Ian de la Rosa defiende en Melilla un cine alejado del cliché y abierto a nuevas miradas

El director de Iván & Hadoum participó en un coloquio en la sala Fando y Lis, tras la proyección de su película en la Semana de Cine de Melilla, y recibió el premio Falda de Tul Roja de Amlega

La sala Fando y Lis acogió un encuentro que fue mucho más allá de la presentación de una película. Tras la proyección de Iván & Hadoum en el Teatro Kursaal, el director y guionista Ian de la Rosa participó en un coloquio abierto con el público en el marco de la Semana de Cine de Melilla. La cita, conducida por Moisés Salama, codirector del certamen, y miembros de Amlega, entre ellos el presidente Rafael Calatrava, concluyó con la entrega del premio Falda Tul Roja de Amlega, un reconocimiento de profundo valor simbólico que recibió de manos del presidente de la asociación.

La jornada reunió a representantes de Amlega, autoridades, miembros de entidades sociales y espectadores que quisieron prolongar la experiencia de la película en forma de conversación. Y eso fue exactamente lo que ocurrió: la proyección dio paso a un diálogo pausado, cercano y especialmente creativo sobre el cine como espacio de representación, sobre la construcción de referentes, sobre los cuerpos que históricamente han sido mirados desde el cliché y sobre la necesidad de narrar las identidades LGTBIQ+ desde la interseccionalidad.

Iván & Hadoum, ópera prima de Ian de la Rosa, sirvió como punto de partida para hablar de transexualidad, migración, racialización, clase social, masculinidad, trabajo, deseo y pertenencia. La película no aborda estas cuestiones como compartimentos estancos, sino como capas que atraviesan a los personajes y condicionan su manera de estar en el mundo. Esa fue una de las ideas que recorrió todo el encuentro: la identidad no aparece aislada, sino cruzada por otras realidades que complejizan cualquier relato.

Moisés Salama abrió el coloquio agradeciendo la presencia del cineasta en Melilla y subrayando el valor de que la ciudad haya formado parte de una de las primeras etapas del recorrido de la película. Recordó que Iván & Hadoum ha pasado por citas como Málaga, Barcelona y Melilla, antes de ceder la palabra a Ian de la Rosa, que quiso detenerse en una parte del oficio cinematográfico que suele quedar fuera de foco: la promoción. “De las promociones de las películas poco se habla, pero es tremendo”, señaló el director, apuntando al esfuerzo que supone acompañar una obra una vez terminada, defenderla ante públicos distintos y volver una y otra vez sobre sus procesos creativos.

Ian de la Rosa respondió a esa bienvenida con una impresión personal sobre la ciudad. Melilla, explicó, le había provocado una sensación de cercanía con Almería, su tierra. No habló solo de una semejanza geográfica o mediterránea, sino de algo más sensorial: los colores, la arquitectura, la luz y ciertos paisajes emocionales compartidos. “Me siento un poco como en casa”, dijo. La frase marcó el tono del encuentro, porque desde el inicio el coloquio se movió en ese territorio entre lo íntimo y lo político, entre la experiencia personal y la reflexión colectiva.

El director recordó que Iván & Hadoum es su primera película como largometraje y que el proceso ha sido intenso. La obra se rodó en junio del año anterior y, en apenas un año, comenzó a tener un recorrido destacado. De la Rosa habló de una película que nace de un largo trabajo de escritura, investigación y preparación, pero que, una vez puesta en marcha, avanzó con rapidez. Detrás de esa aparente velocidad, sin embargo, había años de preguntas acumuladas sobre cómo se ha contado lo trans, cómo se han representado los cuerpos LGTBIQ+ y qué relatos han faltado en la pantalla.

En la mes, Pedro Bueno destacó también el valor pedagógico de la película, señalando que la obra permite abrir diálogo con el alumnado y con futuros docentes, precisamente porque combina una narración “dulce y dura”. No se trata de una película complaciente ni de un relato construido solo desde la herida. Su fuerza reside, más bien, en esa mezcla de ternura, conflicto, deseo y realidad social que permite mirar a los personajes desde una humanidad más compleja.

En este sentido, apuntó que el cine LGTBIQ+ suele quedar muchas veces reservado a “un rinconcito” dentro de los festivales o programaciones culturales. Frente a eso, se defendió que en Melilla existe una apuesta firme por abrir espacios de visibilidad y conversación. El coloquio en Fando y Lis fue ejemplo de ello: una sala convertida en lugar de escucha, donde la película funcionó como detonante de una reflexión mayor.

