Antes de ocupar las bibliotecas y las aulas, la filosofía fue una búsqueda hecha conversación. Y antes de convertirse en una de las grandes manifestaciones artísticas de Occidente, el teatro fue una reunión de ciudadanos que evolucionaba paralelamente a la polis griega. Filosofía, teatro y democracia crecieron en aquel mismo horizonte de plazas y preguntas compartidas, de palabras pronunciadas en voz alta para pensar el mundo y pensarse en él. Mientras los filósofos comenzaron a interrogarse por la verdad, la justicia o la condición humana, el teatro reunía a la comunidad para contemplar sobre el escenario sus propios conflictos, pasiones y contradicciones. La primera gran filosofía occidental tomó, además, la forma del diálogo. En los textos de Platón ya se adivina una cierta teatralidad: voces que se encuentran y se confrontan, preguntas que buscan respuestas y una verdad que se construye, poco a poco, a través de la palabra compartida.
Para Alejandra Almendros, esa relación entre filosofía y teatro no es una reflexión académica ni una simple coincidencia histórica, sino una manera de entender el mundo y también su propia vocación. La joven dramaturga, que actualmente estudia Dramaturgia en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) y realiza un doctorado en Filosofía, ha encontrado precisamente en ese territorio común el lugar desde el que construir su camino creativo. Antes llegó la interpretación, aunque pronto sintió que había algo más que necesitaba explorar dentro del teatro. "Siempre ha habido una preocupación por la palabra en mi vida", explica. Y fue en la palabra dramática donde terminaron confluyendo sus dos grandes pasiones.
Porque para Almendros la palabra dramática posee una naturaleza singular, pues se trata de una palabra que nace para convertirse en acción y en cuerpo. Ahí reside, en gran medida, su fascinación por la dramaturgia, una disciplina que entiende también como una forma de pensamiento. Filosofía y teatro, insiste, han ido siempre de la mano y continúan haciéndolo hoy. La una formula preguntas y la otra las pone en escena.
Su manera de concebir la dramaturgia se aleja de cualquier definición reduccionista. Para ella, el dramaturgo no es únicamente quien escribe un texto, sino quien construye un universo entero. La dramaturgia comienza mucho antes de que exista un diálogo sobre el papel y continúa mucho después de que las palabras hayan sido entregadas al equipo artístico. "El dramaturgo genera una cosmovisión entera", afirma. Se trata de pensar qué se quiere contar, para quién se cuenta y cuáles son las herramientas más adecuadas para hacerlo.
Por eso se resiste a limitar la dramaturgia al texto escrito. La encuentra también en la danza, en la iluminación, en el vestuario, en la escenografía o en el movimiento de los cuerpos sobre el escenario. Cada decisión participa de la construcción del sentido. Todo aquello que contribuye a transmitir una historia es, de alguna manera, dramaturgia.
Esa mirada la lleva inevitablemente a reivindicar el teatro como un arte esencialmente colectivo. Recupera el concepto de convivio formulado por el filósofo y teórico teatral argentino Jorge Dubatti para explicar que el teatro solo existe cuando las personas se reúnen en un mismo espacio y un mismo tiempo para compartir una experiencia. "El teatro es democrático por naturaleza", sostiene. No hay jerarquías absolutas porque nadie puede hacerlo solo. Desde quien diseña la iluminación hasta quien se encarga de la escenografía, desde quien recibe al público en la sala hasta quien se sube al escenario, todas las personas resultan igualmente necesarias para que el acontecimiento teatral tenga lugar.
Desde esa manera de entender el hecho escénico llega ahora uno de los retos más importantes de su todavía joven trayectoria: la adaptación de La dama duende, de Pedro Calderón de la Barca, que se representará este jueves, viernes y sábado, a las 21.30 horas, dentro de la programación de la décima edición del ciclo de Microteatro del Hospital del Rey.
No es la primera vez que trabaja como dramaturga, pero sí su primer encuentro con el verso del Siglo de Oro. Y la experiencia, reconoce, ha sido tan apasionante como intimidante. Enfrentarse a Calderón supone hacerlo con uno de los grandes nombres de la literatura universal, con un autor cuya complejidad dramática, lingüística y filosófica continúa asombrando siglos después. "Hay que atreverse con el verso", dice, consciente del respeto que impone intervenir un texto de semejante magnitud.
