Categorías: Opinión

Ante la frenética agitación del mundo

El donarse a los demás es lo que alienta y nos alegra el corazón, no el poseer de las cosas, ni tampoco el dominar, que es lo que nos confunde y nos infunde el veneno del egocentrismo material

La clemente voz suele pasar desapercibida, porque las fuerzas que actúan no son las económicas y políticas, sino las morales y espirituales. Está visto que nos hemos confundido de ruta. El desamparo suele dejarnos sin palabras, es lo que presenciamos por todos los rincones de la humanidad; mientras la crisis humanitaria, las enfermedades acrecentadas por desigualdades tremendas y por doctrinas que esclavizan, se dan la mano cebándose con la población más débil. Sólo hay que adentrarse en este ambiente cruel, para observar que la decencia ha dejado de cohabitarnos, lo que debe motivarnos a hacer un alto en el camino, porque es hora de dialogar sinceramente, al menos para distender las diversas situaciones planetarias.

Desvanecer el aluvión de tormentos, con sus sombrías tempestades, es una necesidad; al menos, para rehacer los caminos armónicos, ricos de significado hasta en los momentos más dolorosos. El egoísmo provoca en la historia de las personas, de las familias, de las naciones y del mundo; un vacío que nos intoxica, impidiéndonos respirar aire limpio y lozano brío existencial. El donarse a los demás es lo que alienta y nos alegra el corazón, no el poseer de las cosas, ni tampoco el dominar, que es lo que nos confunde y nos infunde el veneno del egocentrismo material. Precisamente, son estas contradicciones dominantes y dominadoras, las que nos están destruyendo nuestro espíritu humanitario, nuestra razón de ser y de coexistir.

Es la hora de un nuevo espíritu creativo, de una naciente imaginación para fomentar la cultura del espíritu generoso; pues, la realidad es que millones y millones de personas se hallan al margen del progreso, malviviendo y sin vivir, pues sus condiciones de vida están muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana. La tarea no es fácil en un orbe tan convulso, donde todos tenemos una misión que cumplir, comenzando por la comunidad internacional que han de ser garantes de paz y finalizando por uno mismo, que ha de mostrar cercanía en todo momento hacia su semejante, para que el gesto de ayuda sea sentido no como una limosna humillante, sino como un compartir fraterno. Hermanarse es otra de nuestras asignaturas pendientes, ya que nos falta corazón para ofrecer.

Latido a latido es como se avanza en humanidad, no lo olvidemos nunca. Claro está, cada pulso debe conjugar con sus pausas, para no caer en una supervivencia alocada, que olvida su tiempo para los interrogantes fundamentales sobre la aptitud, el decoro y su destino. Ojalá aprendiéramos a reprendernos, a respetarnos entre sí. Todos tenemos que tener un espacio, también nuestros mayores. El anciano capta muy bien la superioridad del ser respecto al obrar y al tener. Las sociedades humanas, desde luego, serían mejores si supieran aprovechar los carismas de la vejez. Que se abran las puertas de la comprensión, hará que se aminore la confrontación de distintas posiciones o el conflicto de opuestos intereses, sin obviar la consideración y el respeto a los derechos fundamentales.

En cualquier caso, nuestro encuentro entre lector y autor, tampoco puede terminar sin un franco vocablo de optimismo. La acción benéfica puede sorprendernos en cualquier esquina, sugerida por la consideración de las capacidades y por la fundamental bondad del género humano, mediante la cooperación, su sueño de pasar de los compromisos a las acciones audaces. Por ejemplo, el último llamamiento tuvo lugar en el marco de una conferencia mundial celebrada en Cartagena, Colombia, donde más de cincuenta países han asumido diferentes compromisos para reducir la contaminación, que hoy es responsable de millones de muertes prematuras y el segundo factor de riesgo de enfermedad, después de la hipertensión. La serenidad, pues, nos llama en medio de las adversidades: ¡esto es amor!

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