Uno de los primeros ejes de la conversación fue la decisión de Ian de la Rosa de alejarse del dramatismo más habitual asociado a los personajes trans. Salama le planteó que Iván & Hadoum cuenta una historia de amor clásica sin subrayar constantemente el conflicto de la identidad de género. El director respondió con claridad: “Estaba muy harto”.

A partir de ahí, explicó que muchas personas de su generación crecieron sin referentes. En su investigación, encontró una constante en buena parte de la representación audiovisual de personajes trans y LGTBIQ+: el sufrimiento como destino, la identidad como condena, el cuerpo como exotismo y el amor como imposibilidad. Según expuso, el personaje LGTBIQ+ ha pagado históricamente un precio muy alto por ser quien es dentro de la ficción.

El cineasta no negó la existencia de la violencia ni del dolor en muchas experiencias reales, pero cuestionó que esas hayan sido casi las únicas imágenes disponibles. La representación trans, señaló, ha estado marcada durante años por lugares comunes, clichés y puntos trágicos que terminaban funcionando como una jaula narrativa. El problema no era contar el sufrimiento, sino convertirlo en la única forma posible de existencia y representación.

Por eso, Iván & Hadoum intenta desplazarse hacia otro lugar. La película no presenta a Iván únicamente como un personaje trans ni convierte su identidad en explicación permanente de todo lo que ocurre. Lo sitúa dentro de una historia atravesada por otras tensiones: el trabajo, la clase social, la masculinidad, la migración y las expectativas que pesan sobre lo que significa ser hombre. De la Rosa habló del mandato masculino de ser proveedor, de sostener, de ocupar un lugar determinado en el mundo. Ese código, explicó, forma parte de una estructura binaria que impone modelos cerrados de hombre y mujer.

El director insistió en que la interseccionalidad no es un adorno teórico, sino una manera de mirar la realidad. En Iván & Hadoum, la transexualidad no aparece desligada del origen, del color de la piel, de la precariedad laboral o de la pertenencia cultural. Los personajes no viven una sola condición, sino varias a la vez. Y es ahí donde la película encuentra su centro: en el cruce de vulnerabilidades, deseos y contradicciones.

A lo largo del coloquio, Ian de la Rosa defendió el cine como un espacio de enorme poder simbólico. “El cine tiene un gran poder y, por tanto, una gran responsabilidad”, afirmó. Para él, una película no solo entretiene o emociona: también crea imágenes, referentes, espejos. Puede reproducir prejuicios, pero también abrir posibilidades. Puede encerrar a un personaje en un cliché o permitir que alguien se reconozca por primera vez desde otro lugar.

Ese asunto de los referentes llevó la conversación hacia Belle Époque, la película de Fernando Trueba. Ian de la Rosa contó que la había vuelto a ver recientemente y que le impresionó redescubrir el personaje de Violeta, interpretado por Ariadna Gil. No recordaba con nitidez esa presencia y, al reencontrarse con ella, sintió que estaba ante un referente que había permanecido en algún lugar de la memoria, aunque no de forma consciente.

Lo que le llamó la atención fue la naturalidad con la que ese personaje aparecía dentro del universo de la película. Violeta no quedaba situada únicamente en el trauma ni en la explicación identitaria, sino integrada en una comedia libre, de deseo, enredo y juego. De la Rosa explicó que ese hallazgo le resultó abrumador porque mostraba que, incluso dentro del cine español de décadas anteriores, existían destellos de representación que no pasaban necesariamente por el sufrimiento explícito.

Salama recordó que Belle Époque era una película “muy libre” y “muy ácrata”, con un universo propio donde las relaciones, los cuerpos y los deseos se movían con una ligereza poco habitual. Ian de la Rosa añadió que en esa obra hay también una lectura de la historia de España, una forma de mirar un país, sus contradicciones. La referencia sirvió para pensar cómo algunos relatos pueden ofrecer imágenes de libertad sin convertirlas en manifiesto, y cómo esas imágenes pueden ser importantes incluso cuando el espectador tarda años en reconocer su impacto.

