El Hotel Melilla Puerto se llena este sábado de vida, color y tradición para celebrar el Yennayer 2976, el año nuevo del calendario amazige. Pese al cambio de ubicación por la previsión de lluvia, la celebración mantiene intacto su programación y se convierte en un punto de encuentro para melillenses de todas las edades. Pasacalles, talleres, mercado con diferentes productos a la venta, música y una emotiva representación de la boda amazige marcan una jornada repleta de riqueza cultural, participación ciudadana y transmisión de saberes.
Desde primera hora de la mañana, mientras en el exterior caía una lluvia persistente, los primeros visitantes iban entrando con calma. El ambiente en el interior evocaba la tradición cultural, con música ambiental, decoración y los preparativos en marcha. Poco a poco, los puestos del mercado amazige cobraban forma, extendiéndose a lo largo junto a los espacios destinados a la música y los talleres. El salón evocaba a una multitud de elementos tradicionales vestido con alfombras, cestas de esparto, vajillas de cerámica, instrumentos musicales y tejidos multicolores. Cada rincón está cuidado, ofreciendo a los asistentes una experiencia envolvente y cercana a la cultura amazige y del significado del Yennayer, pues entre texturas hay elementos que rememoran esta festividad del calendario agrario con diferentes productos agrícolas que complementan el simbolismo decorativo.
El mercado ofrece productos variados como perfumes de esencias naturales, Kandouras bordadas, o cerámicas artesanales. Los vendedores, en su mayoría pequeños comerciantes y emprendedores de la ciudad, no solo ofrecen productos, sino que comparten anécdotas, historias y detalles si uno se acerca a preguntar.
Entre los espacios más transitados, destaca el taller de henna gestionado por las mujeres de la Asociación Proyecto Alfa. Las sillas se ocupaban una y otra vez, para lucir decoraciones en las manos con motivos tradicionales. Las jóvenes del colectivo destacan por su predisposición a colaborar en el evento de una forma participativa y activa, no sólo vistiendo las manos de los asistentes, sino lanzándose a bailar, animar y colaborar con el resto de actuaciones de la programación, así como compartir la experiencia comunitaria que hay detrás de la henna.
Fadela, una de las jóvenes del taller, explica con destreza y emoción el valor simbólico de este arte. “La henna representa la felicidad. Siempre que hay henna, hay algo que celebrar: bodas, pascua, fiestas...”, sostiene. Los dibujos que aplica —con formas que remiten a antiguas simbologías — no son aleatorios: “Antiguamente las mujeres llevaban tatuajes en la frente, la barbilla o el pecho. Era una forma de identificación, incluso de pertenencia a una tribu. Mi abuela lo recuerda todo”, añade mientras se reconoce la capacidad de nuestros mayores de trasladar esos conocimientos y recuerdos a nuevas generaciones. Para Fadela, la henna no es solo tradición, sino también conexión generacional. “Cuando era pequeña, el día de Pascua elaboraba la henna y corría a enseñársela a mi abuelo”, recuerda vinculando el ritual a aspectos artesanales y experiencias personales que han recorrido su infancia y juventud.
Junto a este espacio, se despliega otro taller entre alfombras, lámparas y mesitas típicas: el de percusión tradicional. Allí se encuentra Nuur, encargada de acerca al público a los instrumentos típicos de la música amazige, como el ayun (pandero de cuero) y la darbuka. “Aquí nadie tiene excusa para no tocar. Si no sabes, vienes y aprendes”, dice animando a grandes y pequeños. La joven, además, explica cómo los instrumentos antiguos se elaboran de forma artesanal, secando las pieles al sol y tensándolas con tornillos ajustados a mano, mientras muestra el sonido, y el movimiento de las manos, que reproducen las réplicas que tiene a su disposición. “No es solo música, es historia. Cada instrumento tenía alma porque lo hacías tú mismo”. Además, enseña la técnica: golpes laterales, centrales, ritmos binarios, coordinación de manos. “No basta con tener fuerza. Hay que tener ritmo, sentirlo por dentro”, comenta, marcando el compás mientras anima a acercarse y probar a todas las personas que sientan curiosidad de aprender.
