Antonio Reyes lleva el duende más íntimo y arraigado al Fuerte de Victoria Grande

El cantaor gaditano actuará este viernes junto a su hijo a la guitarra en un recital exclusivo para 60 personas cuyas invitaciones se agotaron el mismo día

Tras una semana marcada por la intensidad flamenca y una programación que ha transitado por distintos lenguajes y sensibilidades del género, el ciclo encara ahora uno de sus momentos más íntimos y singulares. El cantaor Antonio Reyes aterriza este viernes 29 de mayo en el Fuerte de Victoria Grande para ofrecer un recital reducido, cercano y profundamente tradicional, concebido para apenas 60 personas mediante invitación. Una propuesta prácticamente a puerta cerrada que transforma el entorno patrimonial del fuerte en un espacio de recogimiento donde el flamenco volverá a apoyarse en lo esencial: la voz, la guitarra y la emoción compartida a escasos metros del público.

No se trata de una actuación cualquiera dentro de la programación. Antonio Reyes llega a Melilla convertido en una de las figuras más reconocidas del flamenco contemporáneo, avalado por dos nominaciones al Grammy Latino y por una trayectoria marcada por el respeto a la raíz del cante. Sin embargo, lejos de apostar por un formato grandilocuente, el artista gaditano ha decidido presentar en la ciudad una propuesta despojada de artificios, sostenida únicamente por la desnudez del directo y por una concepción profundamente emocional del flamenco.

Durante la conversación mantenida con este medio, Reyes deja entrever una relación con el cante que trasciende lo estrictamente profesional. Habla del flamenco no como una disciplina aprendida, sino como una condición inseparable de su propia identidad. “Yo creo que nací para el cante, porque el cante no se aprende, el cante se nace”, afirma con naturalidad. Criado en el seno de una familia flamenca, recuerda cómo fue su padre quien le inculcó desde muy pequeño ese vínculo casi inevitable. “Yo no sabría vivir sin el cante, sin el flamenco. Es mi modo de vida”, explica.

Aun así, Reyes huye constantemente de cualquier visión romántica que reduzca el flamenco únicamente al talento innato. En varios momentos de la entrevista insiste en la necesidad de la disciplina, del estudio y de la búsqueda constante dentro del cante. Para él, el flamenco exige una evolución permanente, incluso después de toda una vida sobre los escenarios. “Nunca se acaba de aprender el cante”, sostiene. “Si tú lo llevas adentro y después no te preocupas de estudiar y aprender, te quedas ahí”. Una idea que conecta directamente con la concepción que mantiene sobre el oficio, entendido como un aprendizaje continuo donde la experiencia y la madurez emocional modifican la manera de interpretar y donde la personalidad la marca el "metal de la voz", única e inconfundible que define a un cantaor.

Precisamente esa dimensión emocional atraviesa buena parte de su manera de interpretar y vivir el cante flamenco. Antonio Reyes habla del escenario como un espacio ligado al estado anímico del artista, hasta el punto de condicionar completamente la forma de cantar. “El flamenco es un estado de ánimo”, resume en uno de los momentos más reveladores de la conversación. Explica que cada interpretación nace de un lugar distinto dependiendo del momento vital que atraviese. “Si estoy bien de ánimo, canto de una manera. Si estoy mal, canto de otra”, comenta.

Lejos de entender el cante como una ejecución técnica inalterable, Reyes lo concibe como algo orgánico y expresivo que se adapta al intérprete. De hecho, relaciona directamente determinados palos flamencos con emociones concretas. La seguiriya, explica, le permite explorar una dimensión más profunda y dolorosa del sentimiento, mientras que las alegrías o los tangos aparecen vinculados a estados más luminosos y expansivos. El cante, en su visión, funciona casi como un reflejo emocional inmediato, capaz de transformar el estado interior del artista en una experiencia compartida con quienes tiene cerca.

En esa misma línea, el cantaor reconoce que sobre el escenario se produce una especie de desconexión difícil de racionalizar. Habla de momentos donde todo lo externo desaparece y únicamente permanece la interpretación. “En el escenario se me olvida todo. Se me olvidan las penas, las alegrías, todo”, asegura. Una sensación que relaciona con esa dimensión casi inexplicable del flamenco, donde aparecen el duende, la improvisación y esos instantes irrepetibles que surgen únicamente cuando confluyen la emoción sentida del momento vivido; que se amplifica con la experiencia y con la respuesta del público.

Porque para Antonio Reyes, el público ocupa un papel absolutamente determinante dentro del desarrollo de un recital. El cantaor reconoce que la energía de quienes escuchan termina modificando el propio comportamiento del artista sobre el escenario. “Cuando notas que lo que haces le está gustando al público, el artista se viene arriba y salen esas cosas que no suelen salir cuando el público está más frío”, explica. Y precisamente por eso el formato reducido del concierto en el Fuerte Victoria Grande adquiere todavía más sentido: la cercanía permitirá que esa conexión emocional fluya de una forma mucho más precisa y natural.

Aunque Antonio Reyes es intérprete con claras fuentes de inspiración y respeto hacia las grandes figuras históricas del flamenco. Nombres como Manolo Caracol, Camarón de la Isla, Antonio Mairena o Terremoto aparecen de manera recurrente en su espacio creativo como referentes esenciales de su aprendizaje. “Ahí es donde está la fuente de mi inspiración”, señala. Sin embargo, también defiende una visión abierta del flamenco y no rechaza las fusiones con otros géneros siempre que exista autenticidad y conocimiento profundo de la raíz flamenca. De hecho, se encuentra inmerso en un proyecto artístico en gira con el pianista Chano Domínguez en un espectáculo donde el flamenco convive con el jazz. “Todo lo que sea engrandecer el flamenco creo que es importante”, afirma, mientras reflexiona sobre el enriquecimiento de conectar con distintos géneros musicales y culturas.

Para su paso por Melilla, no obstante, Reyes ha querido apostar precisamente por la esencia más desnuda y tradicional del género. El recital estará construido a partir de “los cantes básicos” y de una forma de interpretar “lo más por derecho posible”, según sus propias palabras. Soleá, seguiriyas, tangos, fandangos o bulerías conformarán un repertorio que también quedará abierto al momento y a lo que vaya surgiendo durante la actuación.

La actuación tendrá además un marcado componente íntimo y familiar. Antonio Reyes estará acompañado únicamente por su hijo a la guitarra, en un formato de voz y guitarra que potencia la cercanía emocional del recital. “Es un orgullo”, reconoce al hablar de compartir escenario con él.

El artista se muestra especialmente ilusionado tanto con su regreso a Melilla. En esta ocasión, el Fuerte de Victoria Grande, con su carácter patrimonial y su atmósfera recogida, servirá de marco para una noche donde el flamenco buscará desplegarse desde la intimidad y la cercanía. “En Melilla siempre me han tratado muy bien y tengo muchas ganas de ir”, afirma el cantaor.

La expectación generada alrededor de la actuación quedó reflejada desde el primer momento. Las invitaciones para asistir al recital se agotaron el mismo día en que fueron puestas a disposición del público en la taquilla del Teatro Kursaal, confirmando el enorme interés despertado por una de las propuestas más especiales de esta segunda semana de programación flamenca.

El ciclo continuará el sábado 30 de mayo con otra de las grandes citas previstas: la actuación de Farruquito en el Teatro Kursaal a partir de las 20:30 horas. Las entradas mantienen el teatro prácticamente lleno, quedando únicamente algunas localidades disponibles en la zona de anfiteatro.

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