Educación

De Melilla a Burgos, con la música como equipaje y la armonía grupal como melodía

Camerata Melillense transforma una gira de quince días en una experiencia de música, convivencia y aprendizaje por distintos pueblos de la Península

Camerata viene de camera, la habitación de los palacios en la que se hacía música. Pero el término acabó adquiriendo también otro significado: el de un grupo de personas unidas por la pasión por un arte que se encuentran para crearlo juntas. En Camerata Melillense están presentes las dos ideas. Hay una cámara, entendida como lugar de interpretación, pero también una comunidad construida alrededor de la música. Alumnos de distintas especialidades y edades que ensayan, viajan, tocan y comparten una experiencia que para Sama Bou, su director, forma parte de su manera de entender la educación musical.

La agrupación nació en 2012 precisamente para salvar una distancia que Bou había detectado entre las aulas del Conservatorio y los escenarios. Los alumnos recibían su formación, estudiaban sus instrumentos y trabajaban dentro de las clases, pero faltaba la experiencia de enfrentarse a un público y de descubrir qué sucede cuando aquello que se ha aprendido dentro del aula adquiere una dimensión real ante los demás. Camerata se creó para ofrecer esa oportunidad, primero dentro de Melilla y, con el paso de los años, también fuera de la ciudad.

El grupo ha tenido desde el principio una composición flexible. Cambia según los alumnos que se incorporan a la aventura, sus instrumentos y los proyectos que se plantean. Ahora, sin embargo, Bou considera que atraviesa una de sus mejores etapas por la conexión que existe entre sus integrantes. Piano, guitarra, flauta, oboes, saxofones, violines, violonchelos y cajón flamenco forman parte de la agrupación, que tampoco se limita a la interpretación instrumental. Algunas piezas incorporan voces y se convierten en pequeñas experiencias corales. El repertorio tampoco se encierra en la música clásica: incluye bandas sonoras, música folclórica y arreglos preparados específicamente para la formación, además de propuestas que parten de los propios alumnos.

La última experiencia ha llevado esa filosofía mucho más lejos. Durante quince días, Camerata Melillense ha recorrido distintos puntos de la Península en una gira que comenzó el 16 de julio en Valencia y terminó ayer en Frías, en Burgos. El viaje había nacido con un destino concreto: participar en el WIM, What Is Music, un encuentro internacional de música y arte al que Bou lleva alrededor de una década vinculado y que combina conciertos con talleres y actividades relacionadas con jazz, improvisación, percusión africana, coro y otras formas de creación musical. La organización confirmó este año la suspensión de la edición de 2026.

La cancelación llegó cuando el proyecto de Camerata ya estaba en marcha. En abril, Bou comunicó la situación a las familias y planteó la posibilidad de mantener la gira pese a que el festival no fuera a celebrarse. La respuesta permitió que el viaje continuara. Lo que inicialmente iba a ser un recorrido hasta Frías, Burgos, para participar en el WIM se convirtió en una pequeña gira propia, con conciertos y distintas paradas culturales que finalizaron simbólicamente en el mismo lugar. La ruta arrancó en Valencia, continuó por Albarracín, Toledo y el Monasterio de Piedra, en Zaragoza, y después se desplazó hacia La Rioja.

El cambio de destino encontró allí una oportunidad inesperada. Alba Díez, vinculada a Melilla y amiga de Bou, propuso que Camerata sustituyera la participación en el festival por tres conciertos en pueblos relacionados con su familia: Santurdejo, Santurde y Ojacastro. La formación pasó así de tener como horizonte un encuentro internacional a actuar en localidades pequeñas, algunas de ellas pertenecientes a esa España interior y despoblada en la que una propuesta musical de estas características adquiere una dimensión diferente.

Y también encontró una manera particular de presentarse ante esos públicos. Camerata viajó con 280 velas para construir en cada localidad una escenografía propia y ofrecer conciertos a la luz de las velas. La música no aparecía únicamente cuando comenzaba la actuación. Antes de cada concierto, los integrantes realizaban un pasacalles instrumental por las calles del pueblo. Los instrumentos salían al encuentro de los vecinos, recorrían el espacio y anunciaban una actuación que después continuaba en otro escenario. La experiencia convertía el concierto en algo más amplio que una hora de música: empezaba en la calle y terminaba reuniendo a quienes habían decidido acercarse.

Uno de los episodios más singulares de la gira se produjo en una iglesia románica del siglo XIII. Camerata pudo ensayar y tocar dentro del templo, en un espacio en el que, según relataban en el pueblo, posiblemente nunca antes se había interpretado música. La experiencia fue especialmente íntima para la agrupación. No era un escenario habitual ni un espacio preparado para un concierto, sino un lugar histórico al que los músicos pudieron incorporar, quizá por primera vez, su propio sonido. La acústica, la arquitectura y el silencio del edificio hicieron de aquel ensayo algo distinto a las demás actuaciones. La sensación era la de poner música a un espacio que hasta entonces no había tenido esa experiencia.

El repertorio ayudó también a trasladar una parte de Melilla hasta los lugares visitados. Antes de cada actuación, Camerata presentaba la ciudad y explicaba al público algunos de sus rasgos, desde su diversidad cultural hasta su arquitectura modernista o la ciudadela renacentista. La agrupación se convertía así en una pequeña representación de Melilla fuera de sus fronteras. No solo llegaban músicos de la ciudad, sino también una historia sobre el lugar del que procedían.

