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Cuando la amistad cruza tradiciones: Alejandra Nogales y Kawthar Abderraman comparten una escena cotidiana en Melilla que se hace viral

Una fotografía espontánea durante el Viernes Santo, tras una procesión y en plena celebración de una henna, ha desatado miles de reacciones en redes sociales

por Alejandra Gutiérrez
10/04/2026 12:39 CEST
Cuando la amistad cruza tradiciones: Alejandra Nogales y Kawthar Abderraman comparten una escena cotidiana en Melilla que se hace viral

Fotografía de la publicación de Alejandra Nogales en la ceremonia de la henna de su amiga Kawthar Abderraman. -Cedida por Nogales-


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“Hay días que parecen escritos por el destino. Ayer fue uno de ellos”. Con estas palabras, Alejandra Nogales relataba en redes sociales una vivencia que, sin planificación ni intención discursiva previa, ha terminado generando una respuesta que trasciende lo personal. Un texto breve, acompañado de una imagen tomada sin preparación, ha servido para condensar una escena que muchos han interpretado como representativa de una forma de convivir que, aunque cotidiana en Melilla, no siempre resulta visible fuera de ese contexto.

El momento al que hace referencia se sitúa en el pasado Viernes Santo, en una noche donde confluyeron, sin superponerse ni anularse, dos tradiciones profundamente arraigadas en la ciudad. Por un lado, la solemnidad del Santo Entierro, en cuya procesión participa Nogales como mayordomo; por otro, la celebración de una henna, ritual previo a una boda musulmana, cargado de simbolismo, comunidad y celebración. No se trató de elegir entre uno u otro espacio, sino de transitar entre ambos desde la naturalidad que proporciona el vínculo personal.

Tras finalizar la procesión, ya en la madrugada, Nogales decidió acudir a la celebración de Kawthar Abderraman. No respondía a un gesto protocolario ni a una presencia de compromiso, sino a una forma concreta de entender la amistad: estar, aunque sea por un instante, en un momento significativo para la otra persona. “Aunque no podía estar desde el principio ni ayudar a preparar nada, quería al menos ir a darle un beso”, explica, situando el origen del gesto en algo tan sencillo como la cercanía afectiva y el acompañamiento.

Sin embargo, en ese tránsito entre espacios, surgió un elemento que introduce una lectura más amplia del contexto actual. Antes de acudir, alguien le planteó la posibilidad de que su presencia —vestida de luto riguroso tras la procesión— pudiera resultar incómoda en una celebración de carácter festivo y culturalmente distinta. Esa advertencia, que hasta ese momento no había formado parte de su percepción, evidencia cómo, en determinadas circunstancias, las diferencias tienden a interpretarse desde la cautela.

La respuesta que recibió al otro lado, no obstante, desactivó cualquier duda. No hubo cuestionamiento ni reserva, sino una acogida directa, sin matices ni condicionantes. Ese contraste entre la advertencia previa y la realidad vivida se convirtió en uno de los elementos más significativos de la experiencia. Al llegar, la escena reforzaba visualmente esa dualidad: una carpa dominada por el blanco, la luz y la estética propia de la celebración, frente al negro de su indumentaria, propio del contexto procesional. Pero esa diferencia formal no se trasladó al plano relacional. “Nos abrazamos, lloramos… fue muy bonito”, resume, condensando en pocas palabras la dimensión sentimental del encuentro.

La fotografía tomada en ese instante —sin encuadre planificado, sin intención estética previa— es la que posteriormente se viralizó. En ella, muchos han identificado un simbolismo que, según la propia Nogales, no fue buscado. Se trata de una fotografía de recuerdo, de amistad, del momento vivido y compartido; Sin embargo, Nogales reconoce que la carga visual y narrativa de la imagen ha permitido lecturas más amplias, vinculadas a la convivencia entre culturas y la naturalidad del momento.

La repercusión fue inmediata y, en gran medida, inesperada. En pocas horas, la publicación comenzó a acumular visualizaciones, mensajes y nuevos seguidores. Nogales, que reconoce un uso muy limitado de las redes sociales, vivió ese proceso con cierta sorpresa. “De repente no paraba el móvil”, explica. Sin embargo, más allá de la dimensión cuantitativa, lo que destaca es el tipo de respuesta recibida: una identificación que no se centra únicamente en la imagen, sino en lo que representa.

