Pasadas las tres de la tarde, la Feria ha dejado atrás las primeras horas de la jornada y el recinto comienza a mostrar una de sus estampas más reconocibles: las casetas llenas, las mesas ocupadas y el bullicio de los comensales extendiéndose entre conversaciones, platos compartidos y música. En muchas de ellas apenas quedan sillas libres. El trasiego de quienes llegan para comer se mezcla con el de quienes ya han terminado y prolongan la sobremesa, mientras los trabajadores se afanan por mantener el ritmo de una celebración que, a estas horas, parece no conceder tregua.
Justo al lado del Espacio Joven, nada más cruzar la Portada del recinto ferial, los colores azul y blanco atraen la mirada. Es la entrada a la caseta de Casa Fede y la Federación Melillense de Baloncesto una gran pancarta desplegada en su frontal recibe a quienes se acercan. Sobre ella puede leerse "Casa Fede", acompañado de la imagen corporativa de la FMB a un lado y, al otro lado, una jarra de cerveza rebosante de espuma que funciona casi como una declaración de intenciones en una semana que no da tregua con el calor. Debajo, en grandes letras mayúsculas, un lema termina de completar la presentación: "Eh más Bueeeeno!!!". Es una invitación desenfadada a entrar, a sentarse y, sobre todo, a dejarse llevar por el ambiente.
Dentro, el espacio se organiza en torno a las mesas, las sillas y los manteles, dispuestos a escasa distancia unos de otros. Entre ellas se abren estrechos pasillos por los que los camareros avanzan con rapidez, esquivando sillas y comensales, entrando y saliendo de la barra y llevando de un extremo a otro de la caseta platos, bebidas y comandas. Todo parece suceder al mismo tiempo. Quienes acaban de llegar buscan su sitio, quienes ya están sentados conversan alrededor de la comida y los trabajadores mantienen un movimiento constante que termina formando parte del propio paisaje de la caseta.
La decoración completa la atmósfera. Mantones, guirnaldas, sombreros y abanicos ocupan diferentes rincones y construyen ese escenario reconocible que acompaña a cualquier Feria. Pero hay un elemento que reclama una atención especial: las camisetas que decoran la zona de la barra. Una multitud de mensajes convive sobre la pared y convierte cada prenda en una pequeña pieza de la identidad de Casa Fede. La sisa comparte espacio con la manga corta y entre ellas aparecen frases como "He vuelto", "Sin nosotros no hay Feria", "Hacemos Feria", "Aquí estoy yo" o "Casa Fede", junto a otras alusiones de tono humorístico a la Federación Melillense de Baloncesto. El resultado es una decoración que no se limita a adornar, sino que parece contar, con ironía y complicidad, parte de la historia de quienes hacen posible la caseta.
Ventiladores y altavoces se reparten también por el interior. El aire circula entre las mesas mientras la música acompaña una jornada que, a estas horas, todavía tiene un marcado carácter gastronómico. Sobre los manteles se suceden los platos: calamares fritos, carne en salsa, ensaladas, pescadito frito, huevos rotos con patatas, pan, bebidas y aliños. Hay variedad, pero un plato destaca especialmente entre todos los demás: la paella, que ocupa un lugar protagonista en numerosas mesas y concentra buena parte de las conversaciones alrededor de los cubiertos.
La comida sirve de punto de encuentro. Las voces se superponen, las risas aparecen entre una mesa y otra y las conversaciones se entremezclan con el sonido de los platos y el movimiento continuo de la barra. El ambiente es cercano, familiar y especialmente agradable. Casa Fede y FMB llevan más de una década conviviendo con la Feria, explica uno de sus gerentes, Santiago Fernández, y esa permanencia se percibe también en la naturalidad con la que la caseta parece formar parte del paisaje festivo. Hace dos o tres años, además, ocupa este emplazamiento, justo a la entrada del recinto, después de cruzar la Portada.
