La castaña, fruto del castaño, es uno de los alimentos más característicos cuando empieza el frío. A diferencia de casi todos los demás frutos secos, destaca por su bajo contenido en grasas y su alto aporte de agua e hidratos de carbono complejos, que el cuerpo absorbe poco a poco, además de no contener gluten. Su llegada a las esquinas y a los mercados de las ciudades marca el cambio de estación, ofreciendo una opción saludable y nutritiva que acompaña las primeras tardes de otoño.
Mucho antes de que la patata y el maíz, llegados de América en el siglo XVI, se popularizaran a finales del siglo XVIII para transformar la dieta campesina, la castaña era la base alimenticia fundamental en la Península Ibérica. Se la conocía popularmente como el «pan de los bosques» porque su recolección salvó a muchísimas familias del campo de pasar hambre durante épocas de escasez. Fueron los romanos quienes impulsaron su cultivo a gran escala por todo el territorio, convirtiéndola en un pilar esencial que se consumía fresco, cocido, asado o molido en forma de harina durante los meses en que no había otros alimentos.
La costumbre de comer castañas en esta época responde sencillamente al ciclo de su cosecha, que se concentra entre finales de octubre y el mes de noviembre. Antiguamente, este hito marcaba el final de los trabajos en el campo y el paso hacia la época más fría del año. Al coincidir con la fiesta cristiana de Todos los Santos, la tradición se llenó de leyendas populares: se creía que las castañas representaban a los difuntos y que, al asarlas y comerlas en torno al fuego, se liberaba un alma del Purgatorio.
En España esta celebración recibe nombres muy variados, como el Magosto en Galicia, León, Zamora y Salamanca; el Amagüestu en Asturias —donde se toma con sidra dulce—; la Castañada en Cataluña y Aragón; la Chaquetía o el Calbote en Extremadura; y Los Finaos en Canarias. Entre sus costumbres más conocidas destaca el uso de sartenes agujereadas sobre brasas y el juego de mancharse la cara con el hollín de la hoguera.
En Melilla, esta tradición cobra vida cada temporada con la instalación de cinco puestos ambulantes repartidos por el municipio: dos en el barrio del Real y tres en el centro urbano, ubicados en la Avenida Juan Carlos I, en el Parque Hernández-Plaza de España y en la Comandancia General. La apertura de estos puestos requiere autorización previa tramitada por la Consejería de Seguridad Ciudadana según el Reglamento de Venta Ambulante.
El trabajo de los castañeros empieza por la mañana con la preparación y el corte del fruto. Como en Melilla no existen castañares, toda la materia prima se trae directamente desde la Península. Ya en el puesto, la olla sobre el fuego de carbón se mantiene encendida de forma continua y cada tanda tarda entre 5 y 8 minutos en asarse.
En los puestos céntricos, como el de la avenida, la jornada se prolonga habitualmente de 16:30 a 22:30 horas sumando el montaje y el desmontaje. A los melillenses les gustan las castañas asadas con sal para potenciar su sabor, lo que genera colas al caer la tarde tras la salida del trabajo. A veces la demanda es tan elevada que se quedan sin mercancía antes de terminar la tarde.
La actividad se ha visto afectada por el aumento generalizado de los costes. En los últimos años, el precio del kilo de castañas al por mayor ha pasado de 2 a 6 euros, a lo que se suma la subida del carbón, la sal y el papel de los envases. Frente al recuerdo de los años noventa, cuando con cien pesetas se compraban doce unidades, la ración mínima actual se fija en un euro por cinco castañas. Para compras mayores, los puestos ofrecen una escala de siete castañas por 1,50 euros, diez por 2 euros y quince por 3 euros.
Las licencias municipales abarcan desde el 1 de octubre hasta el 31 de enero, concentrando en diciembre y las vacaciones de Navidad su periodo de mayores ventas. Al tratarse de una actividad estrictamente de temporada, los vendedores compaginan esta labor con otros empleos o negocios durante el resto del año. Pese al aumento de los costes y la exigencia del oficio, la presencia de estos puestos sigue siendo una costumbre muy querida que llena de ambiente las calles de Melilla.