Para ella, esa reacción tiene que ver con la autenticidad del momento. “Fue algo que surgió así, sin buscar nada, sin preparar nada”, insiste. En un entorno donde, según percibe, muchas veces lo que se comparte está mediado por la intención o la construcción previa, la espontaneidad adquiere un valor diferencial. No es un eslogan. No es una imagen turística. Esa naturalidad es la que, en su opinión, ha conectado con quienes han visto en la escena algo reconocible o incluso necesario.

Pero la imagen, por sí sola, no explica el fondo de la historia. La relación entre Nogales y Abderraman se construye a lo largo del tiempo, con raíces en la infancia compartida en un entorno donde la "interculturalidad" formaba parte de la vida cotidiana, no como definición sociológica, sino como cotidianeidad e implicación en la vida diaria de los habitantes. Aunque en aquellos años el vínculo entre ellas no era estrecho, existía una cercanía indirecta, marcada por espacios comunes, relaciones familiares, su abuela como trabajadora del Buen Consejo y una convivencia que no requería explicaciones.

El reencuentro se produjo años después, ya en la vida adulta, en un contexto profesional. Abderraman, dedicada a la costura, comenzó a colaborar en los proyectos teatrales de Nogales, participando en la elaboración de vestuario. Ese trabajo conjunto no solo fortaleció la relación, sino que permitió construir una amistad basada en la confianza, la colaboración y el conocimiento mutuo, consolidada en los últimos cinco años.

Esa relación se manifiesta en la participación en momentos significativos que trascienden lo puntual. La asistencia a la henna no fue un hecho aislado, sino parte de una dinámica más amplia en la que el acompañamiento en celebraciones ajenas se convierte en algo natural. Días después, Nogales acudió también a la boda, integrándose en una celebración con sus propios códigos, tiempos y símbolos. “Somos unos afortunados por poder vivir todo esto”, afirma, subrayando que no se trata de algo excepcional, sino de una realidad que forma parte de la identidad cotidiana de la ciudad.

En este punto, la experiencia individual se conecta con una reflexión más amplia sobre el contexto social. Nogales percibe una tendencia creciente hacia la polarización, donde las diferencias se acentúan y se convierten en elementos de separación. “Parece que nos quieren separados”, señala, apuntando a una dinámica en la que las comunidades se perciben como compartimentos estancos.

Frente a esa tendencia, sin embargo, la realidad en Melilla opera de manera distinta. No se trata únicamente de coexistir en un mismo espacio, sino de compartirlo desde dentro, con un conocimiento que va más allá de la superficie. Aquí, las tradiciones no son solo nombres en un calendario ni descripciones externas de rituales ajenos. Son experiencias vividas, acompañadas, comprendidas desde la cercanía que proporciona el trato cotidiano.

Ese acompañamiento no se limita a la presencia física, sino que implica una familiaridad con los símbolos, los tiempos y los significados de cada celebración. Es asistir, entender, participar en la medida de lo posible, desde la implicación directa. Es, en definitiva, una forma de relación en la que la diferencia no marca distancia, sino que amplía el espacio compartido.

La viralidad de la imagen, en este sentido, parece haber puesto en circulación algo que, para Nogales, forma parte de la normalidad. No es una escena construida ni un mensaje elaborado, sino el reflejo de una práctica cotidiana que, vista desde fuera, adquiere un valor simbólico. Una forma de convivencia que no se enuncia, sino que se ejerce, aun con una actualidad que tiende a la compartimentación.

“Melilla tiene eso”, escribía en su publicación. Una capacidad para integrar, para transitar entre tradiciones sin conflicto, para construir vínculos que atraviesan diferencias sin necesidad de subrayarlas constantemente. Una forma de estar; en la que lo importante no es la etiqueta de la celebración, sino la presencia en ella.

“Porque al final, todo habla de lo mismo: de amor, de esperanza, de acompañar en los momentos importantes. Ayer no fui solo a desearle suerte. Fui a recordarle y a recordarme que la amistad también es esto: estar, aunque los mundos sean diferentes, porque el vínculo es más fuerte que cualquier frontera”, concreta en su publicación.

Tags: Alejandra Nogalesinterculturalidad

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