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Camarote compartido

Viajar en camarote compartido da para más de una columna de opinión. Yo he visto de todo porque la mala educación no lleva el sello de ninguna cultura: es universal

por Tania Costa
14/04/2019 07:58 CEST
Camarote compartido

CUANDO viajo sola a la península suelo pedirme camarote compartido en el barco. En cada viaje me prometo que es la última vez porque con esta decisión dejo en manos del azar el inicio de mis vacaciones o escapadas. Normalmente los camarotes compartidos son ocupados por personas que viajan solas y que tienen un sueño profundo. De lo contrario, sería imposible convivir con desconocidos durante ocho horas en un compartimento completamente cerrado. En el último viaje que hice me tocó con una chica bereber más o menos de mi edad, y dos jovencitas de entre 20 y 25 años, de apariencia europea y pintas de niñas bien de Melilla, pero a las que los buenos modales se les olvidaron en el control del puerto. Una de ellas quería cargar su móvil, pero la chica bereber había invadido dos enchufes. En lugar de preguntar si podía dejarle espacio para cargar su teléfono, soltó a bocajarro: “Quita un cargador que tengo que cargar mi móvil”. Sólo le faltó añadir: “Quítalo o te pateo”. En su arrebato de mala educación no se percató de que en los camarotes hay además puertos USB que funcionan como cargadores. Iba tan a la defensiva que terminó comportándose como una auténtica orillera. La otra chica-bien entró al camarote, vio el panorama, dejó su equipaje y se marchó. Regresó a las dos de la madrugada, encendió todas las luces y montó la de Dios para subirse a la parte de arriba de una litera. Nos despertó a todas, pero no fue capaz de disculparse. Ahí no acabaron las sorpresas: a las seis de la mañana, la hija de la chica bereber aporreó la puerta con urgencia: necesitaba una compresa. Recuerdo que la primera vez que viajé en camarote compartido, llegué la última y me tocó en la parte de arriba de una litera. Yo no sabía que detrás de la puerta del camarote hay una escalera, así que intenté subirme a las bravas. Se levantó una chica gigante que ya estaba arropada, me cogió en brazos y me esclafó contra el techo. Cuando aquello yo pesaba 50 kilos, así que cogí una velocidad de vértigo. Lo peor fue a la hora de bajarme. Ya se habían marchado todas del camarote: me lancé al vacío y casi me parto la vida en dos. Si no hubiera viajado tantas veces en camarote compartido no sabría que siempre se puede estar peor. En el pasado Ramadán me tocó viajar una noche con una señora muy mayor, que sobre las tres de la madrugada encendió la luz y se puso a comer. Yo no suelo quejarme porque entiendo que la tranquilidad y la comodidad hay que pagarlas. Pero una de las chicas que iba en el camarote le montó un pifostio a la señora. La pobre apagó la luz y siguió comiendo a oscuras. Creo que comía carne en salsa y olía bastante fuerte. Era difícil dormir. Por un lado, el olor y el ruido que hacía la señora con la boca. Por otro, la chica indignada, mascullando improperios y animando a la mujer a salirse al comedor a terminar su banquete. Pero aún se puede estar peor. En otra ocasión, llegué al camarote y para mi sorpresa, sólo entró una segunda ocupante. Las otras dos camas se quedaron vacías. Di gracias al Señor por su amabilidad infinita, pero pocos segundos después me defequé en toda mi generación. La joven con la que compartía camarote tuvo la bondad de decirme que era soldado antes de meterse en el baño. Estuvo encerrada un tiempo indefinido, tirando de la cadena continuamente. Nunca antes había visto a alguien con tanta abundancia interior. Cuando salió apestaba ella, el aseo, la habitación... Todo olía a ciénaga. La infeliz no tuvo coraje de intercambiar una mirada conmigo ni atinó a disculparse. Cogió el barco a sabiendas de que tenía descomposición de estómago. Qué coraje, pensé. La joven se levantó a las seis de la mañana y se marchó del camarote. Respiré tranquila. Ingenua de mí. Poco después regresó y se encerró nuevamente en el aseo. Me tiré corriendo de la cama, me vestí y huí. No quería comerme por segunda vez su fetidez. Supongo que se tomó una café y el estómago se le asustó. Ese viaje fue, en mi opinión, el peor de todos, aunque tengo otras experiencias horribles en los camarotes 102 y 52 de Trasmediterránea porque huelen a pescado. Al parecer les entran todos los humos de la cocina y yo tengo un olfato que si me ponen en el control del puerto decomiso droga sin necesidad de pasar las maletas por el escáner. Cuando me pasan estas cosas, me invade una tristeza muy grande porque lamento tener que subir al barco para salir de vacaciones. Nunca pensé que, pasado el tiempo, mis sinsabores sirvieran para dar un respiro a esta Jabalina.


