Manuel Azuaga durante su intervención en el cinefórum de Menudas Piezas en el Teatro Kursaal. -AGC-
La mañana de este jueves en el Teatro Kursaal-Fernando Arrabal comenzó envuelta en ese ruido inconfundible de las excursiones escolares: conversaciones cruzadas entre filas, saludos de una punta a otra del patio de butacas y la expectación inquieta de decenas de alumnos y alumnas que intuían que la jornada no iba a parecerse a una mañana cualquiera de clase. Poco a poco, los estudiantes de los centros Reyes Católicos, Enrique Nieto y Leopoldo Queipo fueron ocupando sus asientos bajo la gran sala del teatro, todavía iluminada, mientras el murmullo infantil llenaba el ambiente entre mochilas apoyadas en las butacas y comentarios sobre cine, ajedrez o simplemente la emoción de salir del aula.
A las 10:30 horas comenzó oficialmente el cinefórum dedicado a Menudas piezas, una actividad centrada en el ajedrez educativo que unió proyección cinematográfica y coloquio posterior junto al divulgador Manuel Azuaga. La propuesta buscaba acercar a los más pequeños no solo al juego del tablero, sino también a los valores que lo rodean: la concentración, la igualdad, la capacidad de superación o el aprendizaje a través del error.
Antes de que se apagara la luz de la sala, Ignacio Castro tomó la palabra desde el escenario para dar la bienvenida a los estudiantes. Lo hizo intentando romper desde el primer momento la distancia habitual entre escenario y público. “¿Alguien sabe qué es un cinefórum?”, preguntó mientras algunas voces comenzaban a responder tímidamente desde las primeras filas. Castro explicó entonces que la actividad no consistía simplemente en ver una película, sino en aprender después a conversar sobre ella, compartir impresiones y reflexionar colectivamente sobre las historias y mensajes que aparecían en pantalla. “En el caso de hoy, ajedrez y cine. Espero que lo paséis muy bien”, añadió antes de que las luces descendieran lentamente sobre el Kursaal.
El silencio llegó entonces de forma progresiva. Primero desaparecieron las conversaciones, después los últimos movimientos entre butacas y finalmente toda la atención quedó dirigida hacia la pantalla.
Menudas piezas, dirigida por Nacho G. Velilla y estrenada en 2024, comenzó a desplegar ante los estudiantes una historia inspirada en hechos reales. La película sigue a Candela, una profesora que, tras perder su empleo en un colegio de élite y atravesar un momento complicado en su vida personal, termina regresando al barrio de su infancia para trabajar con un grupo de jóvenes con problemas de integración. A través del ajedrez, la protagonista y sus alumnos comienzan un proceso de transformación personal que poco a poco fue conectando con el público infantil del Kursaal.
La implicación de los niños y niñas con la historia se hizo evidente desde los primeros compases de la proyección. La sala alternaba momentos de bullicio adolescente con otros de atención absoluta. Algunos alumnos reaccionaban inmediatamente a determinadas escenas; otros comentaban jugadas o diálogos entre sus compañeros de asiento, aunque la concentración reinó en la sala. Sin embargo, a medida que avanzaba la película, el interés colectivo fue creciendo hasta convertir cada avance de los protagonistas en una pequeña celebración compartida desde las butacas.
Especialmente intensa fue la respuesta durante el tramo final de la película. Las escenas decisivas sobre el tablero provocaron aplausos espontáneos, silbidos de emoción y vítores entre los asistentes. Los estudiantes seguían las partidas de la competición con una tensión casi propia, inclinándose hacia delante en sus asientos mientras observaban cada movimiento de las piezas y el desenlace final. El ajedrez dejaba de ser únicamente el tema de la película para convertirse también en el lenguaje común que mantenía unida a toda la sala que empatizaron directamente con los personajes de la trama.
Pero la historia consiguió captar la atención de los adolescentes no solo por las partidas o la competición. También despertaron interés otros aspectos más emocionales, de conocimiento aplicado y sociales presentes en la trama. La accesibilidad en el ajedrez, representada a través del padre invidente de la profesora Candela; las diferencias sociales entre personajes; las relaciones familiares o el modo en que el juego servía para conectar personas muy distintas fueron algunos de los elementos que la película dejaba entrever.
Cuando los créditos finales comenzaron a aparecer sobre la pantalla, el Kursaal quedó durante unos segundos en silencio, no hubo movimiento en la sala. Al poco comenzó la viveza. Comenzaron de nuevo las conversaciones, los comentarios improvisados y el intercambio rápido de impresiones entre compañeros. Las risas, incluso un cumpleaños feliz improvisado.
Fue entonces cuando Manuel Azuaga subió al escenario para iniciar el cinefórum posterior. Lo hizo alejándose rápidamente del formato de conferencia tradicional. “Esto no consiste solamente en escuchar, se trata de conversar”, explicó al alumnado antes de comenzar la intervención que terminaría convirtiéndose en un diálogo continuo con prácticamente toda la sala. Los estudiantes presentaron una participación memorable, pues durante todo el proceso, las manos .y las voces tuvieron cabida y sintonizaron con la propuesta.
