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Deseo y humor en un montaje escénico que transgrede el tiempo y el espacio

La adaptación de Maldita Manía convierte 'La discreta enamorada' en un viaje entre el Siglo de Oro y los años setenta sin perder la esencia de Lope de Vega

por Alejandra Gutiérrez
27/07/2026 16:01 CEST
Deseo y humor en un montaje escénico que transgrede el tiempo y el espacio

Alejandra Acedo junto al elenco de la adaptación de la obra de Lope de Vega "La discreta enamorada". -Cedida por Acedo-


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Fenisa recuerda. Lo hace desde una oficina de los años setenta, entre archivadores metálicos, teléfonos de sobremesa y una estética de comedia ye-yé que envuelve un montaje transgresor. Mientras reconstruye su propia historia, el tiempo deja de avanzar en línea recta. El espacio también se altera. La esencia, el enredo permanecen, en una obra de teatro que se pliega sobre sí misma hasta regresar a los primeros años del siglo XVII, cuando Lope de Vega escribió La discreta enamorada. Un viaje entre la memoria y el presente es el punto de partida de la nueva propuesta de Maldita Manía para el ciclo de Microteatro del Hospital del Rey. La adaptación de María Zaragoza mantiene la naturaleza del clásico mientras lo traslada a un universo más cercano al espectador contemporáneo, donde el verso convive con la prosa y donde el deseo, el humor y la libertad de sus personajes encuentran nuevos códigos escénicos.

La producción de Alejandra Acedo, que debuta en la dirección teatral junto a Alba Rosa, reúne sobre el escenario a Clara Espejo, Jorge Abad, Maribel Rabaneda, José Oña y María Mendoza como los cinco personajes humanos de la historia, acompañados por otras dos presencias indispensables para el desarrollo de la trama cuya naturaleza la directora prefiere mantener en secreto hasta el estreno. Incluso el cartel diseñado por Cucho L. Capilla anticipa esa ruptura con la imagen más convencional del Siglo de Oro para invitar al público a un juego constante entre dos épocas separadas por más de cuatro siglos.

La elección de La discreta enamorada no nació del azar ni de la voluntad de recuperar un clásico conocido. Alejandra Acedo reconoce que, desde el primer momento, tuvo claro, como si de un flechazo se tratara, cuál quería que fuera el texto sobre el que construir este proyecto. Entre las muchas posibilidades que ofrece el teatro áureo, encontró en la comedia de Lope de Vega una cualidad que continúa sorprendiéndola: la extraordinaria modernidad y profundidad con la que el dramaturgo construyó a sus personajes femeninos. Mientras explica el origen del montaje, no habla tanto de literatura como de una manera de entender a las mujeres dentro del universo de Lope de Vega y, sobre todo, dentro de la sociedad que las rodeaba y que el escritor también describía. Le sigue fascinando comprobar cómo, en una época profundamente condicionada por las normas sociales y el papel subordinado que se reservaba a la mujer, el autor fue capaz de escribir protagonistas inteligentes, astutas, dueñas de su voluntad y decididas a intervenir activamente en el rumbo de sus propias vidas.

Para Acedo, Lope de Vega no solo escribió grandes comedias; también rompió, con su pluma, con muchos de los esquemas de su tiempo. Él colocó a las mujeres en el centro de la acción, les concedió capacidad de decisión y las convirtió en el auténtico motor dramático de sus historias. Es precisamente esa mirada la que despertó su interés. Le sigue llamando la atención que una obra escrita hace más de cuatrocientos años plantee conflictos que hoy continúan resultando reconocibles y que cuestiones relacionadas con la libertad, el deseo o la capacidad de decidir sobre el propio destino aparezcan formuladas con una naturalidad sorprendente para la época. "Era un adelantado a su tiempo", resume con admiración, convencida de que esa vigencia explica por sí sola la necesidad de volver sobre este texto.

