Categorías: Opinión

Bibliotecas

Las bibliotecas salvaguardan el mundo, la vida, y se ofrecen a mano, de manera sencilla y sin perder algo que cada día se vuelve más impersonal y lejano, el tacto. No son meras salas de estudio, a menudo en precario y a duras penas, para preparar exámenes, sino instituciones eclécticas, su razón de ser. Ese contacto físico que un día alumbró el “leer”: el conocimiento y la relación íntima con la lectura mediante la introspección del diálogo con historias, vivencias y circunstancias desembocando en el saber y la opinión. Los libros y su “papel” convierten a lo humano en un afluente de emociones, controversias, acepciones y negaciones que lo distinguen en su inteligencia.

Cultura sin libros y sin su techo y aposento vivos, de continua interactuación con las personas, es casi solo espectáculo. Hay una clara diferencia entre cultura y espectáculo y con demasiada frecuencia, se confunde o se intenta confundir. Una cosa es la Cultura, con mayúsculas, aquella que, con la imprescindible vanguardia de los libros, comparte los valores y tradiciones comunes, señas de identidad a proteger. También, la que se hace compartir hacia diferentes como nexo de unión de la inexcusable diversidad y su respeto, aunque ambos valores sean de continuo y con excesiva frecuencia puestos en cuestión y, por ello, en peligro.

Otra es el espectáculo, la cultura del entretenimiento que aunque puede ser vehículo hacia el conocimiento de otras formas de ver y entender las cosas, de otras singularidades que conviene y entretiene comprender, se enmarca si acaso en el mundo del festejo, goloso por otra parte de la apetencia y apariencia política. Hay lugares en los que el concepto real de biblioteca dispone de pocos recursos para el acervo y la salud cultural en perjuicio del compendio callado pero sumamente vivo de un catálogo, siempre en crecimiento; de la ingente y silenciosa presencia de obra impresa siempre en espera de relación con el lector.

Hay administraciones públicas -públicas porque en ellas radica la mayor responsabilidad por su gestión hacia la generalidad- de clara indiferencia, falta de adecuación, cuando no desprecio y abandono de archivos y dependencias bibliotecarias para el uso ciudadano. Quizás, la razón esté en que la información veraz, la diversidad cultural (la esencial, no solo la del festejo, la apariencia y la grandilocuencia) o la libertad de expresión soportan mejor la embestida de actitudes intolerantes, fanáticas, radicales o absolutistas que vuelven a tener un nuevo “amanecer” en tiempos presentes y cuyo “progreso” parece poder aventurarse. Puede que, además, se considere a estas estructuras de servicio público como poco generadoras del voto ansiado. O puede que todo a la vez.

Fomentar la lectura, el estudio, la escritura que incite a la simple conversación y debate, sobre todo en edades tempranas, no entra en colisión ni con el ocio necesario ni con el galope de las nuevas tecnologías, nunca. Las bibliotecas o archivos públicos, como “escuelas de la mirada” en un espacio común para ver lo diferente, no pueden quedar como simples expositores y almacenes a los que, de vez en cuando, reparar paredes o elementos básicos.

Tomás y Valiente dijo que “las instituciones no son sólo lo que ellas hacen, sino también y sobre todo lo que con ellas se hace”. Por ello, la responsabilidad de lo público en el frente de una Cultura es que sea verdaderamente formativa para y hacia quienes depende. Hay tendencia frecuente a hacer balance en el ámbito cultural en base al nivel de espectáculo que se ofrece y su consumo. Esto debe conciliarse, pero no distanciarse, con la función inclusiva y esencial de los libros y sus estructuras de amparo y difusión.

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