Aurelia Campos era una niña cuando empezó a pasar las horas junto a su abuela, observándola coser. En aquel hogar que conectaba dos viviendas convivían las dos familias; las puertas estaban siempre abiertas entre una y otra y Aurelia iba y venía entre su madre y su abuela, aunque fue esta última quien se convirtió en su primera referencia frente a las telas, las agujas y la máquina de coser. Dormía con ella, comía con ella y, sobre todo, se sentaba a su lado mientras trabajaba. Cuando terminaba una labor, quedaban sobre el suelo pequeños retales que para cualquiera podían ser simplemente sobrantes de tela. Para Campos eran otra cosa. Los recogía y se ponía a hacer vestidos para sus muñecas, improvisando con lo que encontraba y reproduciendo, a su manera, aquello que veía hacer a su abuela. Así comenzó una relación con la costura que, más de seis décadas después, continúa acompañándola y que la ha llevado desde aquellas primeras muñecas hasta convertirse en una de las manos que dan forma al vestuario de las artes escénicas de Melilla.
Su abuela cosía “a su manera”, como ella misma explica, sin recurrir al patronaje que Aurelia Campos aprendería posteriormente y fiándolo todo a la experiencia. Sabía dónde añadir unos centímetros, dónde quitar otros y cómo adaptar una prenda al cuerpo a partir de la práctica acumulada. “Tengo que meterle cuatro dedos, le meto dos dedos, le saco dos dedos”, recuerda Campos para describir aquella forma intuitiva de trabajar. Ella miraba. Y mientras miraba, aprendía. Antes de saber tomar medidas o manejar una máquina de coser, ya estaba desarrollando una mirada sobre las telas, las formas y las posibilidades que ofrecía cada pequeño trozo de material. En el colegio, cuenta, lo que más le gustaban eran las manualidades y los dibujos. Había algo en construir cosas con las manos que ya formaba parte de ella, una inclinación que después encontraría en la costura una manera de crecer y expresarse.
A los 13 años dio un paso más y comenzó a acudir a una academia de costura, unas clases que le pagaba su abuela. Poco después, con 14 años, viajó a la península para quedarse durante unos meses en casa de una tía. Allí encontró otra vía de aprendizaje: su prima impartía clases de corte y la joven Campos aprovechó aquella estancia para profundizar en el patronaje. A su regreso a Melilla continuó trabajando a distancia. Le compraron un libro, cartabones, reglas y todo lo necesario para seguir practicando, y fue enviando a su prima los ejercicios que realizaba. Aquel proceso terminó de manera inesperada con el fallecimiento de su prima. Campos optó por continuar a pesar de la pérdida, apoyándose en lo que ya había aprendido y en una habilidad que, a esas alturas, llevaba años creciendo entre sus manos.
Su trayectoria, sin embargo, no fue una línea recta hacia la profesionalización. Se casó muy joven, con 16 años, a punto de cumplir los 17, y se marchó a Navarra, donde vivió durante nueve años. Allí siguió cosiendo, aunque en unas condiciones muy diferentes: ni siquiera tenía máquina de coser. Hacía a mano algunas prendas para ella y para su hija, pequeñas piezas que le permitían mantener vivo un vínculo que nunca había desaparecido. Cuando regresó a Melilla abrió una tienda de comestibles. Podría parecer que aquel nuevo oficio la alejaba definitivamente de la costura, pero encontró una manera de mantenerla cerca. El establecimiento tenía dos locales y, en los ratos libres, Aurelia se metía en la parte interior, colocaba allí su máquina y se ponía a coser. Mientras atendía el negocio, esperaba. Y cuando aparecía un momento de calma, volvía a las telas.
La costura siguió así, entrando y saliendo de su vida, adaptándose a cada etapa. Nunca llegó a desaparecer. Antes incluso de relacionarse con el teatro, Campos ya había convertido la confección en una forma de expresión familiar. Durante años hizo los disfraces de sus nietos y también los de otros niños del entorno, después de que vecinos y conocidos vieran sus trabajos y comenzaran a pedirle encargos. A una de sus nietas le confeccionó el vestido de la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas, con el que llegó a ganar el primer premio del concurso. Otros disfraces obtuvieron también reconocimientos en diferentes años. Para Campos, aquella clase de trabajos tenía algo distinto que aquellos arreglos y confección de prendas de moda sin fantasía. “Me gusta más el teatro”, afirma, pero enseguida amplía la idea: le gustan los disfraces, los personajes, las propuestas que le permiten imaginar y construir algo desde cero. Si para conseguirlo tiene que quedarse trabajando de noche, no le importa. Es precisamente ahí donde parece sentirse más cómoda: cuando una idea todavía no es una prenda, sino apenas un reto pendiente de convertirse en ella.
