Aránzazu Mansilla y Manu Arrarás en 'El Melillita'. -AGC-
La tarde del miércoles 16, el centro de Melilla cambió por unos minutos de escenario. Entre el paso de los viandantes y el movimiento habitual de las calles, dos butacas, una planta y varias prendas de ropa empezaron a dibujar algo parecido al salón de una casa. Allí, en medio de la ciudad, la asociación de comerciantes Zona Centro había llevado a escena "El Melillita", una comedia escrita por Aránzazu Mansilla e interpretada por la propia autora junto a Manu Arrarás como homenaje a todos los melillenses de todos los tiempos por el Día de Melilla. La primera función estaba prevista para las 18:30 horas en General Pareja, en la zona de transición con Conde del Serrallo, junto a la parte alta de la avenida Juan Carlos I; una hora después, la representación se trasladaría hasta el cruce de Chacel con O'Donnell.
Antes de que comenzara la conversación entre los personajes, el espacio ya empezaba a reclamar la atención de quienes pasaban por allí que divisaban una escena algo peculiar que revestía la propia acera. Los micrófonos entraron en funcionamiento y la voz de Manu Arrarás se abrió paso entre el sostenido y casi imperceptible ruido de la calle para anunciar el comienzo de la función y anticipar la siguiente. La música terminaba de marcar el cambio de ambiente y, poco a poco, las familias y los viandantes fueron acercándose. Algunos habían salido expresamente para asistir a la representación; la mayoría, sin embargo, se encontraron con aquel pequeño escenario mientras recorrían el centro y decidieron dedicar unos minutos de su tiempo y permitirse entrar en la historia. La calle seguía siendo la calle, pero alrededor de aquellas dos butacas comenzaba a formarse un público.
"Presentamos algo diferente para nuestros viandantes. Phoenix y Arrarás & Co. unidos para traer una comedia", anunciaba una voz en off desde la resonancia de los altavoces, mientras los intérpretes ocupaban su lugar en plena vía. Y entonces, allí mismo, apareció la casa. O, al menos, la idea de una casa. Dos butacas, una mesa auxiliar, una pequeña mesa de centro, una planta, ropa, zapatillas y perchas componían un salón reconocible en sus objetos, aunque extraño por encontrarse al aire libre. Las prendas estaban repartidas de una manera aparentemente desordenada, como si alguien hubiera llegado, se hubiera quitado la ropa y la hubiera dejado donde le había parecido sin importar la exactitud del orden hogareño. Desde cierta distancia, uno de los elementos parecía una mesa auxiliar más. Al acercarse la acción, se descubría que era un cesto de ropa que permaneció activo durante toda la función.
Mansilla lo utilizaba para recoger el desbarajuste que su hijo había dejado por la casa. La actriz, convertida en madre dentro de la función, iba poniendo orden entre las prendas mientras la escena comenzaba a llenarse de palabras. El gesto de recoger una ropa, doblarla, depositarla en el interior del cesto e intentar devolver cierta normalidad al salón acompañaba cada una de las conversaciones entre ambos personajes que se movían con acierto en el espacio sin romper la visión del público y dando dinamismo a la escena. No había paredes ni techo, pero los objetos y el diálogo bastaban para que aquella parte de la calle empezara a parecer una vivienda habitada con todos sus detalles.
La historia se sostenía sobre una relación familiar. Mansilla era una madre que había tenido a su hijo cuando tenía 18 años; el hijo, interpretado por Arrarás, rondaba los cuarenta y todavía vivía en casa al auspicio de su progenitora. Entre los dos había confianza suficiente para hablar de todo y también para discutir por casi cualquier cosa. Mientras la madre recogía, el hijo permanecía en aquel espacio doméstico y la conversación avanzaba entre preguntas, recuerdos, reproches y comentarios sobre la vida que cada uno llevaba o esperaba llevar.
Los asuntos iban apareciendo con la naturalidad de una conversación familiar. Los amores, los estudios, el futuro laboral o los recuerdos de la abuela daban paso a otras cuestiones más pequeñas, pero reconocibles para quienes viven o han vivido en Melilla. Estaba el sentido de abuela, las costumbres heredadas, la forma de buscar aparcamiento justo delante de la puerta o esas vueltas que se dan con el coche siguiendo un mismo trayecto. También aparecían esas palabras tan particulares que forma parte del vocabulario local como "entanarse", y otras con referencias gastronómicas o expresiones en amazigh.
A medida que la conversación avanzaba, aquella familia dejaba de ser solamente una familia para recorrer una ciudad. El diálogo en tono de humor comenzaba a abrir ventanas hacia los comercios locales, lugares de antaño o barrios concretos. Aparecían El Real, Calvo Sotelo, Cabrerizas, el Primer Sótano, Los Pinos o Aguadú, lugares asociados a recuerdos y a distintas etapas de la vida. Una mención llevaba a otra y las historias personales terminaban conectando con una memoria compartida, esa en la que muchas personas no necesitan demasiadas explicaciones para saber de qué o de quién se está hablando.
