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Una ketubá del Museo Etnográfico de Melilla se expondrá durante seis meses al Museo Sefardí de Toledo

La iniciativa, dentro de un acuerdo de colaboración, se completará el 28 de septiembre con una conferencia de Mordejay Guahnich sobre la historia y la presencia sefardí en Melilla

por Alejandra Gutiérrez
07/09/2026 12:56 CEST
Una ketubá del Museo Etnográfico de Melilla se expondrá durante seis meses al Museo Sefardí de Toledo

Ketubah procedente del Museo Estnográfico de Melilla, la cual estará expuesta durante seis meses en el Museo Sefardí de Toledo. -Cedida por Museos Melilla-


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La memoria judía de Melilla viaja estos días hasta Toledo a través de una pieza cargada de historia: una ketubá -Ketubah-, el contrato matrimonial tradicional judío, que el Museo Etnográfico de Melilla cederá temporalmente al Museo Sefardí de Toledo. Marta Marzol, asesora de la Consejería de Cultura, explica que el préstamo se enmarca en el acuerdo de hermanamiento establecido entre la Ciudad Autónoma de Melilla y el Museo Sefardí de Toledo con el propósito de fomentar la diversidad cultural y estrechar la colaboración entre ambas instituciones. "Tuvimos unas reuniones, ellos vinieron aquí, estuvieron viendo lo que tenemos y entonces nos solicitaron en préstamo temporal esta pieza para ponerla en el Museo Sefardí de Toledo, en la Sinagoga del Tránsito", señala. La ketubá permanecerá durante seis meses expuesta en la sala de oración del museo toledano, dentro de una iniciativa que busca abrir una vía de intercambio entre las dos instituciones: del mismo modo que Melilla presta ahora una de sus piezas, la colaboración permitirá en el futuro que el museo melillense pueda recibir fondos u objetos procedentes de Toledo.

La elección de la pieza responde a una lógica. La exposición coincide con el Mes Europeo de la Cultura Judía, cuyo lema de este año es "amor", una circunstancia que ha llevado al Museo Sefardí a considerar especialmente apropiado mostrar un contrato matrimonial. La ketubá no es únicamente un documento vinculado a una unión nupcial, sino también un testimonio de la continuidad de una tradición que ha atravesado siglos, territorios y desplazamientos de población. En ella queda condensada una parte de la memoria sefardí que conecta el antiguo Reino de Castilla con las comunidades judías que, después de la expulsión de 1492, se asentaron en distintos puntos del Magreb y que posteriormente llegaron a Melilla.

La historia que acompaña a esta pieza comienza mucho antes de su llegada a la ciudad norteafricana. La presencia judía en la península ibérica es una de las más longevas de la historia de esta geografía y está documentada desde el siglo I. Para los judíos, Sefarad es el nombre con el que se identifica tradicionalmente y, por extensión, a la tierra de la que procedían las comunidades judías expulsadas en 1492. Por eso, los descendientes de aquellas comunidades reciben el nombre de sefardíes. Durante siglos, las comunidades judías formaron parte de la sociedad de Sefarad, hasta que el decreto de expulsión de 1492 obligó a miles de personas a abandonar los territorios de la Corona. La tradición, sin embargo, no desapareció. Parte de quienes permanecieron continuaron practicando sus costumbres en la clandestinidad, mientras otros se dispersaron por distintos lugares del Mediterráneo y del norte de África. La presencia judía volvió a hacerse visible en distintos puntos de España durante el siglo XVIII, con comunidades o grupos documentados en ciudades como Madrid, Ceuta y Málaga. Pero sería Melilla la que desempeñaría un papel especialmente significativo en el retorno de la vida judía organizada a territorio español.

"Melilla es importante porque después de la expulsión lo que ocurría estaba todo oculto, no había nada visible", explica Mordejay Guahnich, presidente de la asociación sociocultural Mem Guímel. La ciudad se convertiría, apunta, en un auténtico puente de regreso a Sefarad y en el escenario de una recuperación pública de tradiciones que habían permanecido durante siglos lejos de la mirada de la sociedad española. La diferencia no está únicamente en la llegada de judíos, sino en la creación progresiva de una comunidad con instituciones, espacios religiosos, estructuras sociales y una vida propia perfectamente reconocible.

 

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El proceso tiene fechas concretas. En 1866 se establece la primera sinagoga de Melilla, vinculada a la familia Salama. Con el paso del tiempo llegarían a existir hasta 26 sinagogas en la ciudad; actualmente siete continúan en uso y existe además otra en proceso de transformación para convertirse en museo. Un año después, en 1867, aparece otra figura fundamental para la consolidación religiosa de la comunidad: el rabino Halfón Hachuel, cuñado de Jacob Salama.

El crecimiento comunitario se refleja también en la creación de sus propias estructuras funerarias y religiosas. En 1869 se constituye la Jebrá Kadishá, entidad benéfica funeraria, y entre 1869 y 1893 se desarrolla el cementerio de San Carlos, que recibe en hebreo el nombre de "Har Hazetim", el Monte de los Olivos, y que hoy forma parte de la Ruta Sefardí. En 1875 se documenta asimismo la existencia de una mikve, el baño ritual judío, otra evidencia de que la comunidad había comenzado a articular una vida religiosa estable.