Su llegada al mundo de las artes escénicas se produjo a través de su nuera, Marina Requena. Cuando Requena comenzó a vincularse al teatro, las propuestas de vestuario empezaron a llegar hasta ella y, poco a poco, aquella relación se convirtió en algo más que una colaboración puntual. “Ya soy la madre de todos ellos”, cuenta entre risas refiriéndose al colectivo artístico melillense. La frase resume una relación que va mucho más allá de la confección de una prenda para una obra determinada. Campos se ha integrado en ese pequeño engranaje creativo hasta convertirse en una presencia habitual, alguien a quien se recurre cuando aparece un vestuario que necesita ser creado, adaptado o resuelto. Ella acepta el encargo con la misma naturalidad y entusiasmo con la que, décadas atrás, recogía los retales del suelo de la casa de su abuela.
Su forma de trabajar resulta tan práctica como singular. Puede recibir un dibujo, una fotografía o una indicación general sobre aquello que se necesita y, a partir de ahí, construir la pieza directamente sobre la tela. Aunque sabe hacer patronaje y puede elaborar los patrones que le pidan, reconoce que no es su método preferido. Para ella, preparar y guardar posteriormente cada patrón puede ser una pérdida de tiempo. Prefiere extender la tela sobre la mesa, coger el jaboncillo y comenzar a marcar directamente las medidas y las formas. Después corta dejando los márgenes necesarios y, en muchas ocasiones, ni siquiera necesita hilvanar. Coloca alfileres, presenta la pieza sobre el cuerpo de quien la va a llevar y realiza los ajustes directamente sobre la persona. El proceso parece sencillo cuando lo cuenta, pero detrás hay décadas de práctica y una capacidad adquirida para visualizar el resultado antes incluso de que la prenda exista.
Ese conocimiento también se extiende a los tejidos. Aurelia asegura que puede trabajar con prácticamente cualquier tela que le den, pero sabe perfectamente que no todas responden igual. Conoce las que tienen mayor cuerpo, las más finas, las lonetas, el tul, el organdí o la seda y sabe qué establecimientos pueden ofrecer determinados géneros. Cuando alguien del equipo necesita comprar material, puede orientar sobre dónde encontrarlo y qué características debe tener. También calcula los metros necesarios según el modelo, el cuerpo de quien lo va a llevar, el vuelo que se quiera conseguir o el ancho de la tela. Si se trata de un tejido sencillo, habrá que contar con más cantidad; si es doble ancho, el consumo puede ser menor. Son decisiones que para la profesional forman parte del trabajo cotidiano y que, sin embargo, requieren un conocimiento que no siempre resulta visible desde fuera.
En Melilla, además, ese conocimiento se enfrenta a una dificultad añadida: la escasez de establecimientos y materiales especializados. Campos recuerda que anteriormente era más fácil encontrar en la ciudad todo tipo de complementos, pasamanería, lazos, puntillas y otros elementos necesarios para la confección. Había comercios y puestos en el Rastro con una variedad que hoy resulta difícil de encontrar. “Nos estamos quedando sin nada”, lamenta. La situación obliga a recurrir a familiares y conocidos que viajan a la península o a buscar soluciones alternativas cuando un material concreto no aparece. En una ocasión tuvo que conseguir en Almería unas cremalleras invisibles para unos vestidos de dama de honor para una boda porque no encontraba en Melilla ni el tipo ni los tonos que necesitaba. Una cremallera puede parecer un detalle menor, pero cuando un traje tiene que estar terminado y no existe el material adecuado, puede convertirse en un problema considerable.
La falta de recursos obliga también a agudizar el ingenio. Si algo no se encuentra, hay que buscar otra manera de hacerlo. Si un tejido no sirve, se prueba con otro. Si un complemento desaparece del mercado, se sustituye o se transforma. En ese proceso, la experiencia acumulada se convierte en una herramienta tan importante como la máquina de coser. Campos conoce las posibilidades de los materiales y, sobre todo, sabe que casi cualquier cosa puede terminar teniendo una utilidad. En su casa, esa filosofía ha convertido el trastero en una especie de almacén permanente de retales y materiales que algún día podrían hacer falta. Guarda telas, puntillas, restos de materiales y pequeñas piezas porque, como repite durante la conversación, “después vale todo”.
La acumulación tiene, en su caso, una lógica creativa. Lo que hoy parece un sobrante puede convertirse mañana en el elemento que complete un personaje. Por eso no tira fácilmente los materiales. Los guarda, los clasifica mentalmente y recuerda lo que tiene y lo que le falta. Durante la pandemia, buena parte de esas reservas adquirió una utilidad inesperada. Campos tenía numerosas cajas de materiales en el trastero y terminó utilizándolas para confeccionar mascarillas. Comenzó a hacerlas y continuó después de recibir la confirmación de que podían ser útiles. Las confeccionó para distintas personas y colectivos, entre ellos miembros de la Policía Local, la Policía Nacional y militares. Una vez más, la costura dejó de ser únicamente un oficio para convertirse en una herramienta capaz de responder a una necesidad concreta.
