Melilla acoge el próximo fin de semana uno de los proyectos escénicos más ambiciosos de su temporada cultural, Siete Pecados, una obra de teatro inmersiva que transforma por completo el Fuerte de Victoria Grande en un escenario sin butacas, sin telón, pero con alma e historias que atender. Teatro, danza, música en directo y patrimonio se fusionan en una propuesta artística multidisciplinar que no solo propone una experiencia estética, sino también sensorial y simbólica.
La idea parte de Mirrolde Teatro, en colaboración con Zíngaros del Rif y el Ballet Colores, tres asociaciones culturales con una larga trayectoria de trabajo conjunto. “No es la primera vez que colaboramos”, cuenta el director de la obra, Miguel Escutia, quien lleva años dirigiendo montajes en los que la suma de lenguajes artísticos es norma. Esa complicidad previa entre los colectivos, alimentada por proyectos anteriores, ha facilitado una sinergia en la que la música en directo, el teatro físico, la danza y el espacio patrimonial se entrelazan como piezas de un mismo engranaje.
En este sentido, la escenografía no es una más, sino que en Siete Pecados, el Fuerte de Victoria Grande no es un lugar donde se representa una obra, no es un escenario convencional, es la propia obra. Las seis bóvedas y la capilla —siete espacios en total— se convierten en pequeños universos temáticos, cada uno dedicado a uno de los pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, gula, envidia, ira y pereza. El recorrido se completa con el patio, donde el Diablo, maestro de ceremonias, espera para recibir a cada grupo de espectadores. Un total de 140 espectadores por representación que tendrán la oportunidad de observar, pero cuyo movimiento es parte del guión, convirtiéndose es público activo. Divididos en grupos de 20, identificados por colores, los asistentes se desplazan por las bóvedas en un recorrido programado en el que cada pecado se representa de forma simultánea y sincronizada, de modo que todos los grupos pueden ver las siete escenas sin repetir ni esperar. “Es un juego escénico que requiere una precisión técnica brutal”, afirma Escutia, quien destaca que cada escena debe durar exactamente entre seis y siete minutos para mantener el ritmo de la función.
Esa dinámica exige no solo una planificación minuciosa, sino también una gran entrega por parte de los intérpretes. “Los actores trabajan en el centro de cada bóveda, y el público se sitúa frente a frente, en bancos con respaldo en los laterales. Hemos roto completamente con la disposición de escenario la italiana" ”, explica el director. Una opción que provoca que el actor o la actriz "que está trabajando, está muy expuesto; se le está viendo desde todos los ángulos", explica el director.
Una de las piezas fundamentales para que esta obra haya podido llegar a escena es Sonia Rubiano, autora del texto y parte esencial del crecimiento artístico del proyecto. En la primera versión que se montó hace más de una década —más modesta y sin música en directo— Rubiano se atrevía entonces solo a adaptar textos ajenos. Hoy, toda la dramaturgia, excepto algunos fragmentos adaptados de Walt Whitman para el personaje del Diablo, ha sido escrita por ella. “Si no tienes un buen texto, si no tienes una buena historia que contar, no tienes nada que hacer”, sostiene Escutia.
Rubiano no solo escribe con profundidad y audacia, también lo hace con una visión escénica clara. Cada uno de los siete textos funciona como una pieza autónoma, con su propia narrativa y atmósfera. Aunque no hay un diálogo entre los pecados, sí existe una coherencia temática que hilvana todo el conjunto. Las historias conectan con realidades sociales muy presentes como la crisis de vivienda. Los pecados no se presentan como conceptos abstractos, sino como situaciones reconocibles.
Para representar esos conflictos desde una nueva óptica, el montaje se apoya en un estilo que parte de textos naturalistas, llevándolo al esperpento. El texto parte de lo real, lo tangible, lo reconocible, pero lo deforma, lo exagera, lo lleva al límite para provocar en el espectador una distancia crítica. Ese mismo enfoque se traduce en la fisicalidad de los actores. Todo el elenco ha trabajado intensamente en la animalidad escénica, una técnica común en las escuelas de arte dramático que propone investigar el cuerpo a partir del comportamiento animal. Cada personaje está inspirado en un animal relacionado con su pecado que, a su vez, se entremezcla con lo humano, de esta forma, el actor o la actriz "está permanentemente rodando de un lugar a otro", detalla Escutia. Una característica que representa la imagen visual del cartel, en el que cuerpos humanos desnudos aparecen con cabezas de animales. La creación gráfica ha sido obra de la fotógrafa Manoli R., que ha reciclado imágenes de montajes anteriores para dar forma a un cartel potente y lleno de simbología. Cada pecado está asociado a un animal, y cada animal forma parte de una baraja de cartas que refuerza el carácter lúdico del espectáculo.

El trabajo conjunto de las asociaciones no solo ha generado una obra artística compleja, sino también una plataforma de colaboración que ha permitido emplear a artistas locales, combinar profesionalismo con amateurismo y potenciar el patrimonio como espacio vivo. El montaje ha contado con el respaldo de la Fundación Melilla Ciudad Monumental, que ha facilitado los medios para acondicionar el espacio, y el apoyo logístico de Melilla Souvenirs, lugar donde se pusieron en venta las entradas, ya agotadas.
Hacer teatro en un monumento histórico, sin escenario ni telón, tiene su complejidad, pero también supone la oportunidad de aprovechar esa carga estética para hacerla parte de lo que estás contando, de la atmósfera que estás generando. La escenografía no es un añadido, es el alma de la obra. Las bóvedas del Fuerte, con sus muros de piedra y su austeridad arquitectónica, no han sido cubiertas ni adornadas en exceso. Al contrario, se han mantenido prácticamente desnudas para resaltar su esencia como espacio patrimonial. “Solo hemos incorporado algunos elementos mínimos: una mesa larga para la gula, sillas, algo de atrezo. Pero no hemos querido tapar el Fuerte. Lo hemos iluminado para hacerlo aún más visible”, explica el director.
Los Siete Pecados se representarán en tres funciones únicas: el viernes 31 de octubre y el sábado 1 de noviembre a las 21:00 horas, y el domingo 2 de noviembre a las 19:00. Los espectadores, guiados por su pin de color, recorrerán las bóvedas una por una, en un itinerario donde cada historia los confrontará con una emoción, una falla o un reflejo de sí mismos. En ese juego de espejos, quizás el pecado no esté en lo que vemos, sino en lo que elegimos no mirar o en la intimidad que decidimos compartir o no compartir; "quédate hoy conmigo, vive conmigo esta noche y te mostraré el origen de todos los poemas y de todas las canciones", resalta la descripción de la obra.








