A Jorge Abad le daba vergüenza salir a la pizarra. También las pequeñas obras de teatro del colegio, esas representaciones que para muchos niños forman parte de la rutina escolar y que para él suponían una exposición difícil de soportar. Hablar delante de sus compañeros le ponía fatal. No quería exponerse, no quería sentirse observado. Cantaba mucho en casa, pero aquella afición pertenecía todavía a un espacio íntimo, sin público y sin la sensación de estar sometido a ningún juicio. Resulta paradójico que aquel niño tan tímido, que hoy sigue presente en él, acabara encontrando en el escenario una de las formas más profundas de relacionarse con los demás y consigo mismo.
La revelación llegó a los 16 años de una manera tan inesperada que todavía hoy le cuesta explicarla. Estaba en casa, en primero de bachillerato, revisitando "Un Paso Adelante", una serie que ya había visto años atrás. Llevaba varios capítulos cuando, en uno de ellos, apareció una coreografía de baile moderno. No hubo una reflexión previa ni una vocación que hubiera ido madurando lentamente en su ser. Simplemente sintió algo. "De repente sentí algo por dentro y dije, ostras, yo quiero estudiar esto, yo quiero hacer esto". Jorge recuerda aquella tarde como una especie de episodio místico, una intuición difícil de justificar con la razón. Hasta entonces no sabía qué quería hacer con su vida, pero aquella certeza apareció con una fuerza que no necesitó demasiadas explicaciones ni referentes previos.
La dificultad estaba en que ni siquiera sabía cómo se llegaba hasta allí. Ser actor le parecía algo lejano, casi imposible, y todavía más desde Melilla. Cuando era joven tenía la sensación de que quienes vivían en la península contaban con más posibilidades de hacer algo exitoso en la vida. La profesión de actor no pertenecía a su horizonte cotidiano. No conocía las escuelas, no sabía que existía una formación específica en arte dramático y tampoco tenía cerca referencias que le permitieran imaginarse dentro de ese mundo. La pregunta que se hacía era sencilla y, al mismo tiempo, contenía todo el límite que había aprendido a ponerse: cómo iba a ser actor siendo de Melilla.
A aquella incertidumbre se sumaba su propia personalidad. Si había sufrido hablando delante de sus compañeros o participando en una escena escolar, la idea de exponerse profesionalmente parecía todavía más descabellada. Sin embargo, aquello que había sentido viendo aquella coreografía podía más que sus propios miedos. La cabeza podía decir una cosa y algo mucho más profundo le empujaba en otra dirección. Con los años acabaría encontrando una explicación para esa contradicción: en las artes escénicas hay decisiones que no obedecen del todo a la lógica. Abad habla de una conexión "mucho más espiritual", de una fuerza que hace que alguien permanezca en una profesión que puede resultar dura, incierta y agotadora porque, si se la quitan, siente que le falta algo íntimo en la vida. Esa motivación.
El primer movimiento concreto llegó alrededor de los 20 años y tuvo que ver con la danza. Un amigo del barrio bailaba breaking y Jorge, que siempre había sentido curiosidad por aquella disciplina, decidió pedirle que le enseñara. Empezó a ir con los amigos del barrio y, sin darse cuenta, fue entrando en un territorio que terminaría conduciéndolo de nuevo al teatro. Un amigo que participaba en una obra le contó que la compañía Arrabal estaba preparando "El ciclo de la vida" y que necesitaban cubrir un personaje dentro de la parte de los animales. Era una jirafa. Le propuso que acudiera a un ensayo, conociera a la directora y decidiera después.
Fue al ensayo muerto de vergüenza y con la sensación de que quizá aquel no era su sitio. Recuerda que, al llegar y encontrarse con toda aquella gente, pensó directamente en marcharse. Pero no lo hizo. Se quedó, vio cómo trabajaban y acabó descubriendo que aquello le innotizaba. Su papel era pequeño y no pertenecía al elenco de baile, que ya estaba completo. Salía al principio, durante la presentación de Simba, y volvía al escenario al final, cuando el personaje era coronado rey. Dos apariciones. Dos momentos suficientes para que algo terminara de encajar.
La primera vez que subió al escenario llegó con los nervios de quien todavía no sabe qué está haciendo allí, pero la sensación cambió en cuanto comenzó la función. Jorge recuerda aquel instante como una confirmación. No necesitó que nadie le explicara que aquello podía ser para él. Lo sintió. Apenas rozaba la veintena y aquella experiencia de 2010 permanece entre sus recuerdos más significativos. La misma persona que había sufrido una pequeña escena en el colegio había encontrado, casi sin buscarlo, un lugar en el que aquella exposición no solo dejaba de ser un problema, sino que empezaba a tener sentido.
