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Entre el verso, la prosa y el escenario, el último viaje de unos personajes antes del estreno

El elenco de Maldita Manía Producciones ultima La discreta enamorada con los últimos ensayos antes del estreno, culminando un proceso de construcción colectiva donde el verso, la comedia y la complicidad dan forma a la adaptación del clásico de Lope de Vega

por Alejandra Gutiérrez
29/07/2026 14:03 CEST
Entre el verso, la prosa y el escenario, el último viaje de unos personajes antes del estreno

Elenco de la adaptación de Maldita Manía de la obra de Lope de Vega. -AGC-


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Cada escenario termina imponiendo su propia lógica. Los personajes ya conocen la historia que deben contar, pero necesitan recorrer el espacio donde esa historia cobrará vida delante del público. El ensayo técnico ofrece precisamente ese primer contacto. Los desplazamientos dejan de responder a una idea para acomodarse al lugar concreto en el que se desarrollará la representación; las escenas buscan su posición definitiva y el elenco comienza a relacionarse con un escenario que pasa a formar parte de la interpretación. Es un proceso de reconocimiento mutuo entre los actores y el espacio, donde aparecen matices, pequeñas correcciones y nuevas referencias que terminan de completar un trabajo iniciado semanas atrás.

Ese momento llegó este martes para Maldita Manía Producciones. El Hospital del Rey acogió el ensayo técnico de La discreta enamorada, la adaptación que María Zaragoza firma sobre la conocida comedia de Lope de Vega y que Alejandra Acedo y Alba Rosa han trasladado a la década de los setenta. Tras semanas de preparación, el elenco afrontó la primera toma de contacto con el lugar donde, los días 30 y 31 de julio y 1 de agosto, el público asistirá a una historia en la que el enredo, el humor y las relaciones entre sus personajes vuelven a demostrar la vigencia de uno de los grandes autores del Siglo de Oro.

Aunque el ensayo técnico suele asociarse a cuestiones relacionadas con la iluminación, el sonido o la escenografía, para los intérpretes representa también una parte esencial del proceso creativo. El escenario deja de ser una referencia futura para convertirse en un espacio que condiciona la interpretación. Cada entrada encuentra su lugar, los recorridos comienzan a adquirir un ritmo definitivo y las escenas descubren una nueva relación con el entorno donde van a desarrollarse. Es el momento en el que la función empieza a asentarse sobre una realidad física compartida por todos los elementos que forman parte del montaje.

Ese proceso llega después de casi dos meses de ensayos en los que la compañía ha trabajado sobre una adaptación que mantiene el espíritu de la obra de Lope de Vega, pero desplaza la acción a los años setenta. La propuesta no renuncia a la esencia del clásico, sino que establece un diálogo entre dos épocas muy diferentes. El verso convive con la prosa, los conflictos sentimentales permanecen intactos y los personajes continúan moviéndose dentro de la misma red de equívocos y deseo, aunque envueltos ahora por una estética y un contexto distintos.

Ese tránsito entre tiempos ha condicionado también el trabajo de los actores. Todos coinciden en que acercarse a un texto requiere un proceso largo de entendimiento del diálogo y el personaje. No basta con memorizar un libreto; resulta necesario comprender el lugar desde el que habla cada personaje, la manera en que piensa, las normas sociales que condicionan sus decisiones y el ritmo propio del lenguaje. A partir de ahí comienza una búsqueda mucho más personal, en la que cada intérprete intenta descubrir qué elementos de sí mismo pueden servir para acercarse al personaje y cuáles debe construir desde cero.

José Oña explica que entender quién es el personaje constituye el verdadero punto de partida. Conocer su historia, su carácter y la forma en que se relaciona con los demás facilita que el texto deje de percibirse como una sucesión de frases aprendidas y encuentre una lógica propia. Ese trabajo previo convierte el aprendizaje en un proceso mucho más orgánico, aunque inmediatamente aparece otra dificultad: integrar esa construcción individual dentro del trabajo colectivo que exige una obra coral.