Porque en Melilla las historias también pasan por los apellidos, por los padres, por los hermanos y hermanas, por los primos, las tías y por esas relaciones que hacen que la vida de una persona rara vez resulte completamente desconocida para los demás. En la conversación aparecían también los conceptos y los comentarios de los peninsulares cuando uno expresa que es de Melilla. Allí aparecen imágenes asociadas a la mili de los padres y abuelos, los aparentes vínculos geográficos con Ceuta como si de dos barrios colindantes se tratara, o expresiones del imaginario con un continente africano como las relacionadas con el transporte en animales.
El diálogo también se construía a través de situaciones actuales de la vida cotidiana como referencias a la plataforma Denuncia Ciudadana o los vuelos de Iberia cancelados. La comedia iba saltando entre épocas y situaciones y encontraba en esas referencias el material para construir un retrato reconocible de la ciudad sin abandonar nunca la relación entre madre e hijo. El guion mostraba viveza, comicidad y una relación natural con la ciudad que uno podía comprender en cada palabra, frase o chascarrillo utilizado cuando ha nacido o ha vivido en Melilla. Un homenaje a través del humor y la relación maternofilial.
Entre palabras cruzadas, la madre seguía recogiendo. El cesto de ropa, las perchas, las zapatillas y las prendas desperdigadas dejaban de ser parte del decorado para convertirse en parte de la acción. Cada objeto pertenecía a aquella casa improvisada y cada movimiento de Mansilla contribuía a mantener vivo el ritmo de la escena. El público observaba una conversación privada que, paradójicamente, estaba ocurriendo delante de todos, en plena calle, rodeada por quienes se habían detenido para escuchar y reir hasta que los aplausos y la música pusieron fin a la historia.
La idea de llevar esa conversación a los espacios del centro había comenzado meses antes, en las reuniones de trabajo de Zona Centro. Manu Arrarás participa habitualmente en las actividades de dinamización de la asociación y, durante la planificación de la nueva temporada, surgió la posibilidad de preparar una obra relacionada con el Día de Melilla. La festividad coincidía con un día en el que los comercios no abrían, de manera que la actividad se trasladó al miércoles anterior, el día 16, para vincularla a la celebración y, al mismo tiempo, desarrollarla en una jornada de actividad comercial.
Arrarás planteó que aquella obra tuviera un carácter especialmente callejero y que buscara la complicidad del público desde la comedia. La idea terminó concretándose en un homenaje al melillense contado desde el humor. Se trataba de "hacer un homenaje al melillense y, desde el punto más cómico, pues al 'melillita'", explica Arrarás.
Para construirlo pensó en Aránzazu Mansilla. Ya habían trabajado juntos interpretando a una madre y un hijo y la relación escénica entre ambos había funcionado. A eso se sumaba la manera de escribir de Mansilla, una dramaturgia muy viva y próxima al lenguaje de las comedias de situación. La propuesta recuperaba aquel vínculo familiar y lo llevaba a una historia en la que la diferencia entre generaciones permitía enfrentar recuerdos y costumbres de distintas épocas.
El texto pertenece a Mansilla. Arrarás sitúa en torno al 99 % la autoría de la dramaturga y reserva para el trabajo de ensayos las pequeñas modificaciones, bromas y matices que fueron apareciendo al poner las escenas en pie. El papel de los dos intérpretes no consistió únicamente en aprender un texto terminado, sino también en encontrar durante los ensayos aquellos pequeños momentos capaces de reforzar la relación entre los personajes.
En la escritura de Mansilla hay además una referencia clara a las sitcom estadounidenses. El salón, el sofá y ese espacio doméstico en el que los personajes se encuentran y conversan forman parte de su manera de construir las escenas. Ya había trabajado con esa estructura en "Bienvenida a Casa", la propuesta presentada el año anterior en el Hospital del Rey e inspirada en "New Girl", con varios compañeros de piso compartiendo un mismo espacio; también su trilogía junto a Alejandra Acedo y Marina Requena mantiene esa construcción. Para "El Melillita", aquel salón dejó de estar dentro de un escenario y salió directamente a la calle.
Eso explica que las dos butacas tengan tanto peso dentro de la representación. Son muebles de una casa, pero también son el punto alrededor del que se organiza una escena abierta con la firma de la dramaturga, el humor y la complicidad que ambos intérpretes mantienen cuando la acción comienza a desplegarse. No hay una puerta que cerrar ni una verdadera ventana por la que asomarse para ver si llueve. La intimidad de una conversación entre una madre y su hijo sucede a la vista de todos, mientras alrededor continúan los pasos, las compras y el tránsito de la ciudad.
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