Melilla volvió a mover las manecillas. La madrugada de este domingo 27 de octubre, los relojes se retrasaron una hora y la ciudad despertó con la sensación de haber ganado sesenta minutos más de sueño... o de haber perdido algo más difícil de medir: el equilibrio del cuerpo ante un nuevo horario artificial.
Cada año, el cambio de hora marca un pequeño terremoto temporal que divide opiniones. Mientras algunos lo ven como una simple formalidad europea, otros sienten que altera su descanso, su ánimo y hasta la rutina cotidiana.
En Melilla, donde la frontera, el mar y la luz definen el pulso diario, el debate se vive con matices propios.
El cambio horario, instaurado hace décadas con el argumento de ahorrar energía y aprovechar mejor la luz solar, se aplica en toda España siguiendo las directrices europeas. Pero su continuidad está cada vez más cuestionada. Diversos estudios científicos han demostrado que el ahorro energético es mínimo, mientras que los efectos sobre la salud - como alteraciones del sueño o del estado de ánimo- son reales, aunque temporales.
La Unión Europea lleva años debatiendo su eliminación, y el Gobierno central ha mostrado su disposición a acabar con esta práctica antes de 2026. Sin embargo, la gran pregunta sigue abierta: si se suprime el cambio de hora, ¿con qué horario se quedará el país? ¿El de invierno o el de verano?
En una ciudad como Melilla, donde la jornada laboral y la vida social ya están condicionadas por la diferencia solar respecto a la península, le decisión no es menor. Aquí, el sol asoma antes y se oculta más pronto, lo que hace que los cambios de hora se perciban de manera distinta a como se viven en Madrid o en Galicia.
En las calles melillenses, las opiniones sobre el cambio de hora son tan variadas como los acentos que conviven en la ciudad. "Yo casi ni lo noto", comenta un melillense que cada mañana sale a caminar por el paseo marítimo. "Me levanto a la misma hora de siempre y, si amanece antes o después no me preocupa. Lo que no cambia es mi rutina".
En cambio, una joven madre confiesa que el cambio le trastoca toda la semana: "Los niños se despiertan descolocados, no quieren dormir y por la mañana cuesta el doble levantarlos. Hasta que se adaptan, pasamos unos días bastante agitados".
Otros, prefieren ver el lado positivo. Otro melillense explica que la madrugada del cambio "fue una hora extra de fiesta. Aunque, claro, al día siguiente me levanté igual de tarde".
Entre los mayores, el impacto se nota especialmente en el ánimo. "A mí lo que me molesta es que anochezca tan pronto", dice una melillense. "A las seis ya parece medianoche. Me entra sueño antes, me corta las ganas de salir y hasta me cambia el humor".
Ese adelanto de la oscuridad es, quizás el efecto más visible. En una ciudad acostumbrada a tardes luminosas y terrazas al aire libre, perder la luz vespertina se traduce en calles más vacías y una sensación de jornada más corta.
Los expertos insisten en que el cuerpo humano no se adapta al instante. Nuestro "reloj interno" funciona con ciclos naturales marcados por la luz solar, y cuando el horario civil se altera, se produce una pequeña desincronización.
Durante unos días, muchas personas experimentan fatiga, dificultad para concentrarse, irritabilidad o sueño fragmentado. No son síntomas graves, pero sí señales de que el cuerpo necesita reajustarse.
En Melilla, el debate sobre el cambio de hora se mezcla con la particularidad geográfica de la ciudad. A pocos kilómetros de África y sincronizada con el horario peninsular, la población vive una doble referencia temporal. Muchos melillenses tienen vínculos con Marruecos, donde el horario no siempre coincide con el español, y eso multiplica las confusiones.
"Cuando hablo con mi familia en Marruecos, tengo que estar pendiente del cambio de hora. A veces no sé si voy una hora por delante o por detrás", comenta otro melillense. "Parece una tontería, pero complica las llamadas y los viajes".
Además, la adaptación de los comercios y el transporte local al nuevo horario no siempre es inmediata.
Algunos establecimientos mantienen durante unos días los mismos horarios "de verano" hasta pasados unos días.
La posibilidad de acabar con el cambio de hora divide a los melillenses. Los más jóvenes suelen estar a favor: "No tiene sentido seguir con esto, vivimos en un mundo digital donde la eficiencia no depende de la luz solar", opina un estudiante universitario.
Sin embargo, otros prefieren mantener la costumbre. "Es algo que forma parte de nuestra vida, como las estaciones o las fiestas. Cambiar la hora dos veces al año no me parece tan grave", comentan.
Si finalmente se elimina, España deberá elegir entre el horario de verano (más luz por la tarde) o el de invierno (más luz por la mañana). En Melilla, muchos apostarían por el primero.
"Aquí el sol se pone pronto y nos gustaría disfrutar de la tarde. Si quitamos el cambio, que al menos no anochezca tan temprano para que los niños puedan disfrutar más", comenta la madre mencionada anteriormente.
Mientras la política europea debate, Melilla continúa adaptándose, año tras año a este vaivén temporal. Los relojes se atrasan, las luces de la ciudad se encienden antes y la vida, poco a poco encuentra su nuevo ritmo.
Quizá, dentro de poco, este ritual desaparezca. Pero, por ahora, el cambio de hora sigue marcando una cita inevitable con el tiempo. Una cita que, en Melilla, se vive con resignación, humor y una cierta nostalgia por esas tardes que, de repente, se hacen más cortas.
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