Porque el teatro, también una comedia de enredos como La discreta enamorada, se sostiene sobre la relación constante entre todos los personajes. Ninguna escena depende exclusivamente de quien pronuncia el texto. Cada intervención necesita la escucha del compañero, la respuesta adecuada, el ritmo preciso y un conocimiento compartido del desarrollo de la función. Los ensayos han permitido precisamente consolidar esa dimensión colectiva. Los actores conocen no solo sus propias intervenciones, sino también el recorrido completo de la obra, una circunstancia que les permite sostener cualquier pequeño imprevisto que pueda surgir durante una representación sin romper la continuidad de la historia.

Las semanas de preparación también han servido para que cada intérprete encuentre su propio método de construcción. Ninguno habla de un proceso idéntico al de sus compañeros. Cada personaje ha exigido un camino diferente, condicionado tanto por las características del papel como por la manera en que cada intérprete entiende el trabajo actoral.

Maribel Rabaneda reconoce que el verso fue uno de los aspectos que más tiempo necesitó para asumir. Durante los primeros ensayos sentía cierta distancia respecto a un lenguaje que todavía no le resultaba natural. Las palabras parecían pertenecer más al texto que al personaje. Sin embargo, esa sensación fue desapareciendo conforme avanzaba el proceso. La repetición, el trabajo constante y el conocimiento cada vez más profundo de Belisa terminaron transformando aquella percepción inicial. Poco a poco dejó de preocuparse por la forma del verso para concentrarse en las emociones y las intenciones del personaje, hasta el punto de sentir que, al entrar en escena, era Belisa quien ocupaba su lugar.

En Jorge Abad el proceso ha seguido otro recorrido, aunque el vaivén entre la prosa y el verso también le resultó complejo. Su punto de partida se encuentra en la expresión corporal. Antes incluso de fijar determinados matices del texto, busca la manera de caminar, de ocupar el espacio y de mover el cuerpo que mejor define a cada personaje. Esa construcción física termina condicionando también la voz y el ritmo de la interpretación. En una adaptación donde alternan momentos en verso y en prosa, esa diferenciación corporal y vocal le ayuda a marcar los cambios sin perder naturalidad. Su intención ha sido alejarse de una interpretación de máscaras del teatro clásico para acercarse a personajes reconocibles desde un reflejo más natural.

Clara Espejo ha debido afrontar un desafío distinto con Fenisa, personaje protagonista y narradora de la historia. Además de sostener buena parte del desarrollo dramático, rompe la cuarta pared e incorpora continuamente al público dentro de la acción. La actriz encuentra semejanzas con la autenticidad y la determinación del personaje, pero reconoce que uno de los mayores retos ha consistido en transmitir la rapidez con la que Fenisa elabora nuevas estrategias dentro del enredo. Los cambios de pensamiento son casi inmediatos y la interpretación debe reflejar esa agilidad sin perder claridad para el espectador.

María Mendoza también ha establecido un diálogo muy personal con Gerarda. La actriz identifica cierta timidez compartida con el personaje en sus primeras apariciones, aunque la evolución dramática la conduce después hacia una faceta mucho más segura y sensual. Ese crecimiento ha obligado a trabajar registros muy diferentes dentro de un mismo recorrido interpretativo, manteniendo siempre presente el equilibrio entre la esencia clásica del personaje y la ambientación escogida para esta adaptación.

José Oña aborda al capitán Bernardo desde la experiencia de un hombre acomodado, con posición económica y una autoridad que, dentro del entramado de la comedia, termina viéndose desbordada por la inteligencia y las decisiones de los personajes femeninos. El actor entiende que conocer el contexto del personaje resulta tan importante como aprender el texto y considera que la propia naturaleza de la obra ayuda a comprender la vigencia del teatro de Lope de Vega. Recuerda que La discreta enamorada pertenece a las grandes comedias de enredos del dramaturgo y subraya que, ya en el siglo XVII, el autor otorgó a las mujeres un protagonismo inusual para la época, convirtiéndolas en el auténtico motor de la acción mientras los hombres quedan a merced de las estrategias que ellas ponen en marcha. "A mí me tienen loco", señala con humor.