El proceso de adaptación ha sido largo y minucioso. Horas de lectura, de documentación y de escritura frente a un texto que exige una atención permanente. La métrica se convierte en una arquitectura delicada que apenas permite concesiones y obliga a tomar decisiones con enorme precisión. A ello se suma la necesidad de pensar en el "diccionario del espectador": aquellas referencias históricas, culturales y lingüísticas que el público del siglo XVII comprendía de manera inmediata y que hoy requieren un ejercicio de mediación para que la obra siga dialogando con el presente.
También ha sido necesario revisar determinados aspectos desde una sensibilidad contemporánea, pasar algunas cuestiones por una inevitable lupa de género, siempre desde el respeto absoluto al contexto y a la identidad del texto original. El propósito nunca ha sido alterar la esencia de Calderón, sino facilitar un encuentro entre la obra y el espectador de hoy sin traicionar su naturaleza ni romper la verosimilitud de su universo.
En ese proceso, la figura de Alba Recondo, directora del montaje, ha sido fundamental. A la complicidad profesional se suma una amistad nacida, precisamente, entre el teatro y las aulas de Filosofía. Almendros reconoce que su apoyo y su confianza le permitieron acercarse al texto con menos miedo y asumir decisiones que, ante un clásico de semejante envergadura, resultaban difíciles de tomar.
La documentación le ha permitido además descubrir nuevas capas de significado en La dama duende. Porque, aunque se trate de una comedia de enredos, la obra está atravesada por una profunda dimensión filosófica. Entre los textos favoritos de la dramaturga se encuentra el auto sacramental de La vida es sueño, una de las grandes cumbres del pensamiento barroco español. En Calderón encuentra así una extraordinaria capacidad para convertir la escena en un espacio de reflexión.
En La dama duende esa filosofía se esconde en los detalles: la habitación contigua que comunica dos espacios, los personajes que avanzan a tientas, la oscuridad, los secretos, las puertas que se abren y se cierran y esa permanente sensación de no saber del todo hacia dónde se camina. Durante el proceso de documentación descubrió cómo el juego entre la luz y la sombra adquiere un valor simbólico que atraviesa toda la obra.
La propia condición de doña Ángela está íntimamente ligada a esa oscuridad. La protagonista necesita actuar desde el ocultamiento para perseguir su libertad y su deseo. No puede hacerlo a plena luz porque las normas de su tiempo se lo impiden. Su lucha se desarrolla en los márgenes, avanzando sin certezas pero con la convicción de que debe seguir adelante.
Doña Ángela es, además, uno de esos grandes personajes femeninos que habitan el teatro de Calderón. Una mujer compleja, inteligente y decidida. Lejos de considerarla una excepción, Almendros la interpreta como un reflejo de las transformaciones sociales que ya estaban produciéndose en el Siglo de Oro. Fue entonces cuando las mujeres comenzaron a subir a los escenarios y a dirigir sus propias compañías. Aquellas mujeres vinculadas al teatro eran, en buena medida, un diagnóstico de su tiempo, sostiene Almendros.
Y después de meses de trabajo llega el destino de un texto escrito por un dramaturgo: dejar ir para que continúe su camino. Entregarlo al resto del equipo y permitir que otros continúen el viaje. Porque la dramaturgia, insiste, no termina en la escritura sostiene Almendros. Ver cómo un verso se convierte en el cuerpo de un actor o de una actriz sigue pareciéndole un acontecimiento místico. Los intérpretes descubren matices que no estaban previstos, encuentran sentidos inesperados y aportan nuevas capas de profundidad al texto. Lo que antes era palabra se transforma en algo vivo.
En ese tránsito ha sido esencial la comunicación permanente con todo el equipo artístico y con las personas que sostienen la producción desde Con-Sentido Teatro. Almendros destaca especialmente el trabajo de Nuria Fernández y Delia Pardo, responsables de gran parte del engranaje organizativo y creativo que hace posible el espectáculo. Un equipo que le ha permitido soltar el texto con la tranquilidad de saber que quedaba en las mejores manos.
Porque, al final, el teatro sigue siendo ese espacio de encuentro que, desde la antigua polis griega hasta nuestros días, reúne a una comunidad en torno a las palabras, las preguntas y las emociones. También, y como sostiene Almendros, por eso el teatro español y el Siglo de Oro siguen siendo una auténtica joya: un patrimonio inagotable que continúa demostrando que la palabra y los conceptos universales, cuando se hacen cuerpo sobre un escenario, nunca dejan de estar vivos.








