Aprender música no es solo aprender a tocar un instrumento; también es aprender a entender un lenguaje diferente y a potenciar la escucha. Escuchar el tiempo, el silencio, los matices, la respiración entre notas. Escuchar a los demás y a uno mismo. En el Conservatorio Profesional de Música de Melilla llevan cuarenta años enseñando a niños, niñas y jóvenes a dominar un lenguaje que, como explica su directora, Claudia Rolin, “es completamente distinto al lenguaje que usamos a diario”. Un lenguaje con códigos propios, con su gramática hecha de signos, duraciones, ritmo y estructuras que requiere dedicación y tiempo. “Es un proceso largo, complejo, que no se acaba nunca del todo. Siempre estamos aprendiendo” destaca.
Ese proceso comienza, habitualmente, desde muy temprano, a menudo con alumnos de siete u ocho años que llegan sin conocimientos previos. En la etapa elemental, que abarca cuatro cursos, se introduce al alumnado en el lenguaje musical y en la técnica básica de un instrumento, con un enfoque que busca equilibrar disciplina y juego. “Es fundamental que el aprendizaje tenga también un componente lúdico, porque si no, a esas edades, se hace cuesta arriba. Hay que lograr que se enganchen, que se motiven”.
Aprender este nuevo lenguaje significa entrenar la concentración, la memoria, la coordinación, el pensamiento lógico y abstracto. “Está comprobado que activa partes del cerebro que no se desarrollan con el lenguaje oral. Se trabaja la asociación entre símbolo y sonido, el pensamiento matemático aplicado a la rítmica, la expresión emocional... Es una herramienta muy completa para el desarrollo del ser humano”. En el Conservatorio, esa riqueza se traduce en algo tangible: un rendimiento académico notablemente alto entre su alumnado.
A partir del cuarto curso, los estudiantes realizan una prueba de acceso para pasar a las enseñanzas profesionales, que suponen otros seis años de formación especializada. En esa etapa se incorporan nuevas asignaturas como orquesta, conjunto instrumental o armonía, que permiten al alumnado avanzar con más profundidad, compartir lo aprendido y prepararse para acceder a enseñanzas superiores fuera de Melilla. En ese momento, “empiezan a entender realmente el sentido de tantos años de estudio”, explica Rolin.
No obstante, el Conservatorio trata este vínculo grupal desde edades tempranas, no como asignaturas, sino como actividades destinadas a compartir el sonido de los instrumentos. A través de agrupaciones como la banda infantil, que reúne a los instrumentos de viento, o la orquesta infantil, centrada en los de cuerda, los estudiantes descubren lo que significa formar parte de un todo sonoro. “Cada alumno debe poder verse reflejado en un proyecto común", señala la directora.
La enseñanza del lenguaje musical en el Conservatorio de Melilla mantiene una metodología tradicional. “La transmisión es directa, presencial, del profesor al alumno. No hay otra forma de enseñar música de manera efectiva”, explica Rolin. Hay que corregir posturas, observar gestos, tocar junto al maestro, escucharse los unos a los otros. "Es una enseñanza que exige cercanía y presencia”, destaca Rolin, quien señala que algunos avances tecnológicos contribuyen a poder profundizar en el aprendizaje a través de grabaciones u otros mecanismos que favorecen la escucha y la visualización por parte del propio alumnado.
Aunque la enseñanza se basa en el estilo clásico, eso no impide que el Conservatorio explore otros géneros y lenguajes. De forma complementaria, se incluyen sesiones y repertorios de estilos modernos y al jazz, especialmente en instrumentos como el saxofón o el clarinete. “Introducir estos géneros amplía el dominio del instrumento, estimula la creatividad y conecta a los alumnos con la música que también escuchan fuera del aula”. En otros conservatorios de España ya existen especialidades oficialmente reconocidas en música moderna, guitarra eléctrica, bajo o jazz. En Melilla, aunque por ahora no se han incorporado como enseñanzas regladas, se dan pasos para enriquecer el aprendizaje con estos matices.
El Conservatorio tiene ilusión y demanda para crecer. Sin embargo, este deseo de seguir ampliando la oferta educativa, choca con los límites físicos y estructurales del centro. El Conservatorio cuenta con 270 alumnos y alumnas y está al límite de su capacidad. “No tenemos aulas suficientes ni margen para ampliar la plantilla. Todos los horarios están completos”, reconoce Rolin. El edificio actual, sin posibilidad inmediata de expansión, restringe también los ensayos colectivos, las agrupaciones numerosas y la diversificación de horarios.
Esto se suma la inversión constante de recursos materiales: instrumentos, mantenimiento, tecnología de apoyo. Una inversión que también atiende la necesidad de préstamos de instrumentos, imprescindible para estudiantes que no pueden permitirse su compra o que todavía están en un proceso inicial, prematuro para una inversión familiar. "No queremos que el coste económico sea una barrera para nadie”, expresa Rolin.
Más allá de los recursos, hay otra base imprescindible: el acompañamiento. La música no se aprende en soledad. Requiere sostén emocional, continuidad, y una red comprometida. “Los padres son claves. Esta es una enseñanza voluntaria, que requiere muchas horas, mucha disciplina. Sin el respaldo de casa, sin ese ánimo constante, sería muy difícil mantener el compromiso”, explica. También el profesorado tiene un papel fundamental. “Es una relación muy personalizada. Hay que observar, sostener, motivar, adaptarse al ritmo de cada alumno", sostiene Rolin.
Ese compromiso se extiende también al alumnado con necesidades específicas. El Conservatorio presenta un enfoque inclusivo, adaptando ritmos y contenidos a estudiantes con diversidad funcional o necesidades educativas especiales. “La música puede ser una herramienta muy poderosa en estos casos. Les permite expresarse, desarrollar habilidades, superar barreras", afirma Rolin. Las únicas limitaciones surgen cuando deben afrontar pruebas externas que vienen marcadas por normativas oficiales.
El vínculo con el entorno también forma parte del aprendizaje. Además de conciertos y actividades con instituciones locales, el Conservatorio promueve el intercambio con otros centros. Este año, por ejemplo, alumnos viajarán a Málaga para tocar junto a la orquesta del conservatorio malagueño. También está en marcha un proyecto Erasmus que abrirá la puerta a nuevas experiencias en conservatorios europeos. “Melilla está geográficamente aislada, y es fundamental que nuestros estudiantes puedan compartir, compararse, salir de su burbuja. Eso les abre la mente”.
En 2026, el Conservatorio celebrará su 40 aniversario con una programación especial: clases magistrales, conciertos, mesas redondas, profesorado invitado, y un gran festival el 14 de mayo en el Teatro Kursaal. Será también una ocasión para rendir homenaje a Francisco Luis Martínez, profesor de piano muy querido, recientemente fallecido. “Será un momento muy emocionante. Queremos que sirva para visibilizar todo lo que hacemos, para compartir con la ciudad esta historia”, señala Rolin.
Cada alumno que cruza la puerta del Conservatorio comienza un viaje. Un viaje largo, exigente y hermoso. Algunos llegarán lejos en el mundo de la música; otros tomarán otros caminos. Pero todos, de una forma u otra, se llevarán consigo algo que no desaparece. “No se trata solo de tocar bien. Es prepararte mental y emocionalmente para dominar un lenguaje que te transforma”. En estos cuarenta años, el Conservatorio de Música de Melilla ha demostrado que la música no es solo una disciplina artística; es una manera de estar, de mirar y de escuchar. En tiempos de urgencia, de ruido y distracción, enseñar a escuchar puede ser uno de los actos más generosos y transformadores que existen.