Su trayectoria, sin embargo, no avanzó de forma continua. En 2011 entró en el Ejército y durante un tiempo la vida tomó otro rumbo. Había previsto participar en otra obra, pero las obligaciones militares se cruzaron con el proyecto y finalmente no pudo hacerlo. Durante ese tiempo hizo alguna colaboración en momentos puntuales detrás del escenario, como tramoyista, manteniendo de alguna manera el contacto con ese nuevo universo que ya se había abierto camino en su interior. El impulso definitivo llegó cuando decidió abandonar su profesión. Aquella salida no fue una decisión sencilla, especialmente porque procedía de una familia de militares y sus padres tenían motivos para preocuparse ante el futuro incierto que suponía dedicarse a la interpretación. Abad entiende ahora aquel miedo, pero también recuerda que, una vez tomada la decisión, no podía quedarse a medias. Si había renunciado a un trabajo para intentar vivir de aquello que llevaba dentro, tenía que luchar de verdad por ello. Esforzarse, aprender y trabajar.
Empezó por el canto, una disciplina que en realidad llevaba acompañándolo desde pequeño. Se apuntó a una escuela de arte escénico que estaba más enfocada hacia esa materia y comenzó a descubrir un mundo que hasta entonces había permanecido fuera de su radar. No sabía, por ejemplo, que Mari Carmen Gálvez daba clases de canto. Tampoco conocía la posibilidad de estudiar interpretación de una manera profesional. Poco a poco fue encontrando nombres, cursos y personas que ampliaron aquel mapa que hasta entonces estaba prácticamente vacío. Al cabo de un tiempo supo que Fran Antón, también actor melillense, iba a impartir un curso de interpretación en la ciudad y lo vio como la oportunidad que estaba esperando.
A partir de ahí el recorrido empezó a adquirir continuidad. Llegaron otros cursos, nuevos contactos y, sobre todo, una conciencia diferente de lo que significaba dedicarse al teatro. Jorge empezó a conocer a profesionales de generaciones anteriores, personas como Álvaro Puerta o Alejandra Acedo, que ya habían recorrido caminos relacionados con las artes escénicas. No habían formado parte de su vida cuando era adolescente porque, sencillamente, no pertenecían a su generación ni a su círculo próximo. Algunos estaban fuera de Melilla y otros trabajaban en otros ámbitos. Fue al comenzar a hacer cosas cuando esas personas aparecieron en su horizonte. Primero tuvo que entrar en el mundo para descubrir que el mundo existía y que, ya había personas que habían caminado por ese sendero que él integraba a su vida.
Desde entonces, Jorge ha construido su trayectoria desde una idea muy concreta del oficio. Se define como alguien "muy artesano, muy trabajador" y reconoce que la formación ocupa un lugar fundamental en su manera de entender la interpretación. No concibe haber terminado de aprender. Ha pasado por distintas técnicas, ha trabajado con diferentes maestros y maestras y continúa formándose en Madrid. Lleva tres años en una escuela, además de haber seguido otros procesos de entrenamiento, y esa búsqueda permanente responde a una necesidad que va más allá de acumular conocimientos: quiere ampliar sus herramientas para poder afrontar cada personaje desde un lugar distinto.
En ese aprendizaje ha descubierto algo que ahora considera esencial y que, paradójicamente, tiene mucho que ver con aquel chico que tenía miedo de hacer el ridículo delante de sus compañeros: la necesidad de jugar. Una de las técnicas que está trabajando en Madrid le ha permitido acercarse a la escena desde un lugar menos preocupado por reproducir la vida de manera literal y más abierto a explorar. Para Jorge, el actor necesita permitirse jugar de verdad, tirarse a la piscina y dejar atrás esa voz interior que juzga cada movimiento antes de que ocurra. Es lo que llama el "yo juez", ese mecanismo que enseguida advierte y alerta; interrumpe y aparece como negador del proceso de catalización y exploración de uno mismo sobre el escenario.
Aprender a silenciarlo ha sido un proceso lento. Recuerda que Miguel Escutia, de la compañía Mirrolde, le dijo en una ocasión que tenía que tirarse a la piscina y que, en aquel momento, ni siquiera entendió qué quería decir. Ahora sí. El entrenamiento, la técnica y el trabajo con distintos maestros le han permitido comprender que el riesgo también forma parte del oficio y que la libertad escénica no consiste en actuar sin herramientas, sino en tenerlas tan trabajadas que uno pueda permitirse utilizarlas sin quedar atrapado en ellas con total naturalidad y liberación. Jorge ha llegado a la conclusión de que técnica y juego se necesitan mutuamente y que, cuando ambas cosas se encuentran, el talento puede desprenderse con mucha más libertad.
Es un aprendizaje que todavía está haciendo. De hecho, le interesa precisamente porque no parece tener un punto final. Le ocurre cuando habla de Javier Bardem y de una reflexión del actor que le llamó la atención después de ver "El ser querido", de Rodrigo Sorogoyen. Bardem explicaba que ahora juega más que cuando comenzó. A Jorge le resultó significativo que alguien con una trayectoria tan extensa siguiera encontrando nuevas formas de relacionarse con la escena. El aprendizaje, por tanto, no parece conducir a una fórmula definitiva, sino a una mayor capacidad para probar. La interpretación, para él, es una fuente inagotable precisamente porque siempre queda algo que descubrir.
