Andrea Motis e Ignasi Terraza despliegan su complicidad en un concierto de jazz íntimo

El Salón de Actos de la UNED acogió este miércoles una noche mágica con motivo de las XXX Jornadas de Jazz

El Salón de Actos de la UNED volvió a convertirse en un refugio sonoro y emocional durante la noche del miércoles, con la actuación de la trompetista y vocalista Andrea Motis y el pianista Ignasi Terraza. Un concierto marcó las XXX Jornadas de Jazz de la UNED Melilla, en una edición muy especial que coincide, además, con el año de nacimiento de la propia Motis: 1995, y que sigue a la prolongación de la programación del consolidado evento, que comenzase con Chucho Valdés el pasado diciembre.

Desde minutos antes del inicio, la sala comenzó a llenarse hasta completar aforo. Algunos permanecieron de pie, y varios jóvenes optaron por sentarse en los pasillos para no perder la oportunidad de vivir esta cita. La velada se inició con las palabras de bienvenida del director de la UNED, Juan Luis Ramos, quien agradeció a los coordinadores y las instituciones su labor, así como recordó la coincidencia simbólica entre la trigésima edición del ciclo y el nacimiento de Motis. Ramos repasó brevemente la trayectoria de ambos músicos, que llevan más de una década compartiendo escenarios desde que comenzaron a colaborar junto a Joan Chamorro, cuando ella era aún una joven promesa y él ya un pianista consolidado.

A lo largo de estos años, su conexión ha crecido y madurado, hasta construir una relación musical basada en la compenetración, el trabajo compartido y la intuición que la música y los años permiten desarrollar en una lectura compartida del espacio sonoro y la interpretación musical. “Cuando uno trabaja tanto tiempo con otra persona, se leen rápidamente”, sostuvo Motis desde el escenario, aludiendo a esa comunicación fluida que no necesita de palabras, ni de miradas.

El concierto comenzó con Ignasi solo al piano, y pronto se sumó la voz cálida de Motis. Poco después, descolgó la trompeta que llevaba sobre su antebrazo izquierdo para tejer con ella un diálogo melódico con el teclado. El repertorio se construyó entre estándares clásicos del jazz y composiciones originales, como “Emotional Days”, obra del propio Terraza.

En el escenario no había partitura, solo música viva y sentida. Ignasi tocaba con la entrega total de quien ha hecho del piano una extensión del cuerpo. Sus dedos se movían con precisión, marcando el sentido armónico de las melodías. No había gesto exagerado. Sus manos parecían caer sobre las teclas desde el antebrazo, con un movimiento contenido pero intenso, como si fueran una prolongación de los mismos, dando espacio al movimiento inquebrantable e incesante de sus falanges que se movían sin cesar por el teclado, sin dejar espacio a divisar cuál era el dedo que apretaba la tecla y cuál permanecía en alto.

Mientras tocaba, su boca se movía en silencio, como si cantara para sí mismo cada nota, como si hablase sin verbalizar en alto para que otros no escuchen. Su pierna izquierda marcaba el pulso, permeando el ritmo con un movimiento intenso que lo conectaba aún más al tempo de cada pieza.

Andrea, a su lado, le daba espacio para los solos. Se mantenía atenta, inmersa en la interpretación con gestos de admiración. Cada vez que su compañero tomaba un solo, ella se detenía en la escucha, acompañaba con pequeños movimientos del pie, con las manos, con una leve inclinación del cuerpo. Su gestualidad no era forzada, sino orgánica durante todo el repertorio. Se notaba en la forma en que se dejaba llevar por la música que nacía de los instrumentos y de su voz. Sus ojos se cerraban por momentos, en la expresividad de su rostro, en esa forma de acompañar las melodías con los brazos, las manos que describían y narraban la historia que salía por su boca, el gesto de sus pómulos y la tensión de los labios al soplar la trompeta, y la mirada desprendida con sutileza hacia el público y hacia su compañero.

Motis contaba con la voz, con la trompeta y con todo su cuerpo. Cada interpretación era un acto de entrega y sentimiento, expresión de la conexión con la música. Con giros definidos y dulzura melódica, marcaba la intensidad emocional del concierto a través de sus cuerdas vocales.

Y mientras ella exploraba los registros emocionales de cada canción, Ignasi respondía desde el piano. Al acabar cada canción, se giraba levemente sobre la banqueta,  sonreía, y escuchaba cómo Andrea cerraba cada pieza con las mismas palabras: “Ignasi Terraza”. Era su forma de rendirle reconocimiento, de devolverle el aplauso del público, de destacar su trayectoria sin necesidad de discursos.

Entre ambos se establecía un equilibrio perfecto, una conversación de ida y vuelta en la que solo bastaba la escucha, la intuición, el ritmo compartido. Así construyen el juego musical que Motis describió como “jugar juntos y pasarlo bien”. Y eso es justamente lo que se percibió: una complicidad honesta y libre, donde cada uno sabe cuándo avanzar y cuándo ceder.

El repertorio incluyó también versiones que rozaban la melancolía y la intimidad, como la bossa nova del compositor brasileño Antonio Carlos Jobim, que introdujo un matiz de dulzura rítmica en la velada. Porque el jazz, como ellos demostraron, no es solo intensidad y velocidad. Es también pausa, emoción, suspiro y dejar espacio a la expresividad a través de los instrumentos y la voz.

El público respondió con agradecimiento, respeto y calidez. Aplausos largos y sentidos tras cada interpretación, ovaciones que no buscaban romper el clima, sino acompañarlo desde la intimidad del concierto. Y en cada cierre, Motis repetía el gesto: nombrarlo a él. Nombrar al pianista que la acompañaba desde ese lugar invisible, exacto y profundo que solo se consigue cuando hay años de camino compartido.

Andrea Motis volvía a Melilla por tercera vez, aunque hacía casi una década desde su última visita. Para Ignasi Terraza, tampoco era una primera vez: ha actuado en la ciudad en más de cuatro ocasiones. Pero este reencuentro tuvo algo distinto. Tal vez fue el paso del tiempo, la madurez artística, la delicadeza con la que se entregaron al momento. Esta noche del miércoles, la UNED celebró el jazz no solo como género musical, sino como una forma de vínculo entre dos personas que comparten un recorrido y se han forjado juntas. La complicidad, la escucha, la dedicación, lo hicieron posible.

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