Marruecos es un país que ha ido tejiendo alianzas estratégicas con algunas de las mayores potencias mundiales: Estados Unidos, China y Rusia. Con el primero, ha ido profundizando en sus relaciones comerciales hasta el punto que le concedió el estatuto de aliado preferente no miembro de la OTAN. Con la segunda, ha establecido un diálogo estratégico durante la última década. Con la última, son especialmente fértiles, sobre todo, sus relaciones en materia de energía.
También es socio preferente de la Unión Europea (UE), que la incluye en sus acuerdos pesqueros y agrícolas, el último de los cuales, firmado hace un mes, Rabat vendió como un apoyo al ‘Sáhara marroquí’. Además, la UE necesita que Marruecos actúe como freno a la inmigración irregular.
Y quizás esta estrategia iba bien encaminada. Poco a poco, Marruecos ha ido consiguiendo apoyos en su plan para la autonomía del Sáhara Occidental. Lo logró con España -con aquella frase de Pedro Sánchez de que era la base “más seria, creíble y realista” para encontrar una solución al conflicto- y con Francia.
A una empresa de este país -Egis Rail-, asociada con la también gala Systra y la marroquí Novec, le concedió, hace un año, el diseño de la ampliación de la red ferroviaria de alta velocidad entre Kenitra -al norte de Rabat- y Marrakech por alrededor de 130 millones de euros.
Ahora también la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha aceptado el plan de autonomía que ansía Marruecos después de haber defendido, como tradicionalmente había hecho España, el referéndum de autodeterminación como mejor solución al conflicto.
Pero no conviene llevarse a engaño. Al Sáhara Occidental le pasa como a Melilla: que nunca ha pertenecido a Marruecos. Desde 1884 fue colonia de España e incluso, entre 1958 y 1976 -cuando se marchó de allí-, fue la provincia número 53 y sus ciudadanos tenían DNI y pasaporte español.
Como Marruecos se fundó oficialmente en 1956, podemos concluir que nunca ha sido un territorio marroquí y sus ciudadanos no se sienten como tales.
El peligro, como ya ha advertido alguien, es que, envalentonado por este regalo, luego Marruecos siga reclamando otras cosas con mayor fuerza: seguramente primero las aguas territoriales de Canarias, más tarde los peñones y las islas Chafarinas y, por último, las dos ciudades autónomas, todos estos territorios a los que este vecino no parece dispuesto a renunciar.
Ese es el peligro último de esta cesión: que sólo sirva para aumentar la voracidad de un país que ahora mismo parece insaciable.









Decir que Marruecos se creó en 1956 es de ignorancia histórica y más ahora que infinitas herramientas para informarse