La política local no sale de su fango. Ayer, un cruce de declaraciones entre Rafael Marín y el delegado del Gobierno, Gregorio Escobar, ponía de nuevo de manifiesto el lenguaje antagónico que utilizan unos y otros a pesar de sus llamadas constantes a la lealtad institucional.
Con la misma monserga que manosea y manipula el valor del patriotismo, el alto cargo socialista se sacudía las críticas del consejero de Fomento y reiventaba los números que Rafael Marín había sumado de manera global.
Sin embargo, no es ya una cuestión de cuentas lo que subyace en el transfondo de la nueva polémica entre el Gobierno local y la Delegación del Gobierno. La esencia es siempre la misma y pasa por las migajas que acaba recibiendo una ciudad que desde el desembarco del GIL no ha logrado hacer despertar de nuevo en los grandes partidos la deuda histórica manifiesta que sigue pendiente con Melilla por parte del Estado español y que el PSOE especialmente no está contribuyendo a saldar de ningún modo. Póngase por ejemplo esa Comisión de Transportes, paradigma de la tomadura de pelo al melillense y que ahora quieren seguir vendiéndonos como válida, tras cinco meses sin ni siquiera convocarse.
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