El nervio vago, el más largo que alberga el cuerpo humano y uno de los más importantes, pasa por prácticamente todos los órganos de los que depende el funcionamiento del cuerpo humano. Los expertos aseguran que está conectado a nuestros sentimientos y emociones. Se le conoce también como décimo par craneal o nervio neumogástrico.
Este nervio mixto se origina en el tronco encefálico, particularmente, en el bulbo raquídeo, en la zona posterior a las orejas. Desde ahí, parte hacia el lado izquierdo y derecho del cuello, baja por el pecho y llega hasta el abdomen. Su nombre procede del latín “vagari”, que significa “vagar”, puesto que esto es lo que hace por toda la estructura corporal del ser humano.
De este modo, el nervio conecta el tronco cerebral con el resto de órganos: corazón, pulmones, estómago, intestinos, páncreas, hígado, riñones, bazo y vesícula. Sus ramificaciones permiten tres tipos de regulación: parasimpática, controlando la frecuencia cardíaca, la respiración y las funciones digestivas; motora, actuando sobre los músculos de la faringe y la laringe para facilitar la deglución y fonación; y sensorial, incidiendo sobre la oreja externa, la faringe y la zona torácica y abdominal.
Funciona mediante lo que podría definirse como unos “sensores”, que recogen toda la información necesaria de lo que está pasando —en tiempo real, claro—, y la envían al cerebro. Es el elemento central del sistema nervioso parasimpático, que se encarga de las funciones y actos involuntarios del cuerpo.
Mientras que el sistema nervioso simpático prepara a las personas para pasar a la acción, el parasimpático es el que interviene para apagar ese impulso. Ayuda a cambiar el “mood” de las personas, permitiendo el descanso, la relajación e incluso la regulación de la frecuencia cardíaca y respiratoria. Por lo tanto, la relación con los pensamientos y sentimientos es casi directa.
En el terreno de la alimentación, por ejemplo, el nervio vago tiene un papel esencial. Centrándonos en el intestino, aunque también en el resto del cuerpo, conviven una serie de microorganismos conocidos como microbioma. Son bacterias que defienden el organismo de patógenos y bacterias invasoras, pero que también contribuyen al proceso digestivo y que extraen algunas sustancias químicas que son beneficiosas para el cerebro.
Estas sustancias llegan a él mediante el nervio vago que, como hemos mencionado, cruza y conecta todos los órganos centrales y es el principal promotor de las acciones involuntarias que desarrollamos. En resumen, lo que comemos sí importa, y algunos alimentos tendrán un efecto directo y positivo en nuestra mente.
Por otro lado, existen tratamientos médicos que estimulan el nervio vago para tratar algunos casos de depresión o epilepsia, siempre, bajo prescripción de un profesional. Los fines son terapéuticos. Independientemente de este aparato, hay actividades que se pueden hacer en el día a día para estimularlo que, según la ciencia, reducen los niveles de ansiedad y estrés.
Cantar, tararear o repetir mantras forman parte de la lista. En parte, a causa de la vibración que se produce en la garganta y del estado al que induce la respiración diafragmática profunda. Además, realizar un masaje cervical suave, practicar ejercicio físico moderado como el yoga, mantener una alimentación equilibrada, tener una rutina de descanso, hacer ejercicios de relajación… En definitiva, llevar un estilo de vida saludable, sí que regula el sistema nervioso y tiene grandes beneficios para el bienestar de las personas.
Bien es cierto que, cualquier alteración en el nervio vago, podría derivar en problemas digestivos, pérdida de la voz, cambios en el ritmo cardíaco o hasta mareos. En la mayoría de los casos, estos daños colaterales se pueden manejar desde un enfoque integral. Si no conocías la importancia de este nervio, ahora ya sabes que, sin él, muchos de los procesos que tienen lugar a nivel interno, no podrían darse.