La implicación de los estudiantes fue inmediata. Azuaga preguntó quién sabía jugar al ajedrez, quién no había movido nunca un peón y quiénes se consideraban auténticos expertos. Las manos comenzaron a levantarse entre bromas, risas y comentarios cruzados. Algunos alumnos reconocían no saber jugar; otros presumían tímidamente de participar en competiciones; otros alzaban sus brazos reconociendo que sabían sobre el juego.
Uno de los momentos que más interés despertó llegó cuando el divulgador preguntó si alguien conocía el nombre del tipo de ajedrez que aparecía en algunas escenas de la película protagonizadas por el padre invidente y el amigo con el que se reunía continuamente para jugar. Las respuestas comenzaron a escucharse desde distintos rincones del teatro hasta que finalmente uno de los alumnos acertó: ajedrez a ciegas.
La pregunta sirvió como puerta de entrada a uno de los momentos más celebrados de la mañana. Azuaga invitó al escenario a Samuel, el estudiante que había nombrado correctamente la modalidad, para realizar una demostración práctica mientras en la pantalla aparecía proyectado un tablero digital sin que ninguno de los dos -Azuaga y Samuel- pudieran observar los movimientos sobre las casillas. Las letras y los números tomaron el lenguaje. “C4”, comenzó diciendo el alumno. “Caballo a F6”, respondió Azuaga.
A partir de ahí, el teatro quedó prácticamente en silencio. Samuel continuaba jugando sin mirar directamente el tablero, recordando mentalmente la posición de cada pieza mientras el divulgador reconstruía visualmente la partida con pequeños movimientos de la mano en el aire. El resto de estudiantes seguía cada jugada con una mezcla de sorpresa y expectación creciente.
“Sí sé dónde está”, respondía el alumno cuando Azuaga le preguntaba si seguía recordando correctamente las posiciones. “De momento tienes sobresaliente”, comentó finalmente el divulgador, provocando vítores y aplausos entre el público infantil hacia su compañero.
La demostración permitió además introducir cuestiones relacionadas con la accesibilidad en el ajedrez. Azuaga explicó cómo funcionan los tableros adaptados para personas invidentes, con texturas y perforaciones que permiten reconocer las piezas mediante el tacto. También habló de la memoria visual, de las diagonales, de las coordenadas que ayudan a posicionarse sobre el tablero y de la capacidad de representar mentalmente el espacio de juego sin necesidad de mirar el tablero.
Muchas de las preguntas posteriores giraron alrededor de la propia película. Los estudiantes querían saber cuánto había de verdad en aquella historia y si los personajes estaban inspirados en personas reales. Azuaga, que abandonó el escenario para acercarse a los alumnos y alumnas, explicó entonces que, aunque parte del relato pertenece a la ficción cinematográfica, la película se basa en una experiencia real desarrollada por el profesor Enrique Sánchez en el colegio Marcos Frechín de Zaragoza -en la película Luis Buñuel- junto a alumnos de 12 y 13 años.
El divulgador explicó además que mantiene contacto habitual con el propio Enrique Sánchez y trasladó al alumnado un mensaje que el profesor quería hacerles llegar: aquellos jóvenes con los que trabajó eran “personas fabulosas” que, en muchos casos, ni siquiera habían jugado nunca al ajedrez antes de comenzar aquella experiencia educativa.
La conexión entre realidad y ficción despertó todavía más interés entre los pequeños cuando Azuaga señaló en uno de los fotogramas proyectados la aparición del propio Enrique Sánchez dentro de la película, así como referenció y puso cara a los estudiantes reales que dieron forma a la película. También destacó el trabajo realizado por la maestra internacional María Rodrigo Yanguas, cuya preparación fue clave para enseñar a los actores a mover las piezas y desenvolverse sobre el tablero con naturalidad, haciendo que cada partida resultara creíble para quienes conocen el juego.
La conversación fue derivando después hacia la competición y el aprendizaje. Algunos alumnos preguntaron cómo podían mejorar y ganar partidas. Azuaga respondió recurriendo a tres conceptos fundamentales que, según explicó, deben acompañar siempre cada movimiento: “jaque, captura y amenaza”. Pero insistió especialmente en otra idea: la práctica constante. “No hay una receta mágica”, señaló. “Lo importante es jugar”.
A partir de ahí explicó también el sistema de puntuación ELO, las categorías de gran maestro y la función del tiempo en las partidas oficiales como forma de garantizar igualdad de condiciones entre ambos jugadores, a partir de las inquietudes de los estudiantes.
Entre pregunta y pregunta también aparecieron reflexiones espontáneas desde las butacas. Comentarios sobre la importancia de no rendirse, sobre aprender de los errores o sobre seguir adelante incluso después de perder una partida. Una niña terminó resumiendo buena parte del mensaje que había dejado tanto la película como el propio coloquio con una frase sencilla que provocó uno de los aplausos más largos de la mañana. “Nunca rendirse y seguir adelante siempre”.
Poco después, los estudiantes comenzaron a abandonar lentamente el Kursaal. Afuera esperaba de nuevo la rutina escolar. Dentro quedaban todavía resonando las últimas conversaciones de una mañana en la que el tablero se convirtió en una excusa para hablar de igualdad, memoria, superación y aprendizaje compartido.
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