Esa identidad melillense apareció igualmente en las canciones. Durante la gira, la agrupación contó con la participación de la madre de tres alumnas, a la que Bou había escuchado cantar y para la que posteriormente preparó arreglos. Interpretó tres temas acompañada por Camerata, dos en amazige y uno en árabe. La incorporación de estas piezas introdujo otras lenguas en el repertorio y permitió llevar hasta los pueblos de la Península una parte de la diversidad que forma parte de la vida cotidiana de Melilla.

Los conciertos encontraron además una respuesta que sorprendió favorablemente a la agrupación. En Ojacastro, el alcalde trasladó a Camerata que hacía años que no veía un ambiente tan familiar alrededor de un concierto. El comentario resume una parte importante de lo que ha sucedido durante esta gira: las actuaciones han servido para generar encuentros en localidades pequeñas. La música ha sido el motivo inicial, pero alrededor de ella se ha creado también un espacio de convivencia; una atmósfera a la luz de las velas.

Esa convivencia ha tenido una dimensión particular dentro del propio grupo. En la gira han participado seis familias y, al desarrollarse fuera del periodo lectivo y contar con alumnos menores, cada estudiante necesitaba viajar acompañado por un tutor. Durante quince días han compartido desplazamientos, alojamientos, ensayos, comidas y conciertos. Han combinado camping y casas rurales y han contado también con la colaboración de personas vinculadas a la agrupación. En La Rioja, por ejemplo, la familia de Alba Díez puso a disposición de Camerata una casa para alojar al grupo.

El viaje ha sido, de alguna forma, otro escenario educativo. Compartir las 24 horas del día durante dos semanas podía haber generado dificultades, pero la experiencia ha resultado especialmente positiva. El grupo ha encontrado una armonía que las propias familias quieren trasladar a nuevos proyectos. La dimensión intergeneracional de Camerata contribuye también a ello. El músico más joven que ha participado en esta gira tiene 11 años, mientras que la agrupación cuenta también con alumnos adultos, entre ellos una estudiante de alrededor de 53 años. Los más pequeños conviven con quienes llevan más tiempo vinculados a la música y todos terminan aprendiendo también de esa convivencia.

La relación con el Conservatorio tiene, sin embargo, sus matices. Camerata está formada por alumnos del centro y Bou es profesor de algunos de ellos, pero esta gira se ha desarrollado fuera del curso lectivo y, por tanto, no se ha realizado bajo el paraguas del Conservatorio. En este contexto han sido las familias las que han acompañado y asumido la responsabilidad sobre los menores. Es un proyecto que mantiene su origen educativo, pero que, durante estas semanas, ha adquirido autonomía propia.

Tampoco debe confundirse con Zíngaros del Rif, la formación de músicos profesionales dirigida por Bou. En ocasiones, los alumnos más aventajados de Camerata pueden participar junto a músicos profesionales en determinados proyectos, lo que les permite tener una primera experiencia interpretativa en un ámbito diferente. Pero Camerata mantiene su propia identidad como agrupación educativa. En ella, el objetivo no es únicamente aprender a tocar, sino también descubrir músicas, asumir responsabilidades, convivir y adquirir seguridad delante de un público.

El último concierto de la gira tuvo un significado especial porque se celebró precisamente en Frías, el lugar donde debía haberse desarrollado el WIM. La organización había previsto para este año la celebración del encuentro entre el 24 de julio y el 1 de agosto, pero finalmente comunicó su suspensión. Camerata llegó al municipio cuando el festival debería haber estado llenando sus calles de actividades y música. Por eso, la actuación tuvo también un componente de reivindicación. Bou quiso que la localidad pudiera recuperar, aunque fuera durante unas horas, parte de aquella atmósfera que este verano no ha podido vivir.

El concierto se realizó en una calle emblemática de Frías y sirvió como cierre de una ruta que terminó siendo diferente de la prevista, pero que conservó buena parte de su propósito inicial. Los alumnos han viajado, han conocido otros lugares, han actuado ante públicos distintos y han tenido contacto con otras formas de entender la música. También han descubierto lo que significa montar y desmontar una propuesta en diferentes espacios, adaptarse a cada localidad y convertir un lugar cualquiera en un escenario.

La experiencia, además, no parece terminar con el regreso a Melilla. Las propias familias ya están pensando en nuevas salidas. La idea pasa por realizar durante el curso pequeñas escapadas de cuatro o cinco días, incluso viajes de fin de semana a lugares más cercanos, de manera que la actividad pueda mantenerse sin esperar al verano. También empieza a dibujarse una nueva gira larga para el próximo año, independientemente de que el WIM pueda recuperar su programación. La cancelación del festival ha cambiado el itinerario, pero no las ganas de continuar.

Desde aquel primer viaje a Valencia en 2012 hasta estos quince días de carretera han pasado muchos años. Camerata Melillense nació para que los alumnos dejaran por un momento las aulas y comprobaran qué significaba tocar delante de otros. En esta gira, ese escenario se ha multiplicado: una plaza, una calle, un pueblo, una casa rural, una iglesia románica del siglo XIII o el corazón de Frías. La música ha ido encontrando lugares distintos y públicos diferentes, mientras sus integrantes aprendían que tocar juntos también significa aprender a convivir.

Quizá ahí se encuentre la verdadera dimensión del proyecto que Bou puso en marcha hace catorce años. Camerata sigue siendo una formación de alumnos, pero después de esta gira también es un grupo de familias que ha compartido un viaje, de niños y adultos que han aprendido unos de otros, de músicos que han llevado la diversidad de Melilla a otras localidades y de espacios que, durante unos minutos, han sonado de una manera diferente. Una camera para hacer música, sí, pero también una pasión compartida que ha encontrado carretera para seguir creciendo.

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