La construcción de esos personajes no ha sido un proceso aislado. Todos los intérpretes coinciden en señalar el peso que ha tenido la dirección durante los ensayos. Alejandra Acedo y Alba Rosa han acompañado ese recorrido desde el conocimiento del texto, pero también desde la escucha constante de las propuestas que iban surgiendo durante el trabajo. El objetivo no consistía en reproducir una interpretación cerrada, sino en ayudar a que cada actor encontrara la personalidad de su personaje, afinando matices, corrigiendo excesos y ofreciendo referencias que permitieran comprender mejor cada escena. Ese acompañamiento, explican, les ha permitido apropiarse del texto sin perder de vista la intención de la adaptación.

Esa libertad ha resultado especialmente valiosa en una obra donde el diálogo alterna verso y prosa y donde la naturalidad termina siendo una de las principales herramientas para acercar el clásico al espectador actual. Los actores destacan que la dirección les ha permitido acomodar determinadas frases a la acción que se estaba desarrollando sobre el escenario, siempre respetando el sentido del texto. La interpretación, apuntan, no siempre responde a una sucesión rígida de palabras colocadas exactamente igual en cada ensayo. Existen pequeñas modulaciones que nacen de la propia escena, del ritmo que adquiere un diálogo o de la reacción del compañero. Encontrar ese margen de libertad les ha permitido construir personajes más orgánicos y hacer que las conversaciones fluyan con mayor naturalidad.

Ese proceso de apropiación también ha fortalecido el sentido de grupo. La compañía habla de unos ensayos marcados por la cercanía, el humor y la confianza. Las jornadas de trabajo terminaron creando un ambiente donde cada propuesta encontraba espacio para desarrollarse y donde la observación del trabajo ajeno acabó convirtiéndose en otra forma de aprendizaje. Mientras esperaban su entrada en escena, los intérpretes seguían con atención el trabajo de sus compañeros, descubriendo recursos interpretativos diferentes y maneras distintas de resolver una misma situación dramática.

José Oña reconoce que esa posibilidad de contemplar la interpretación de los demás ha sido una de las experiencias más enriquecedoras del montaje. Observar cómo cada actor construye un personaje desde herramientas diferentes le ha permitido admirar un oficio que, incluso compartiendo escenario, nunca deja de sorprender. Maribel Rabaneda comparte esa sensación y asegura haber disfrutado especialmente viendo evolucionar al resto del elenco durante los ensayos. La actriz destaca, además, el descubrimiento profesional que ha supuesto trabajar por primera vez junto a José Oña, una experiencia que se suma a la relación ya consolidada con otros compañeros de reparto y que ha contribuido a reforzar el ambiente de complicidad que ha acompañado todo el proceso.

Ese clima termina reflejándose también sobre las tablas. La obra se apoya continuamente en el juego de relaciones entre los personajes y en una sucesión de enredos donde cada intervención depende de la anterior y prepara la siguiente. Mantener ese engranaje exige que todos conozcan el recorrido completo de la función. Los actores explican que no basta con dominar las propias intervenciones; resulta imprescindible saber qué ocurre antes y después de cada escena, cuál es el estado emocional del compañero y hacia dónde se dirige el diálogo. Ese conocimiento compartido permite reaccionar con naturalidad si surge cualquier pequeño imprevisto y convierte la representación en un ejercicio permanente de escucha.