Esa voluntad de conservar el espíritu de la obra original sin convertirla en una pieza distante para el público actual fue el punto de partida de la adaptación realizada por María Zaragoza. La escritora, con quien Acedo ya había colaborado en el cortometraje Bala, comprendió desde el primer momento cuál era la intención del proyecto. Entre ambas existe una complicidad creativa construida durante años de trabajo compartido y amistad que permitió desarrollar una propuesta muy concreta: respetar el verso de Lope de Vega, mantener su musicalidad y su identidad literaria, pero introducir también momentos en prosa que facilitaran el seguimiento de la historia. No se trataba de simplificar el texto, sino de establecer un diálogo entre dos lenguajes que ayudara al espectador contemporáneo a adentrarse en el universo del Siglo de Oro sin perderse en la complejidad del verso.

La solución llegó a través de Fenisa. La protagonista deja de ser únicamente el personaje sobre el que gira la acción para convertirse también en narradora de su propia historia. Es ella quien recuerda, quien explica y quien conduce al público por una sucesión de acontecimientos que revive desde la distancia del tiempo. Esa doble condición permite alternar el verso y la prosa con absoluta naturalidad, pero también dota al espectáculo de una estructura narrativa que juega constantemente con la memoria. Lo que el espectador presencia no es únicamente la representación de una comedia clásica repleta de humor, sino la reconstrucción de unos recuerdos que regresan muchos años después, mezclando pasado y presente hasta difuminar los límites entre ambos.

Fue precisamente esa idea del recuerdo la que abrió la puerta al traslado de la acción a los años setenta. La propuesta partió de María Zaragoza, vinculada emocionalmente a aquella década por experiencias personales que deseaba incorporar al montaje. Acedo acogió inmediatamente la idea porque entendió que ese nuevo contexto no alteraba la esencia de la obra, sino que la hacía dialogar con otros códigos visuales y emocionales. La escenografía se instala así en una oficina setentera donde el color, la estética y determinados elementos cotidianos sustituyen a los espacios tradicionales del Siglo de Oro. El vestuario también acoge esa lógica. Sin embargo, el cambio va mucho más allá de una cuestión estética. La nueva época permite explorar las relaciones entre los personajes desde una mayor cercanía física, introducir un erotismo más reconocible y otorgar al deseo una presencia más palpable sin suprimir el sentido del texto original, que ya lo describía.

Ensayos generales

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Acedo insiste en que la adaptación demuestra que Lope de Vega interpela directamente a la época actual. La libertad con la que Fenisa decide amar, las estrategias que desarrolla para alcanzar aquello que desea o la inteligencia con la que desafía las convenciones sociales siguen funcionando hoy porque nacieron con una fuerza extraordinaria. La directora considera que ese es el gran hallazgo del dramaturgo: haber creado personajes femeninos que continúan dialogando con el presente sin necesidad de alterar su construcción. De ahí que el montaje mantenga intacto el corazón de la obra mientras transforma el paisaje que la rodea.

La producción supone también un momento importante en la trayectoria de Alejandra Acedo. Después de años desarrollando su carrera como actriz y tras asumir la producción de distintos proyectos, afronta por primera vez la dirección teatral. Lo hace junto a Alba Rosa, profesora de la Real Escuela Superior de Arte Dramático, que se incorporó al proceso una vez iniciado el trabajo para compartir la codirección y terminar de pulir la propuesta escénica. El grueso del montaje, sin embargo, ya estaba construido cuando ambas comenzaron a trabajar juntas. Lejos de sentir vértigo, Acedo reconoce que dirigir le ha resultado mucho más natural de lo que esperaba y ha disfrutado especialmente con esta propuesta. Atribuye parte de esa sensación a su experiencia sobre los escenarios, también en el Hospital del Rey, y el tiempo dedicado a la enseñanza de la interpretación, una labor que le ha permitido desarrollar herramientas para trabajar con los actores y actrices desde el conocimiento de sus procesos creativos.

Donde sí reconoce un esfuerzo constante es en la producción. Confiesa que no es la faceta que más disfruta, pero entiende que resulta imprescindible si quiere seguir creando. No concibe quedarse esperando una oportunidad. Necesita imaginar proyectos, reunir equipos y generar espacios donde ella misma pueda trabajar y, al mismo tiempo, ofrecer trabajo a otros profesionales. Esa necesidad de construir antes que esperar define buena parte de su forma de entender el oficio y explica por qué, pese al desgaste que supone levantar una producción desde cero, continúa apostando por sacar adelante nuevas propuestas.