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CUANDO viajo sola a la península suelo pedirme camarote compartido en el barco. En cada viaje me prometo que es la última vez porque con esta decisión dejo en manos del azar el inicio de mis vacaciones o escapadas.

Normalmente los camarotes compartidos son ocupados por personas que viajan solas y que tienen un sueño profundo. De lo contrario, sería imposible convivir con desconocidos durante ocho horas en un compartimento completamente cerrado.

En el último viaje que hice me tocó con una chica bereber más o menos de mi edad, y dos jovencitas de entre 20 y 25 años, de apariencia europea y pintas de niñas bien de Melilla, pero a las que los buenos modales se les olvidaron en el control del puerto.

Una de ellas quería cargar su móvil, pero la chica bereber había invadido dos enchufes. En lugar de preguntar si podía dejarle espacio para cargar su teléfono, soltó a bocajarro: “Quita un cargador que tengo que cargar mi móvil”. Sólo le faltó añadir: “Quítalo o te pateo”.

En su arrebato de mala educación no se percató de que en los camarotes hay además puertos USB que funcionan como cargadores. Iba tan a la defensiva que terminó comportándose como una auténtica orillera.

La otra chica-bien entró al camarote, vio el panorama, dejó su equipaje y se marchó. Regresó a las dos de la madrugada, encendió todas las luces y montó la de Dios para subirse a la parte de arriba de una litera. Nos despertó a todas, pero no fue capaz de disculparse.

Ahí no acabaron las sorpresas: a las seis de la mañana, la hija de la chica bereber aporreó la puerta con urgencia: necesitaba una compresa.

Recuerdo que la primera vez que viajé en camarote compartido, llegué la última y me tocó en la parte de arriba de una litera. Yo no sabía que detrás de la puerta del camarote hay una escalera, así que intenté subirme a las bravas. Se levantó una chica gigante que ya estaba arropada, me cogió en brazos y me esclafó contra el techo. Cuando aquello yo pesaba 50 kilos, así que cogí una velocidad de vértigo. Lo peor fue a la hora de bajarme. Ya se habían marchado todas del camarote: me lancé al vacío y casi me parto la vida en dos.

Si no hubiera viajado tantas veces en camarote compartido no sabría que siempre se puede estar peor. En el pasado Ramadán me tocó viajar una noche con una señora muy mayor, que sobre las tres de la madrugada encendió la luz y se puso a comer.

Yo no suelo quejarme porque entiendo que la tranquilidad y la comodidad hay que pagarlas. Pero una de las chicas que iba en el camarote le montó un pifostio a la señora. La pobre apagó la luz y siguió comiendo a oscuras. Creo que comía carne en salsa y olía bastante fuerte. Era difícil dormir. Por un lado, el olor y el ruido que hacía la señora con la boca. Por otro, la chica indignada, mascullando improperios y animando a la mujer a salirse al comedor a terminar su banquete.

Pero aún se puede estar peor. En otra ocasión, llegué al camarote y para mi sorpresa, sólo entró una segunda ocupante. Las otras dos camas se quedaron vacías.

Di gracias al Señor por su amabilidad infinita, pero pocos segundos después me defequé en toda mi generación.

La joven con la que compartía camarote tuvo la bondad de decirme que era soldado antes de meterse en el baño. Estuvo encerrada un tiempo indefinido, tirando de la cadena continuamente. Nunca antes había visto a alguien con tanta abundancia interior.

Cuando salió apestaba ella, el aseo, la habitación... Todo olía a ciénaga. La infeliz no tuvo coraje de intercambiar una mirada conmigo ni atinó a disculparse. Cogió el barco a sabiendas de que tenía descomposición de estómago. Qué coraje, pensé.

La joven se levantó a las seis de la mañana y se marchó del camarote. Respiré tranquila. Ingenua de mí. Poco después regresó y se encerró nuevamente en el aseo.

Me tiré corriendo de la cama, me vestí y huí. No quería comerme por segunda vez su fetidez. Supongo que se tomó una café y el estómago se le asustó. Ese viaje fue, en mi opinión, el peor de todos, aunque tengo otras experiencias horribles en los camarotes 102 y 52 de Trasmediterránea porque huelen a pescado. Al parecer les entran todos los humos de la cocina y yo tengo un olfato que si me ponen en el control del puerto decomiso droga sin necesidad de pasar las maletas por el escáner.

Cuando me pasan estas cosas, me invade una tristeza muy grande porque lamento tener que subir al barco para salir de vacaciones. Nunca pensé que, pasado el tiempo, mis sinsabores sirvieran para dar un respiro a esta Jabalina.

Tags: La Jabalina

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