrimas se despedían de un camino para abrir otro nuevo. “Hoy cerramos una etapa, pero el baile siempre será nuestro lugar seguro”. Tras las palabras, las compañeras que las acompañaban también quisieron dedicar unas palabras de cariño y deseos de éxito para aquellas amigas que comienzan un nuevo recorrido. Así comenzó, entre lágrimas y explosión de amistad, "Benise", su color rojo pasión, sus faldas al vuelo como si fuesen alas batidas y su capote de torero.

Y así, entre aplausos, emociones compartidas y despedidas, el festival continuó desplegando un universo de magia, color y movimiento a través de coreografías como “La Torre del Oro”, “Tangos de la Repompa”, “Bulerías de la lluvia”, “Cuplé de bulerías” y “Mis estrellas. Viva la danza. Viva la vida”. Este viernes, el escenario volvió a dejar constancia de la huella de un año entero de aprendizaje, convivencia y amor profundo por la danza.

Tags: Escuela de Música y Danza ‘Pilar Muñoz González’Mari Carmen Florido

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