Esa manera de trabajar se refleja también en la organización de los ensayos. Frente a la urgencia, decidió comenzar el proceso de preparación con los actores y actrices en junio para disponer de tiempo suficiente antes del estreno. Acedo no es ajena a la dificultad del verso, su métrica, la expresividad que acompaña a cada letra o el ajuste vocal en cada cadencia. Durante sus años de trayectoria y formación, se ha acercado, lo ha estudiado y lo ha disfrutado. Precisamente por ello, considera que el verso necesita reposo.

También, que los personajes no pueden construirse únicamente desde la memorización del texto. Durante semanas, el elenco ha trabajado ejercicios de corporalidad, escucha, movimiento y construcción psicológica de cada personaje. Para Acedo, la técnica solo adquiere sentido cuando desemboca en la verdad escénica; entiende que el teatro solo funciona cuando cada reacción nace realmente de lo que ocurre delante del intérprete y no de una repetición mecánica. Quiere que el público olvide que está viendo una representación y tenga la sensación de asistir a un conflicto vivo, en clave de humor.

Su forma de dirigir también parte de una organización muy precisa. Planifica los ensayos con antelación, evita convocar a los intérpretes cuando no van a trabajar ese día y procura respetar sus tiempos de descanso. Cree que el rendimiento mejora cuando existe un ambiente relajado y cuando los actores sienten que forman parte de un proceso creativo compartido. Esa filosofía se apoya además en una elección del reparto que reconoce haber tenido clara desde el mismo instante en que seleccionó la obra.

Antes incluso de que la Consejería resolviera la convocatoria del ciclo del Hospital del Rey, Acedo ya había telefoneado a quienes quería incorporar al proyecto. Les explicó que todavía no sabía si la propuesta sería seleccionada, pero quiso asegurarse de que, en caso de salir adelante, contarían con disponibilidad para participar. Cuando llegó la confirmación oficial, el elenco ya estaba decidido a sumarse a su propuesta. Cada elección responde, explica, a una suma de factores donde la calidad interpretativa y vocal convive con la afinidad personal y el perfil específico que exigía cada personaje.

Clara Espejo interpreta a Fenisa porque reúne la juventud, la sensibilidad y la firmeza que necesitaba la protagonista, además de una capacidad vocal que la directora considera fundamental para sostener un personaje que transita continuamente entre el verso, la prosa y la narración. Maribel Rabaneda encarna a Belisa aportando la fuerza, la sensualidad y el sentido del humor que Acedo veía imprescindibles para el personaje. José Oña da vida al capitán Bernardo después de una larga trayectoria compartida con la directora desde los tiempos de la compañía de teatro Concord, una relación profesional que le permitió reconocer inmediatamente en él la energía y la vis cómica que buscaba. Jorge Abad asume el papel de Lucindo, un galán para el que Acedo quería un actor de sólida formación y gran presencia escénica, arquetipo de los años setenta y una envergadura que encajara con las dos actrices con las que comparte escena. Por último, María Mendoza interpreta a Gerarda, un personaje marcado por la belleza, la sensualidad y la personalidad vocal. Del reparto, Acedo solo concede palabras de complicidad, destacando el trabajo maravilloso que han realizado durante estos meses de ensayos.

Más allá de la interpretación, Acedo reconoce una enorme importancia al grupo humano. Está convencida de que el mejor teatro nace de la confianza, del buen ambiente y de la complicidad entre quienes comparten escenario. No busca únicamente buenos actores; busca personas con las que construir un proceso creativo sano, convencida de que esa armonía termina reflejándose inevitablemente en escena.

Después de dos meses de trabajo, el montaje llega ahora a su cita con el público. Acedo afronta el estreno con la tranquilidad y entusiasmo. Se siente feliz. Confía en que el espectador descubra una comedia divertida, cercana y sorprendentemente contemporánea, pero también que salga del Hospital del Rey con una certeza que para ella resulta esencial: que las mujeres que Lope de Vega creó hace más de cuatro siglos siguen teniendo hoy la misma fuerza para decidir, amar y cambiar el rumbo de su propia historia.

Tags: Alba RosaAlejandra AcedoCiclo de MicroteatroClara EspejoHospital del ReyJorge AbadJose OñaLa discreta enamoradaLope de VegaMaría MendozaMaría ZaragozaMaribel Rabaneda

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