En otro rincón, Halima elabora pan technift, amasando con fuerza una mezcla de harina, sémola y sal, mientras sostiene que: “Llevo toda mi vida haciendo pan, y me sigue encantando”, cuenta. Durante su demostración, el público se acerca para valorar el trabajo laborioso de amasar la masa, para después elaborar pequeñas piezas que sólo necesitan un horno, para terminar el proceso completo. Otra colaboradora del evento reparte pan en una bandeja, una forma de simbolizar la gastronomía y la importancia de este producto en la cultura amazige. Por la tarde, será el turno de las mujeres de la Asociación Amazigh, mostrando cómo se confeccionaban muñecas con tela de forma tradicional.
La música, en efecto, ganó protagonismo a medida que avanzaba la mañana. Mientras el ambiente se animaba, el grupo musical Imediazen, Groupe Art Folklorique Barcelone, iniciaba un recorrido por el entorno, ataviado con instrumentos tradicionales y danza. La percusión y el sonido envolvente de panderos, darbukas, tambores, flautas y zurnas atraen a quienes atraviesan las puertas del hotel. Una vez dentro, la sala cobra esencia de celebración, animando al público a acompañarlos con palmas, movimientos de hombros y pasos de baile que potencian el sentido del ritmo.
El grupo Imediazen está encabezado por Atik, quien luce una túnica ocre y pantalón azul intenso, es acompañado por otros tres músicos vestidos de blanco. Su participación en el evento no sólo se centró en su tiempo de performance sino que se unieron a uno de los actos más llamativos de la celebración, la boda amazige La ceremonia recrea con gran fidelidad el ritual nupcial, con la novia vestida de blanco y adornada con joyas y tejidos típicos. La protagonista se pasea junto a un grupo de mujeres portadoras de banderas, maletas y panderos por el salón, mientras se escuchan los cánticos ancestrales a viva voz.
El cortejo culmina en un rincón decorado como espacio ceremonial, donde la novia se sitúa sobre un altar, mientras el resto de las acompañantes acompañan con música el momento frente a ella. Allí, como marca la tradición, se aplica henna en sus manos sobre un cojín. Los panderos resuenan, las voces se alzan, y el público acompaña con palmas, respeto y emoción. Tras ello, se unieron de forma espontánea el grupo musical Imediazen, llegado desde Barcelona, fusionando música en directo con la performance y creando una atmósfera mágica, improvisada y profundamente simbólica que animaba a mirar, desvelar y bailar.
Durante la mañana, la jornada contó con la presencia de la consejera de Cultura, Fadela Mohatar, quien siguió de cerca el evento y valoró positivamente su desarrollo. “Lo que iba a ser en la Plaza de las Cuatro Culturas lo trasladamos al hotel por la previsión de lluvia. Y creo que hemos acertado. Si lo hubiéramos dejado allí, toda la decoración de tejidos, alfombras y objetos tradicionales habría quedado inutilizada”, explicó. Mohatar destacó la implicación de los colectivos y la oportunidad que representa esta celebración. Además, añadió que el costo de las actividades ascienden a alrededor de, entre 100 y 150 mil euros, aunque señalaba que todavía no está contabilizado completamente.
La programación, además, no termina con esta jornada mañanera. Las actividades continúan durante la tarde del sábado y toda la jornada del domingo, con nuevos pasacalles, talleres de henna y percusión, exhibiciones de dulces tradicionales de la mano de Brusadil XXI, degustaciones, ritual del té, juegos y actividades para familias. El evento se convierte así en una experiencia completa para conocer, compartir y celebrar el patrimonio cultural amazige en un formato participativo y cercano. Así, el Yennayer 2976 demuestra una vez más que la cultura no necesita de grandes escenarios para brillar, ni grandes espacios para hacer sentir al público partícipe. Con compromiso, creatividad y colaboración, Melilla celebra su patrimonio cultural.