A esa dificultad se suma otra que todos identifican como una de las más complejas del oficio: hacer comedia. Provocar la risa del público nunca responde a una fórmula exacta. Mientras el drama suele establecer un vínculo emocional relativamente inmediato con el espectador, el humor depende de una sensibilidad mucho más cambiante. Una misma escena puede despertar carcajadas en una función y provocar sonrisas mucho más contenidas en la siguiente, aun cuando el texto, el ritmo y los intérpretes sean exactamente los mismos. Esa incertidumbre obliga a mantener una atención constante durante toda la representación y a escuchar también la respuesta del público para acompasar el desarrollo de la función.

El formato del Hospital del Rey intensifica todavía más esa relación. La cercanía entre el escenario y las butacas elimina buena parte de la distancia que suele existir en otros espacios escénicos. Los actores perciben con claridad los gestos de los espectadores, sus miradas, sus silencios y la manera en que reciben cada situación. María Mendoza compara esa experiencia con la diferencia entre actuar en un gran concierto y hacerlo en un formato mucho más íntimo. En escenarios de mayor capacidad, explica, resulta imposible distinguir las expresiones del público. Aquí, en cambio, la proximidad permite una comunicación mucho más directa, casi inmediata, que termina formando parte de la propia representación.

Maribel Rabaneda reconoce que esa cercanía impone respeto y recuerda con especial impresión la primera función que realizó en el Hospital del Rey en 2019. Sin embargo, esa sensación desaparece conforme avanza la representación y acaba transformándose en uno de los aspectos que más disfruta. La respuesta del espectador llega de manera instantánea y convierte cada pase en una experiencia diferente.

Esa proximidad también exige un nivel elevado de concentración. En un espacio donde actores y público prácticamente comparten el mismo entorno, cualquier sonido inesperado o una conversación puede convertirse en una distracción momentánea. Los intérpretes asumen esa posibilidad como parte de la naturaleza del formato y entienden que la capacidad para mantener la escena, sin perder el ritmo de la historia, forma parte igualmente del trabajo actoral.

Mientras el ensayo técnico avanza entre cambios de iluminación, ajustes de sonido y las últimas correcciones escénicas, la función comienza a adquirir la forma con la que llegará al estreno. Los movimientos encuentran su medida definitiva, las escenas terminan de asentarse y el elenco recorre una y otra vez el escenario incorporándolo a la memoria construida durante las semanas de preparación. Este miércoles llegará el ensayo general y, finalmente, el momento en el que el público complete el último paso de ese recorrido.

La discreta enamorada conserva intacto el mecanismo de la comedia de Lope de Vega, donde los enredos sentimentales, las estrategias de Fenisa, la presencia de Belisa, el capitán Bernardo, Lucindo o Gerarda sostienen una historia que sigue encontrando eco cuatro siglos después de haber sido escrita. La adaptación de María Zaragoza traslada esa trama a los años setenta, pero mantiene la inteligencia de unos personajes que continúan moviéndose entre el deseo, el equívoco y la apariencia, demostrando que determinadas historias encuentran nuevas formas de dialogar con cada época.

Cuando se levante el telón, el público contemplará el resultado de unas semanas de trabajo que difícilmente se perciben desde la butaca. Detrás de cada gesto habrá horas de ensayo, de análisis del texto, de construcción del personaje y de conversaciones compartidas entre actores y dirección. También permanecerá el conocimiento mutuo que ha ido consolidando el elenco, la confianza necesaria para sostener una obra coral y la convicción de que el teatro únicamente adquiere pleno sentido cuando todas esas piezas terminan encontrándose delante del espectador. En ese instante, el trabajo deja de pertenecer exclusivamente a quienes lo han construido para convertirse en una historia compartida, donde el humor, el verso, la prosa y la complicidad entre los personajes vuelven a encontrarse con el público desde la cercanía que ofrece el escenario del Hospital del Rey.

Tags: Alba RosaAlejandra AcedoCiclo Microteatro Hospital del ReyClara EspejoElencoJorge AbadJose OñaLa discreta enamoradaMaldita Manía ProduccionesMaría MendozaMaría ZaragozaMaribel Rabaneda

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