La continuidad dejó incluso una huella en los registros civiles. En 1877 se produjo el primer nacimiento de un judío melillense, el de Moisés Lecuri Benolille. Once años después, el 8 de agosto de 1888, quedó registrado el primer matrimonio de la comunidad: el de Samuel Salama Hachuel y Yamila Hassán Taurel. Son fechas que permiten seguir sobre el papel la transformación de aquella primera presencia de comerciantes.

La llegada inicial estuvo estrechamente relacionada con el desarrollo civil de la ciudad. Guahnich sitúa en 1864 un momento decisivo, después de la creación del puerto franco, cuando una Real Orden permitió la llegada a Melilla de comerciantes judíos y musulmanes procedentes de distintos puntos del Magreb. Los primeros judíos llegaron desde lugares como Tánger, Tetuán, Casablanca y Fez, así como desde Gibraltar. En un principio fueron fundamentalmente hombres, debido a las condiciones que regulaban aquellas primeras llegadas, pero pocos años después comenzaron a establecerse también mujeres y niños y a formarse familias.

Melilla era entonces esencialmente una ciudad militar y tuvo que adaptarse progresivamente a una población civil que necesitaba viviendas, servicios, comercios e instituciones. En ese proceso, señala Guahnich, la comunidad judía desempeñó un papel destacado. Comerciantes y empresarios participaron en la construcción de la nueva estructura civil de la ciudad y en la creación de servicios que hasta entonces estaban ligados al ámbito militar. La primera funeraria, por ejemplo, fue creada por la familia Melul cuando el Ejército dejó de proporcionar las cajas fúnebres. El comercio, la fotografía, el deporte y otros ámbitos de la vida cotidiana fueron incorporando también la iniciativa de miembros de la comunidad.

A comienzos del siglo XX, la estructura comunitaria ya había adquirido una dimensión mucho mayor. En 1903 aparece la figura del dayán Abraham Hacohén Z.L., juez rabínico, cuyo hijo, el dayán David Shlomo Hacohén, acabaría sucediéndolo. Ese mismo año se establece una yeshivá, centro de estudios religiosos, en la casa del dayán Abraham Hacohén. En 1905 se crea el Barrio Hebreo. El espacio acabaría convirtiéndose en una de las principales expresiones territoriales de la presencia judía en la ciudad y, de acuerdo con Guahnich, constituye hoy la única judería viva de España, un lugar donde continúa residiendo población judía.

La comunidad israelita quedó oficialmente constituida el 24 de mayo de 1908. En 1924 se creó el Colegio Talmud-Torá, dedicado a la enseñanza religiosa y comunitaria, cuya continuidad llega hasta nuestros días bajo el nombre de Liceo Sefardí "David Melul", presentado como el único colegio privado judío de España. La influencia económica y social de la comunidad también fue reconocida públicamente: en 1933 se dedicó una calle a Jacob Salama Hassán por su aportación al comercio de Melilla.

Para entonces, la presencia judía había adquirido una dimensión considerable. Guahnich sitúa en alrededor de 7.200 el número de judíos que vivían en Melilla durante la década de 1930. La comunidad había desarrollado oficios tradicionales propios, como el shojet, encargado del sacrificio ritual; el sofer, escriba de textos religiosos; y el mohel, responsable de las circuncisiones. Había construido sinagogas, espacios de estudio y servicios comunitarios y había dejado una profunda huella en la economía y en la fisonomía de la ciudad.

Su influencia se aprecia también en el patrimonio arquitectónico. Guahnich destaca el papel de empresarios y mecenas judíos en el desarrollo del modernismo melillense y sostiene que el 80 % de los edificios modernistas de Melilla están pagados con capital judío. La comunidad contribuyó así no solo a conservar una identidad religiosa y cultural, sino también a impulsar la transformación urbana de Melilla y su proyección económica.

La historia continuó después de la Segunda Guerra Mundial y llegó hasta el presente. En 1950 se puso en funcionamiento un horno para la elaboración de matzá, el pan ázimo utilizado durante la Pascua judía. En 1997 se erigió un monumento en honor de D. Yamín A. Benarroch, destacado filántropo y mecenas de la construcción de la sinagoga Or Zaruah. Y en 2005 Melilla volvió a protagonizar otro hito de carácter nacional con la creación del primer eruv de España.

En este recorrido de más de un siglo, la ketubá que ahora viajará a Toledo funciona como una pieza especialmente elocuente. Guahnich la define como "un contrato nupcial", pero su significado trasciende el contenido jurídico del documento. Según explica, la estructura del contrato matrimonial que conservan los judíos sefardíes mantiene la tradición de los rabinos del Reino de Castilla. La tradición sobrevivió al desplazamiento de las comunidades expulsadas hacia el norte de África y llegó posteriormente con ellas a Melilla. "Después de 500 años seguimos teniendo el mismo contrato nupcial que había en el Reino de Castilla", afirma. Y esa continuidad, añade, se mantiene hasta el día de hoy.

