Las telas caídas entre los arcos —negro, morado, amarillos pálidos y rojos— envolvían el patio del Hospital del Rey y lo acercaban, desde el primer momento, a una estética de retablo barroco. Sobre el escenario, varios fardos de paja completaban la imagen, tras ellos una construcción permanecía oculta tras una tela que dejaba en suspenso lo que escondía bajo sus hilos. La música terminaba de conducir al público hacia el tiempo de la representación: el Siglo de Oro.
Era jueves y el patio volvía a acoger una función del Ciclo de Microteatro, una propuesta que durante estos meses ha reunido a distintas compañías e intérpretes en este espacio ya consagrado a las artes escénicas en lo alto de Melilla la Vieja. Aunque todavía quedaban dos representaciones durante el fin de semana, aquella noche tenía inevitablemente un aire de despedida. La Compañía IV Recinto era la encargada de cerrar el ciclo con tres piezas breves del teatro clásico español: "La tierra de Jauja" y "Las aceitunas", de Lope de Rueda, y "La cueva de Salamanca", de Miguel de Cervantes.
El primer entremés llevó al escenario el hambre y la picaresca. En "La tierra de Jauja", dos pícaros sin dinero convencen a un ingenuo de que existe un lugar donde la comida abunda, los ríos son de miel y nadie necesita trabajar. Mientras el hombre escucha fascinado aquella descripción imposible, los dos aprovechan para quedarse con lo que lleva encima, un plato recién cocinado tras la larga faena del laburo. El engaño avanzó con rapidez y encontró en el público una respuesta inmediata, porque la exageración de la historia no ocultaba el fondo de la pieza: la facilidad con la que el deseo de una vida mejor puede convertirnos en crédulos.
"Las aceitunas" cambió el escenario de la aventura por el de una disputa familiar. La discusión gira alrededor del precio al que se venderán unas aceitunas que todavía ni siquiera han sido plantadas, y precisamente ahí reside el absurdo que hace avanzar la escena. Lo que comienza como una conversación doméstica termina convirtiéndose en una disputa desproporcionada que deja al descubierto la avaricia y la necedad. La sencillez de la situación permite que el humor surja de algo reconocible y cercano, incluso cuando la escena se lleva deliberadamente hasta el exceso.
El tercer entremés, "La cueva de Salamanca", introdujo los engaños, los equívocos y la superstición. Un estudiante aprovecha la ausencia del marido para hacerse pasar por nigromante y convierte en supuestos demonios a los amantes que permanecen escondidos en la casa. Cervantes juega así con las apariencias y demuestra que, en este mundo de engaños, la astucia puede resultar más poderosa que cualquier supuesto poder sobrenatural.
Las tres piezas recuperaron el espíritu de los entremeses clásicos: brevedad, ritmo, personajes populares y situaciones capaces de llevar al público de la sorpresa a la carcajada en pocos minutos. Pero la noche había reservado un momento distinto, alejado del carácter coral de las tres obras.
Ahmed Ouaamari ocupó entonces el escenario en soledad. Su llegada hasta allí comenzó en un lugar muy diferente, entre los puestos del Rastro, donde se gana la vida vendiendo pequeñas cosas. Fue allí donde se encontró con Paco Casaña mientras recitaba versos de Antonio Machado. Aquel encuentro terminó convirtiéndose en un reto inesperado cuando Casaña le propuso aprender un fragmento de "Peribáñez y el comendador de Ocaña", de Lope de Vega. Ahmed aceptó y cambió por una noche el Rastro por las tablas. "Esta noche no viene a vendernos nada, viene a regalarnos su talento", se escuchó antes de que comenzara su intervención.
Frente al público, Ahmed sostuvo el texto desde la contención. Su cuerpo permaneció firme y su mirada encontró al espectador mientras su voz recorría las palabras de Lope, atravesadas por cuestiones como el honor, la honra, el poder, la justicia, el deseo y la razón. La interpretación no necesitó grandes movimientos para ocupar el espacio: la precisión vocal y la intensidad de la mirada bastaron para mantener la atención del patio hasta el final.
El aplauso llegó inmediatamente después, intenso y sostenido, y terminó convirtiéndose en una gran ovación. Era el reconocimiento a una intervención que había introducido otro registro en la noche y que, de algún modo, había conectado dos mundos aparentemente alejados: el Rastro donde Ahmed fue encontrado recitando a Machado y este escenario del Hospital del Rey donde, por unos minutos, hizo suyo un texto de Lope de Vega.
Con esta función, el Ciclo de Microteatro se despedirá este sábado del patio hasta una próxima edición. La Compañía IV Recinto cerraba así el recorrido con una noche dedicada al Siglo de Oro, recuperando el humor de Lope de Rueda y Cervantes y dejando espacio, también, para una historia de encuentro y oportunidad. En el Hospital del Rey quedaban las telas, los fardos de paja y el eco de las últimas palabras, mientras el teatro volvía a demostrar que un escenario puede hacer convivir, en apenas unas horas, varios siglos de historias.