La conversación derivó después hacia la recepción internacional de Iván & Hadoum. De la Rosa explicó que cada país ha encontrado un lugar diferente desde el que mirar la película. Berlín, -donde ha sido galardonada- comentó, fue una ciudad especialmente acogedora. En otros contextos, percibió que determinados debates sobre lo LGTBIQ+ no estaban igual de avanzados, mientras que en México encontró lecturas muy potentes.

También se detuvo en las críticas que, cuando no conectan con la película, no se dirigen a aspectos formales o narrativos, sino que atacan precisamente lo trans o lo hispanomarroquí. Para el director, esa reacción confirma que los personajes elegidos no son neutros. “No es casual que yo les haya escrito así”, vino a explicar. La película coloca en el centro a dos figuras que muchas veces han sido desplazadas a los márgenes del relato.

Uno de los tramos más interesantes del encuentro fue el dedicado al casting y a la preparación con los actores. Ian de la Rosa explicó que el proceso de selección fue una de las primeras fases decisivas de la película. La construcción de Hadoum exigía encontrar una intérprete capaz de sostener una verdad cultural y emocional muy concreta. La actriz Herminia Loh, música de Tetuán con muchos años de vida en Sevilla, llegó al proyecto tras una búsqueda muy específica de una intérprete hispanomarroquí a través de google.

El director relató que su forma de trabajar con los actores se aleja del método más clásico de entregar un guion cerrado, memorizarlo y reproducirlo. Ya en su cortometraje Farrucas había vivido una experiencia que transformó su manera de dirigir: algunas actrices no querían leer el guion durante los ensayos. Aquello, que podía haber sido un problema, se convirtió en una puerta. El equipo tuvo que buscar estrategias para que las intérpretes aprendieran quiénes eran sus personajes sin pasar necesariamente por una lectura convencional del texto.

En Iván & Hadoum, esa intuición se convirtió en un método. Los actores no tuvieron el guion completo durante buena parte del proceso. Ian de la Rosa llevaba años escribiéndolo, pero decidió no entregar toda la información desde el principio. Cada intérprete conocía lo que le ocurría a su personaje en una escena determinada, pero no necesariamente lo que sucedía con los demás en otras partes de la película. Esa falta de conocimiento total permitía que ciertas reacciones conservaran frescura y que los personajes descubrieran la historia casi al mismo tiempo que quienes los interpretaban.

La preparación duró alrededor de dos meses y medio. Durante ese tiempo, el trabajo se apoyó en improvisaciones, escucha activa, exploración emocional y construcción progresiva de los vínculos. El director dosificaba la información y acompañaba a los actores desde lo más primario hasta lo más complejo. No se trataba de improvisar sin rumbo, sino de crear una base suficientemente sólida para que, llegado el rodaje, las escenas pudieran respirar con una naturalidad difícil de alcanzar mediante una interpretación puramente mecánica.

El propio rodaje intentó seguir, en la medida de lo posible, un orden cronológico. Esa decisión buscaba preservar la evolución emocional de los personajes y evitar que los actores anticiparan ciertos acontecimientos. De hecho, Ian de la Rosa reveló que los intérpretes rodaron sin conocer el final de la película. “Rodaron sin saber qué pasaba al final”, explicó. La última noche, el equipo les leyó el guion de la escena que iban a rodar al día siguiente.

Ese gesto permite entender bien la delicadeza del método. La película exigía confianza entre director e intérpretes, pero también una forma de entrega poco habitual. Los actores debían habitar a sus personajes desde la información que tenían en cada momento, no desde la perspectiva completa del relato. Así, algunas miradas, silencios o reacciones podían surgir desde un lugar más cercano al descubrimiento que a la composición.

Ian de la Rosa subrayó la generosidad del reparto. Reconoció que trabajar de ese modo requiere una disposición especial, porque el actor no se apoya en el control total de la historia, sino en la confianza en el proceso. Para el cineasta, esa entrega fue fundamental para que la película alcanzara su tono: una mezcla de verdad, pudor, tensión y deseo donde los personajes parecen estar viviendo algo antes que explicándolo.

El director aclaró, no obstante, que la película no nació de una improvisación absoluta. Había frases escritas desde hacía años que permanecieron exactamente igual porque formaban parte del corazón emocional del guion. Otras líneas surgieron durante los ensayos o en el propio rodaje. Algunas escenas estaban muy marcadas y otras dejaban un margen mayor de libertad. La clave, según explicó, estaba en saber cuándo proteger el texto y cuándo permitir que la escena encontrara su propia forma.