La ketubá se convierte así en un hilo material entre dos orillas de la historia. El documento que nació en el ámbito cultural de Sefarad atravesó la expulsión, encontró continuidad en el Magreb y terminó formando parte de la memoria judía de Melilla. No se trata, por tanto, de una pieza aislada, sino de un objeto capaz de contar una historia de siglos a través de un gesto cotidiano y esencial: el matrimonio. Su presencia temporal en la Sinagoga del Tránsito permite además que esa historia pueda ser contemplada dentro de uno de los espacios más emblemáticos de la memoria judía española.

La continuidad no se limita a los documentos. Guahnich explica que la comunidad sefardí ha conservado también expresiones lingüísticas, religiosas y gastronómicas que reflejan los territorios por los que pasó. El ladino mantiene un lugar en determinadas oraciones y tradiciones, mientras que el hebreo continúa siendo la lengua litúrgica. En algunas celebraciones aparecen también el árabe y, en determinados casos, palabras o fragmentos vinculados a otras lenguas del norte de África como el amazige. En la noche de Pesaj, explica, la Hagadá se relata en hebreo, se traduce al español y se incorporan párrafos en ladino y árabe. Incluso, señala, en algunos casos aparecen expresiones en amazige. La propia gastronomía funciona como otro archivo de esa memoria: recetas procedentes de la tradición sefardí se mezclaron con productos, preparaciones y dulces adquiridos durante los siglos de convivencia en el Magreb.

Para Guahnich, esa capacidad de conservar y al mismo tiempo incorporar elementos de los lugares de paso es una de las claves para entender la identidad sefardí. La tradición no se ha mantenido inmóvil, sino que ha viajado y se ha enriquecido con cada etapa. De ahí que una ketubá, un rezo o un plato puedan convertirse en testimonios de una historia mucho mayor que la de la propia comunidad que los conserva. "Nosotros intentamos ser fieles a nuestras tradiciones, no cambiarlas", explica, precisamente para preservar la continuidad de unas costumbres que considera ancestrales.

El acercamiento entre Melilla y Toledo ya tuvo un primer episodio el pasado 4 de febrero, cuando Diego Fernández Jiménez ofreció en Melilla la conferencia "Un museo de culturas: el Museo Sefardí de Toledo en diálogo con Melilla". El encuentro permitió presentar la trayectoria y los fondos del Museo Sefardí de Toledo y sirvió para reforzar unos vínculos que ambas instituciones pretenden ahora consolidar. La colaboración, explica Guahnich, llevaba tiempo intentando despegar y ha encontrado este año una vía concreta para estrechar los lazos entre ambos espacios museísticos.

El siguiente paso será en Toledo. El próximo 28 de septiembre, Mordejay Guahnich ofrecerá en el interior del Museo Sefardí una conferencia sobre la historia y la presencia judía sefardí en Melilla. Su intervención se desarrollará coincidiendo con la exposición temporal que tendrá como protagonista la ketubá cedida por el Museo Etnográfico de Melilla. Guahnich llegará a Toledo con la experiencia acumulada por Mem Guímel desde 2007, una asociación que se acerca ya a sus dos décadas de actividad dedicada a la difusión y promoción del mundo judío-sefardí.

Su conferencia pondrá el foco en Melilla como ciudad puente de retorno de los judíos a Sefarad y como enclave singular dentro de la historia contemporánea del judaísmo español. Guahnich reivindica especialmente los hitos que se fueron sucediendo desde el siglo XIX: la primera sinagoga en 1866, el primer nacimiento registrado en 1877, el primer matrimonio en 1888, la consolidación de las instituciones religiosas y comunitarias a comienzos del siglo XX, la creación del Barrio Hebreo en 1905, la fundación oficial de la Comunidad Israelita en 1908, el Colegio Talmud-Torá en 1924, el horno para matzá en 1950 y, ya en el siglo XXI, el primer eruv de España en 2005.

Todos ellos dibujan la evolución de una comunidad que convirtió una presencia inicialmente vinculada al comercio en una sociedad organizada, con instituciones, patrimonio y tradiciones propias. "Es un orgullo, no solamente para los judíos melillenses, sino para todos los melillenses", sostiene Guahnich, porque aquella comunidad contribuyó a construir una parte de la ciudad y, con ella, una de las expresiones más singulares de la multiculturalidad española.

Ahora el movimiento se produce en sentido inverso: Melilla pone una pieza de sus colecciones a disposición de Toledo y, al mismo tiempo, aporta su experiencia para explicar la historia de la comunidad que representa. La ketubá será durante seis meses el objeto visible de ese intercambio; la conferencia, el espacio para contar lo que hay detrás de ella. Entre ambos gestos se dibuja una colaboración que pretende ir más allá de una exposición puntual y abrir un diálogo estable entre dos instituciones unidas por la memoria sefardí.

Tags: Asociación Mem GuímelKetubahMordejay GuahnichMuseo EtnográficoMuseo Sefardí de Toledo

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