Esa libertad empieza a repercutir también fuera del escenario. El chico tímido no ha desaparecido. Jorge todavía se siente incómodo cuando tiene que hablar delante de mucha gente como él mismo. Dar una conferencia no le atrae especialmente y reconoce que prefiere pasar desapercibido. La diferencia está en que ahora sabe gestionar esa incomodidad de otra manera. Cuando interpreta, existe la distancia protectora del personaje. Está, como él mismo explica, "camuflado": no es Jorge, sino otra persona. Esa máscara que podría parecer una barrera funciona, en su caso, como una puerta hacia una exposición distinta encima de un escenario.
Donde sí percibe un cambio profundo es en su manera de relacionarse con el mundo. Cree que, sin haber estudiado interpretación, habría sido mucho más cohibido y mucho más introvertido. El teatro le ha obligado a mirar a otras personas, a entender otros conflictos y a ponerse en lugares que no son el suyo. A eso se suma el trabajo personal, la terapia y el paso del tiempo. Todo ello ha convertido la interpretación en un territorio de conocimiento propio. Para Jorge, la mayor aventura consiste precisamente en conocerse a uno mismo, aunque reconoce que también es la más difícil.
Esa dimensión explica que defienda con tanta convicción la presencia del teatro en los colegios. No piensa únicamente en despertar vocaciones artísticas. Le interesa la capacidad de esas actividades para enseñar a relacionarse, trabajar en grupo, explorar otras perspectivas y sentirse parte de algo. Cuando observa a niños y adolescentes que hacen teatro, asegura que percibe determinadas habilidades que no siempre aparecen en quienes no han tenido ese contacto. Para él, esa parte humana está por encima de la dimensión mediática de la profesión, de la alfombra roja y de todo lo que puede rodear a un actor cuando se convierte en una figura pública.
Ahora tiene delante un personaje que le está permitiendo seguir explorando precisamente esa zona de libertad. Este jueves, viernes y sábado participa de nuevo en el ciclo de Microteatro del Hospital del Rey con "No hay burlas con el amor", donde interpreta a Moscatel, el criado de Don Alonso. En sus dos trabajos anteriores en este mismo espacio había interpretado personajes de galán, aunque con registros muy diferentes. Uno de ellos era especialmente tormentoso, marcado por la angustia interna y la culpa. Moscatel se mueve en otro territorio. Es un personaje cómico, inocentón, convencido de que el amor existe y dispuesto a transitar la obra desde esa ingenuidad.
Jorge está disfrutando especialmente de ese cambio porque la comedia no era, en principio, el lugar en el que se sentía más cómodo. Se reconoce más cerca del drama y asegura que siempre ha sentido que tenía más herramientas para moverse en ese registro. Sin embargo, Moscatel le está permitiendo jugar de una manera que encaja con el momento de aprendizaje en el que se encuentra. Trabaja además junto a Manu Arrara, que interpreta a Don Alonso, con quien mantiene una buena relación fuera de escena y con quien ha encontrado dentro del montaje una química que ambos están disfrutando.
La comedia le está obligando también a mirar de otra manera el error. Jorge es muy perfeccionista y reconoce que durante mucho tiempo llevó esa exigencia hasta un extremo que podía terminar condicionando su trabajo. Ahora intenta conservar el deseo de hacer las cosas bien, pero sin convertirlo en una vigilancia permanente. Está aprendiendo que puede equivocarse, que no pasa nada y que el proceso necesita tiempo. "Es un camino largo", viene a decir, y no tiene sentido correrlo.
Por eso Moscatel llega en un momento significativo de su trayectoria. No solo porque le permita enfrentarse a un género que considera más difícil y que admira profundamente, sino porque le ofrece la posibilidad de poner en práctica una idea que lleva años persiguiendo: trabajar mucho para después poder soltarse. La comedia, además, le ha hecho mirar con mayor respeto a quienes consiguen hacer reír. Jorge considera que encontrar el humor de un personaje exige descubrir sus pequeñas debilidades, explotarlas y establecer relaciones con los demás personajes. Conseguir que el público se ría puede parecer sencillo cuando la escena funciona, pero él sabe que detrás hay un trabajo muy preciso.
Y quizá sea ahí donde su recorrido cierre provisionalmente el círculo. El adolescente que no quería que sus compañeros le miraran terminó encontrando en la interpretación una forma de exponerse sin dejar de protegerse detrás de otros personajes. El joven que pensaba que ser actor desde Melilla era casi imposible acabó descubriendo que existían maestros, escuelas, compañías y caminos que no conocía. El hombre que durante años quiso hacerlo todo bien está aprendiendo ahora que también necesita equivocarse. Y el actor que se siente más cómodo en el drama se encuentra disfrutando de un criado cómico, inocente y enamorado que le obliga a jugar.
No parece que Jorge haya dejado atrás al chico tímido. Más bien ha aprendido a llevarlo consigo. La diferencia es que ahora sabe qué hacer con él. Cuando entra en escena, aquella vergüenza que un día le impedía siquiera levantar la mirada se convierte en otra cosa: en atención, en escucha, en trabajo y, cada vez más, en libertad. La misma piscina a la que durante años tuvo que aprender a tirarse es ahora el lugar donde quiere seguir jugando.