De ahí surgió otra de las ideas centrales de la tarde: el guion vivo. Para Ian de la Rosa, un guion no es una pieza muerta ni un bloque cerrado que deba imponerse a toda costa. Es una estructura, sí, pero también un organismo que se transforma cuando entra en contacto con los intérpretes, los espacios, la cámara y el tiempo. “Es un trabajo que siempre está abierto, siempre está vivo”, resumió.

Esa concepción obliga al director a mantener una escucha permanente. No basta con escribir una escena: hay que observar qué ocurre cuando alguien la encarna, qué matiz aparece en una pausa, qué palabra resulta falsa en una boca concreta, qué gesto revela más que una frase. De la Rosa defendió que, cuando los intérpretes hacen suyo el personaje, pueden mejorar lo escrito. No porque el guion no importe, sino precisamente porque importa lo suficiente como para permitirle crecer.

El rodaje de Iván & Hadoum duró 25 días y fue, en palabras del director, “tremendo”. Hubo jornadas con seis o siete escenas, una exigencia considerable para una película que aspiraba a sostener momentos de intimidad emocional. “Estuvimos picando piedra todo el rato”, señaló. Ese ritmo solo fue posible gracias a los dos meses y medio de preparación previa, que permitieron llegar al set con los vínculos y conflictos ya trabajados.

De la Rosa explicó que una de las lecciones más contundentes de la experiencia fue entender que, en un rodaje corto, no siempre se puede cubrir una escena con muchos planos. A veces hay que apostar por menos planos, pero más largos. Eso exige que lo que sucede dentro esté muy maduro, porque un plano de dos minutos no se sostiene solo por la belleza visual, sino por la verdad interna de lo que ocurre entre los personajes.

La película, por tanto, se construyó desde una tensión entre preparación y apertura. Había una arquitectura narrativa, pero también espacio para que la vida entrara en el rodaje. Había frases fijadas, pero también escucha. Había dirección, pero también confianza en el equipo. Esa combinación fue uno de los aspectos que más interés despertó entre el público, especialmente entre quienes preguntaron por la naturalidad de algunas escenas.

El coloquio se detuvo también en el universo de los invernaderos y en la realidad laboral que atraviesa la película. Ian de la Rosa explicó que ese mundo le resultaba cercano desde su biografía. Creció en Almería, en un entorno donde los invernaderos forman parte del paisaje físico y social. Sus padres fueron la primera generación de  trabajadores sociales.Su tío, camionero, repartía fruta por los almacenes. De niño, recordó, pasó tiempo acompañándolo, hasta que unos comentarios hacia su presencia por la edad y su sexo influyeron en que no volviese a seguir la ruta con su familiar.

Para documentarse, trabajó durante tres días en un invernadero, además de la investigación previa. La experiencia, relató, fue especialmente dura. Ese contacto directo le permitió acercarse a una realidad que no quería convertir en decorado ni en postal de precariedad. El invernadero aparece en la película como espacio de trabajo, pero también como lugar donde se cruzan la clase, la migración, el género, la sexualidad y las relaciones de poder.

El director explicó que quería “girar esos clichés” asociados tanto a Almería como a los mundos laborales que aparecen en la película. No se trataba de negar la dureza, sino de evitar una mirada simplificadora. El paisaje del invernadero no está ahí solo para ilustrar un contexto, sino para hablar de cuerpos que trabajan, de vidas que sostienen economías invisibles y de personajes que intentan encontrar afecto y dignidad dentro de estructuras que muchas veces los empujan al margen.

Otra de las reflexiones más elaboradas de Ian de la Rosa tuvo que ver con las tres fases de una película: escritura, rodaje y montaje. El cineasta explicó que cada una de ellas transforma la obra. La escritura suele comenzar mucho antes de sentarse a escribir. Una idea puede pasar meses madurando, cambiando de forma, ganando capas o perdiendo elementos. Cuando finalmente llega al papel, ya ha atravesado un proceso interno de selección y renuncia.

Pero el guion no termina ahí. El rodaje abre una segunda fase de transformación. La película empieza a tener cuerpo propio cuando aparecen los actores, los espacios, la luz, el sonido, el cansancio, los accidentes y las decisiones concretas de cada jornada. Lo que sobre la página parecía funcionar puede necesitar otra forma frente a la cámara. Lo que parecía secundario puede adquirir una fuerza inesperada. Lo que estaba escrito como centro puede desplazarse.