Sin embargo, donde Campos parece encontrar su mayor estímulo es en aquellos trabajos que le permiten imaginar. No se limita a reproducir exactamente aquello que recibe. Si le entregan un dibujo, puede sugerir un cambio, añadir una puntilla, incorporar una pasamanería o proponer otro material. El diseño inicial es para ella el punto de partida que necesita para intervenir. A partir de ahí comienza un diálogo entre la idea y las posibilidades que ofrece la tela. En ocasiones, quienes trabajan con ella incluso le entregan materiales para que los conserve: “Quédate con esto ahí, que puede ser que te valga para algo”. Y ella se los queda. Porque sabe que, tarde o temprano, alguna de aquellas piezas encontrará su lugar.
Esa capacidad de transformar materiales se aprecia especialmente en los trabajos que ha realizado fuera del vestuario convencional y que dialoga con sus habilidades y gustos por las manualidades. Para su madre, que tiene 83 años, confeccionó un Belén completo cuando quiso participar en concurso. Campos trabajó durante noches enteras, sentada en la cama, cortando, montando y dando forma a cada una de las figuras. No utilizó únicamente tela. También recurrió a pequeños vasos de plástico para construir los cuerpos de los personajes, que después fueron revestidos y caracterizados con barbas, narices, gorros y diferentes elementos según el oficio que representaban. El Belén fue realizado completamente a mano y obtuvo un premio. Después llegó la Cruz de Mayo, también confeccionada artesanalmente, y más tarde las Candelarias, donde volvió a recibir reconocimiento. Flores de papel, telas, pequeños objetos y materiales reciclados se convirtieron en parte de una creación que volvía a demostrar que, para Campos, las posibilidades de un material dependen tanto de lo que es como de la capacidad de imaginar aquello en lo que puede convertirse.
La misma lógica ha estado presente en su relación con el teatro, espectáculos o concursos de disfraces. Ha confeccionado disfraces para niños, elementos para espectáculos y piezas para propuestas audiovisuales. Recuerda haber realizado una cabeza de Scooby-Doo para uno de esos trabajos y también haber construido miles de flores para recuperar la decoración de un árbol que había perdido sus elementos en el local El Cielo. Fueron alrededor de 3.000 flores, colocadas y montadas una a una. No habla de ello como una hazaña extraordinaria, sino como otra cosa que había que hacer y afrontaba con alegría. “Me gusta todo”, repite. Y en esa frase está quizá la mejor definición de su manera de entender el oficio: no existe un límite claro entre lo que sabe hacer y lo que está dispuesta a aprender.
Campos no identifica una técnica concreta como su favorita. No habla de una especialidad cerrada ni de una forma única de trabajar. Si le piden un patronaje, lo hace. Si necesita construir un disfraz, lo construye. Si tiene que arreglar una prenda, la arregla. Si aparece un material nuevo, busca la manera de utilizarlo. Y si llega un encargo que nunca ha realizado, no lo interpreta como una barrera. “Lo que me den, te lo hago”, asegura. Para ella, la costura es un aprendizaje continuo porque siempre aparecen nuevas formas, nuevos materiales y nuevos retos. No haber hecho algo antes no significa que no pueda hacerlo; significa que todavía tiene que descubrir cómo.
Esa disposición a seguir aprendiendo conecta directamente con aquella niña que se sentaba junto a su abuela a recoger retales. Entonces no había patronaje, ni diseños teatrales, ni encargos de vestuario. Había una niña, unas muñecas y los restos de tela que quedaban después de que su abuela terminara de coser. Décadas después, el gesto esencial continúa siendo el mismo: mirar un material y preguntarse qué puede hacerse con él. La diferencia es que ahora Campos cuenta con toda una vida de aprendizaje detrás.
Ahora, jubilada y ya alejada de la tienda de comestibles que durante años ocupó buena parte de su tiempo, puede dedicar más espacio a aquello que siempre ha hecho por gusto. Su aportación ha formado parte de la obra de teatro Bajo las torres de Teruel, encargada de la confección del vestuario del elenco. En vísperas de la Feria, trabaja en un traje tradicional y prepara para su nieta Valentina varias hombreras de flecos de diferentes colores para poder combinarlas con un vestido en blanco y negro. Azul, rosa, blanco: varias posibilidades para cambiar el aspecto de una misma prenda.
Su historia también habla de un oficio que ha ido perdiendo presencia en una época en la que muchas prendas se compran hechas y en la que cada vez son menos las personas capaces de realizar un patronaje o construir desde cero un vestuario elaborado. Campos lo sabe. Por eso valora que todavía existan espacios en los que ese conocimiento sea necesario. En las artes escénicas, donde un personaje puede necesitar una prenda específica, un acabado determinado o una solución que no existe en ninguna tienda, su experiencia adquiere un valor especial. El trabajo permanece muchas veces detrás del escenario, lejos de los focos y de la mirada del público, pero resulta imprescindible para que aquello que ocurre sobre las tablas pueda suceder.








