La planificación urbana de Melilla se enfrenta al desafío de responder a las necesidades de crecimiento de la ciudad sin perder de vista la protección de sus recursos naturales.
Cada vez son más las voces procedentes del ámbito del urbanismo y la sostenibilidad que coinciden en la necesidad de replantear el modelo de desarrollo urbano para hacerlo más resiliente y respetuoso con el entorno.
El Faro ha desgranado como las particularidades geográficas de Melilla condicionan este proceso con Ricardo Domínguez Llosa, geógrafo y experto en Cooperación Internacional al Desarrollo, con más de 38 años de trabajo en Africa (20 años), Oceanía (6 años), America Latina y el Caribe (12 años) y en Restauración de Paisajes, Finanzas Climáticas, Conservación del Patrimonio y Evaluación de Recursos Pesqueros.
Este experto reconoce que asuntos como la limitada disponibilidad de suelo, la elevada presión urbanística, la exposición a los efectos del cambio climático y la necesidad de preservar espacios naturales y el litoral obligan a buscar un equilibrio entre el desarrollo de nuevas infraestructuras y la conservación del medio ambiente.
A todo ello añade la realidad multicultural melillense, que considera un activo para el futuro de la ciudad. Siempre, eso sí, que forme parte de los procesos de planificación y toma de decisiones.
Desde el ámbito de la sostenibilidad, Ricardo Domínguez advierte de que un crecimiento basado principalmente en la expansión del suelo urbanizado y el aumento de las superficies impermeables puede reducir la capacidad de adaptación de las ciudades frente a fenómenos meteorológicos extremos. Entre las principales consecuencias de este modelo, alerta del incremento de las temperaturas por el "efecto isla de calor", una menor absorción del agua de lluvia, un mayor riesgo de escorrentías e inundaciones puntuales, así como la pérdida de biodiversidad y el deterioro del paisaje urbano.
Por ello, el experto defiende un modelo de ciudad que apueste por la creación de zonas verdes, el uso de pavimentos permeables, una gestión más eficiente del agua, la protección del litoral y la recuperación de espacios naturales. En este sentido, recuerda que el agua constituye un recurso limitado y que elementos como la vegetación, los barrancos o el suelo natural desempeñan un papel esencial en la regulación del ciclo hidrológico y en la mejora del confort climático de los entornos urbanos.
"Una ciudad mediterránea y norteafricana como Melilla necesita justo lo contrario: Sombra, vegetación, suelos permeables, agua bien gestionada, espacios públicos vivos y protección del litoral. El urbanismo del siglo XXI no puede seguir funcionando como si el clima, el agua y la biodiversidad fueran obstáculos administrativos".
Biodiversidad y territorio: No son lujos
La biodiversidad también aparece como uno de los pilares de este enfoque. Entre las propuestas que plantea Ricardo Domínguez figuran la restauración de áreas degradadas, la creación de corredores ecológicos, la renaturalización de calles, plazas y centros educativos, así como la incorporación de criterios ambientales en las actuaciones de cualquier obra pública.
El objetivo, sostiene, es garantizar que el desarrollo urbanístico permita conservar la funcionalidad ecológica del territorio y mantener la calidad de vida de las generaciones futuras.
"La pregunta clave no debería ser solo qué se puede construir aquí, sino: Qué necesita este lugar para seguir vivo, útil y habitable dentro de 30 años”.
Construir multiculturalidad
Junto a la dimensión ambiental, el análisis sobre gobernanza urbana destaca la importancia de reforzar la participación ciudadana en una ciudad marcada por su diversidad cultural, como es el caso de Melilla.
En este sentido, Ricardo Domínguez considera que la multiculturalidad puede convertirse en un elemento de cohesión si se favorecen espacios de diálogo y colaboración que permitan a los distintos colectivos participar en la definición de las prioridades urbanas.
"Muchas ciudades usan la diversidad como marca, pero no como práctica. En Melilla, la multiculturalidad no debería reducirse a: Discursos institucionales, carteles turísticos, celebraciones puntuales o fotos protocolarias; debe traducirse en sinergias reales, empatía, participación y corresponsabilidad. Eso significa generar espacios donde las distintas comunidades puedan participar en el diseño de la ciudad, decidir sobre barrios, equipamientos y prioridades; compartir diagnósticos y propuestas, construir confianza y pasar de la coexistencia a la cooperación. La multiculturalidad no se vende; se cuida, se practica y se gobierna con inteligencia democrática".
En definitiva, Ricardo Domínguez coincide en que el futuro de Melilla pasa por un modelo de planificación que integre el desarrollo urbano con la protección del medio natural, la adaptación climática y la implicación de la ciudadanía. Todo ello con el objetivo de construir una ciudad más sostenible, habitable y preparada para afrontar los desafíos de las próximas décadas.
"Melilla no sólo necesita mejores obras. Necesita otra cultura de ciudad. Una ciudad que entienda que el agua, el suelo, la biodiversidad y la diversidad humana no son elementos secundarios, sino la base misma de su futuro. Porque cuando se diseña ignorando la naturaleza y a la ciudadanía, lo que se construye no es progreso: Es vulnerabilidad revestida de cemento".









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