Después llega el montaje, que Ian de la Rosa presentó casi como una tercera escritura. En la sala de montaje, la película vuelve a hablar. El material rodado impone sus ritmos, revela caminos ocultos y obliga a tomar decisiones que pueden modificar la estructura emocional del relato. El director explicó que, en esa fase, la obra “te va guiando”. Hay que escucharla de nuevo, aceptar lo que pide y renunciar a aquello que, aunque estuviera previsto, ya no pertenece a la película final.

Esa explicación desembocó en una defensa muy clara de la creación colectiva. Ian de la Rosa cuestionó la visión más canónica del director como figura absoluta. Aunque reconoció que el director debe guiar el barco, insistió en que el cine es un arte construido por muchas cabezas y muchas sensibilidades. Cada departamento aporta su universo: interpretación, fotografía, sonido, arte, montaje, producción, vestuario, música. Todos participan en la forma final de la película.

Dirigir, según planteó, no consiste en imponer una voluntad cerrada, sino en saber distinguir qué aportaciones enriquecen la obra y cuáles no pertenecen a ella. El director debe proteger el corazón de la película, pero también permitir que el equipo la haga crecer. En ese equilibrio entre liderazgo y escucha se sitúa buena parte de su manera de entender el cine.

La creación colectiva apareció así como una extensión natural del guion vivo. Si el texto puede transformarse con los actores, también puede hacerlo con el resto del equipo. Una localización, una textura visual, una decisión de montaje o una forma de colocar el sonido pueden revelar aspectos que no estaban escritos de manera explícita. Para Ian de la Rosa, ese proceso no debilita la autoría, sino que la complejiza.

En el tramo final del coloquio, el público intervino con preguntas y apreciaciones sobre la interculturalidad de la película, las escenas de sexo y la manera en que la obra mira el cuerpo trans. De la Rosa explicó que una de sus búsquedas era unir a dos personajes atravesados por distintas formas de vulnerabilidad. Iván y Hadoum no comparten exactamente la misma herida, pero sí un territorio común de deseo, desprotección y resistencia.

El director habló de violencias emocionales, sociales y simbólicas. La película no necesita recurrir siempre a la violencia física para mostrar cómo operan las estructuras de exclusión. A veces, la presión está en lo no dicho, en una mirada, en una expectativa laboral, en una frontera cultural, en una masculinidad exigida o en un cuerpo que la sociedad insiste en observar desde el prejuicio.

Sobre las escenas de sexo, Ian de la Rosa explicó que cada espectador proyecta en ellas su propia experiencia. Esas secuencias no buscan convertir el cuerpo trans en objeto de explicación ni en territorio pedagógico, sino modificar la forma de mirar. La película no se centra en un proceso de reasignación ni en una reformulación binaria de la identidad. El personaje ya ha atravesado determinadas etapas y la obra lo sitúa en otro punto: el de alguien que desea, ama, trabaja, duda y se equivoca sin que todo deba reducirse a su condición trans.

Ese planteamiento conecta con una de las apuestas más profundas de Iván & Hadoum: normalizar sin vaciar de conflicto. La película no convierte la identidad en espectáculo, pero tampoco la borra. No hace del cuerpo un problema, pero tampoco ignora las miradas que pesan sobre él. No plantea el amor como solución mágica, pero sí como posibilidad narrativa y política frente a tantos relatos donde ciertos personajes solo parecían destinados a sufrir.

La entrega del premio Falda de Tul Roja cerró el encuentro con un tono especialmente emotivo. Rafael Calatrava fue el encargado de entregar el reconocimiento a Ian de la Rosa. Durante el acto se recordó que no se trata de un premio convencional ni de una distinción basada en la grandilocuencia material. Su valor reside en lo que representa: activismo, memoria, visibilidad y gratitud hacia quienes contribuyen a abrir caminos desde la cultura.

El galardón, según se explicó, lo han recibido muy pocas personas hasta ahora, e Ian de la Rosa pasa a formar parte de esa lista reducida. El director recibió el premio con evidente emoción, consciente de que no solo se reconocía una película, sino también una forma de mirar y de contar. Una manera de hacer cine que no se conforma con reproducir imaginarios heredados, sino que intenta ensancharlos.

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