Concluyendo, la feria de Melilla es, ante todo, un espectáculo visual. Los colores explotan por todas partes: el rojo intenso de los mantones, el verde esmeralda de los vestidos, el dorado de los pendientes que brillan bajo las luces nocturnas, y Sonia se suma a esta sinfonía cromática con sus bombillas intermitentes que parpadean en azules eléctricos, rosas fosforitos y amarillos chillones. Es un carnaval de luz y color que alimenta los ojos y despierta sonrisas.
Es imposible no verla. Camina por todo el recinto ferial cargada de artículos luminosos que brillan tanto como su sonrisa tímida. Esta mujer china, que lleva apenas un año viniendo a Melilla exclusivamente por la Patrona, ha encontrado su particular forma de ganarse la vida y, de paso, de alegrar las noches a los niños melillenses.
"¿Cómo te llamas?", le preguntamos mientras organiza su colorido arsenal de bombillas intermitentes. "Yo, Sonia", responde con sinceridad; un nombre, asegura, le resulta más fácil para los clientes españoles.
Es toda una profesional del nomadismo ferial. Solo viene a Melilla para la feria, ni un día más ni uno menos. Su español es básico pero efectivo: "un poquito", dice con modestia, aunque se las ingenia perfectamente para vender sus productos luminosos. Su fuerte, los niños.
Y la clave de su éxito, los colores.
Sonia ha descubierto que no hay nada como una bombilla intermitente multicolor para conquistar a un niño en feria. Su puesto ambulante es como una discoteca en miniatura, llena de luces que parpadean, giran y cambian de color, creando un espectáculo hipnótico para los más pequeños.
La encuentras a cualquier hora del día recorriendo el real, siempre en movimiento, siempre con su carga de felicidad lumínica a cuestas. Es incansable: mientras otros vendedores descansan, ella sigue pateándose cada rincón de la feria, consciente de que su público objetivo no entiende de horarios.
A pesar de la barrera del idioma ha encontrado en Melilla un lugar especial. "¿Cómo te va Melilla? ¿Te gusta?", le preguntamos. "Está buena", responde con convencimiento. "Muy tranquila. Muy buena gente".
Y es que al final, más allá de los nombres y los idiomas, Sonia representa algo muy melillense: la capacidad de hacer de la diferencia una virtud, de convertir las distancias en cercanías y de encontrar en una sonrisa y unas luces de colores el idioma universal de la alegría.
Porque cuando un niño se queda hipnotizado ante esas bombillas que cambian de color como por arte de magia, poco importa si quien las vende se llama Rosa, Sonia o Esperanza. Lo que importa es que ella está ahí, recorriendo la feria kilómetro a kilómetro, repartiendo luz a los que más la necesitan








