Categorías: Opinión

El barco de los horrores

Denuncié ante el Defensor del Pueblo que el barco a Motril navegó este verano sin aire acondicionado en plena ola de calor

Vivir en Melilla te condiciona las vacaciones. Aquí no hay certezas. Es complicado y sale caro salir de la ciudad. La meteorología condiciona la puntualidad del transporte. Eso lo tenemos asumido, aunque no nos resignemos, pero lo que no vamos a asumir ni ahora ni nunca es que las compañías que reciben subvención por los servicios públicos que prestan, paguen con el melillense su difícil situación financiera.

Este verano tuve la mala suerte de necesitar billetes de barco, con coche, para viajar dos fines de semana seguidos por Motril, en plena ola de calor y justo en el arranque de la Operación Paso del Estrecho. Tenía que llevar y recoger a mi hijo a un campamento de música en la península. Yo lo tenía claro: la ida en butaca, de día, y la vuelta en camarote de noche. Así lo pedí, pero desgraciadamente, por error, en uno de los viajes me dieron el billete al revés: ida en camarote y vuelta en butaca, con la calurosa compañía de los cientos de pasajeros de la OPE, que por esa fecha llegaban en masa a Melilla.

Pues bien, no me quedó otra que viajar como sardina en lata, una madrugada entera, sin aire acondicionado en el barco y, por supuesto, sin pegar ojo. El suelo estaba mojado del vapor que se acumulaba en aquella sala. Había decenas de personas tiradas por los rincones. Yo me convencí a mí misma de que no quedaba otra que soportarlo. Para darme fuerzas, me encomendé, como si fuera un santo, al líder opositor cubano, José Daniel Ferrer, que durante el poco tiempo que estuvo en libertad a primeros de años, nos contó en varias entrevistas que cuando sentía mucho calor en una cárcel de máxima seguridad de Santiago de Cuba, donde se registran temperaturas obscenas, se tiraba sin camisa al suelo de su celda. Pero yo no podía hacer eso en el barco de los horrores. Así que cogí el abanico, le di a la muñeca como si ni hubiera un mañana e hice gala del estoicismo que bien conocemos los que nacemos en una isla. Aquí no hay misterio. Llegamos vivos a Melilla casi siete horas después.

A mi lado viajaba una señora mayor que sobre la una de la madrugada se apartó un poco el hiyab y se despejó el cuello. Se ahogaba. Dijo algo en su lengua, que yo no entendí, pero lo que sí entendí fue la cara de desesperación de su esposo. El señor, mayor como ella, se levantó y entre ambos empezamos a abanicarla. La mujer estaba muy mal. No era para menos, ahí dentro habría unos 35 grados. Todo cerrado. Sin ventilación.

Una adolescente, que no pudo más, se salió sobre las tres de la madrugada a cubierta a tomar el aire, con el peligro que entraña en medio de la oscuridad y con la cantidad de gente que iba en ese buque. Como he dicho antes, aquello era el barco de los horrores.

Al llegar a Melilla le puse una reclamación a la naviera y me devolvieron la diferencia del coste del camarote que por error suyo no pude disfrutar, pero aún estoy esperando a que me expliquen por qué no había aire acondicionado durante ese viaje. Así que puse una queja al Defensor del Pueblo porque entiendo que no se trata de un problema puntual sino de la eterna precariedad del transporte marítimo en nuestra ciudad. La semana pasada me contestaron que ellos no son el organismo pertinente para interponer esa reclamación. Me dicen que me dirija a la Oficina de Consumo.

Y podría hacerlo, pero no lo haré. Y si no lo hago yo, que soy muy dada a reclamar mis derechos usando todos los recursos que las Administraciones ponen al alcance de los contribuyentes, estoy segura de que mucho menos lo hará ninguno de los pasajeros de la Operación Paso del Estrecho. Quizás en este tipo de incidentes esté la respuesta al porqué cada vez menos viajeros marroquíes eligen la ruta de Motril y Almería, pasando por Melilla, para ir de vacaciones a su país.

Pasan los años y seguimos sin resolver el problema del transporte marítimo que tenemos en Melilla. Coges el barco a Málaga y te sientes en Europa. Coges el de Motril y Almería y retrocedes en el tiempo. ¿Por qué aceptamos eso?

Me contó un vecino que vio en el Puerto a un señor que estaba a punto de perder la conexión de un vuelo en la península y llegó a pagar un billete en un barco extra, en el último fin de semana del verano, por una cantidad que multiplica varias veces su precio normal en butaca y con descuento de residente. ¿Cómo hemos llegado a esto?

¿Cómo es posible que estemos así si tenemos un 75% de descuento en el precio de los billetes? Por eso digo que salir de Melilla le quita las ganas a cualquiera. Mejorar nuestras comunicaciones debería ser nuestra prioridad, incluso para los que solo cogemos el barco cuando no queda otra. No entiendo por qué lo vemos como algo que afecta al otro y no me toca a mí cuando, en realidad, debería ser un problema colectivo a resolver ya.

Por otro lado, entiendo perfectamente que si existe una subvención al transporte, pero el Gobierno incumple su compromiso no porque no quiera pagar sino porque no hay Presupuestos Generales, las empresas se encojan de hombros y digan: “Son lentejas”. Les está costando lo suyo sin recibir lo comprometido. No porque el Gobierno no quiera aprobar los presupuestos sino porque no hay consenso entre los socios para sacarlos adelante, por segundo año consecutivo. Ni Puigdemont ni Podemos están por la labor. Cada uno en una esquina diferente, pero en esto están de acuerdo. La política hace extraños compañeros de viaje y aquí desde Melilla, pagamos los platos rotos.

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