Mientras los comensales disfrutan de la comida, los trabajadores no dejan de moverse. Van y vienen entre la barra y las mesas, sirven nuevas comandas, regresan con platos vacíos, recogen otros todavía llenos y vuelven a comenzar. No hay apenas pausa. Cada movimiento responde al anterior y anticipa el siguiente, como si la caseta funcionara durante estas horas con un mecanismo propio. Los trabajadores se diluyen entre las mesas y, por momentos, resulta difícil distinguir dónde termina una tarea y comienza la siguiente.
La música flamenca y las sevillanas ponen la banda sonora a la sobremesa. Algunas personas acompañan las canciones con gestos, otras conversan sin dejar de seguir el ritmo y, de vez en cuando, aparece algún bailarín dispuesto a lanzarse a la pista improvisada. A las tres de la tarde, las sillas siguen siendo las protagonistas. Los comensales permanecen sentados, inclinados sobre los platos o entregados a la conversación, entre risas, brindis y gestos de complicidad.
Pero la Feria cambia de piel con el paso de las horas. Dos horas después, las sillas parecen haber perdido su razón de ser. Quienes antes ocupaban sus asientos ahora permanecen alzados sobre el suelo. De repente, el espacio adquiere una apariencia diferente, más próxima a la de un pub. La música también cambia. Las sevillanas dejan paso progresivamente a otros estilos más bailables que acompañan las copas de la sobremesa, explica Fernández. El ambiente se vuelve entonces más festivo y desinhibido: las risas aumentan, los grupos se cruzan, los encuentros se multiplican y la caseta comienza a convertirse en una pista de baile improvisada.
Para que todo eso ocurra, sin embargo, hay muchas horas de trabajo detrás. Aunque la caseta abre sus puertas al público a partir de la una y media de la tarde, la jornada de quienes trabajan en ella comienza mucho antes. Cocina, barra y mesas deben estar preparadas antes de que aparezca el primer comensal. Cada detalle tiene que ocupar su lugar, porque una vez que las puertas se abren comienza un ritmo que apenas permite detenerse.
En principio, el cierre de la tarde se sitúa alrededor de las cuatro y media o las cinco. Pero la Feria tiene sus propias reglas y, cuando el ambiente está en su punto, la diversión de los visitantes acaba imponiendo su ley. Si quienes están dentro quieren continuar, la fiesta se alarga. Ellos bailan, ríen y se entregan a la celebración; detrás, los trabajadores siguen recogiendo, sirviendo, limpiando mesas y preparando nuevos servicios ya con la cocina cerrada. De ese modo, también ellos quedan vinculados a la ceremonia cotidiana de la Feria, aunque su papel transcurra al otro lado del disfrute.
Cada jornada cambia el público y cambian las historias. Familias, grupos de amigos, trabajadores, conocidos y vecinos comparten durante unas horas las mismas mesas y el mismo espacio, unidos por la comida y por ese ambiente que convierte la caseta en algo más que un lugar donde sentarse a comer. Existe la posibilidad de realizar una reserva previa, explica Fernández, aunque quien se acerque sin haber reservado también puede quedarse si encuentra una mesa libre. La puerta permanece abierta a esa posibilidad espontánea: llegar, mirar, encontrar un hueco y sumarse a la celebración.
Después llega un breve paréntesis. Apenas unas horas para ducharse, recuperar fuerzas y regresar. Entre las ocho y media y las nueve de la noche, la dinámica vuelve a ponerse en marcha. La cocina recupera su actividad, la barra vuelve a llenarse, las mesas se preparan y la caseta comienza de nuevo su segunda vida del día. La Feria continúa y con ella el ir y venir de comensales, camareros, platos, bebidas y música.
Fernández se muestra satisfecho con la acogida que la caseta está recibiendo por parte de los vecinos y vecinas. "Estamos muy contentos", sostiene mientras continúa atento a las necesidades de quienes este miércoles han convertido el espacio en uno de sus puntos de encuentro dentro del recinto ferial. A su alrededor, la actividad no se detiene. Tampoco el buen ambiente.








