"Gracias, gracias y gracias". Juan Manuel González acostumbra a despedirse así cuando termina un concierto y, ya en casa, empieza a recibir los vídeos que el público ha grabado durante la actuación. No habla de cifras de asistencia ni de repertorios perfectos. Habla de personas que cantan, que aplauden, que bailan y que, durante unas horas, olvidan el reloj para dejarse llevar por una rumba o una bulería. "Nosotros nos limitamos a hacer nuestro trabajo, pero cuando ves que ese trabajo hace feliz a la gente, ese es el orgullo más grande que uno puede tener", confiesa. Esa gratitud repetida tres veces resume también la historia de Los Soniketes: la de un grupo que nunca ha entendido la música como un simple espectáculo, sino como un encuentro entre amigos que termina extendiéndose a toda una ciudad.
La historia comenzó mucho antes de que el nombre de Los Soniketes apareciera en los carteles de las verbenas de verano. En 1997 nació Arte Calé, la primera formación en la que coincidieron buena parte de los músicos que hoy siguen compartiendo escenario. Aquella aventura se prolongó hasta 2010, cuando el grupo hizo un alto en el camino. El silencio, sin embargo, fue breve. Tres años después, algunos de aquellos compañeros decidieron volver a reunirse. Cambiaron el nombre, renovaron parte de la formación y comenzaron una nueva etapa bajo la denominación de Los Soniketes, pero sin renunciar a aquello que había definido al grupo desde sus primeros acordes: una forma muy particular de entender el flamenco.
Han pasado casi treinta años desde entonces. En ese tiempo algunos músicos se despidieron de los escenarios, otros más jóvenes fueron incorporándose al proyecto y la formación evolucionó al ritmo que marcan los años. Sin embargo, González insiste en que el alma del grupo permanece intacta. No se trata únicamente de conservar un repertorio o un estilo musical. Se trata de mantener una manera de trabajar construida sobre la confianza absoluta entre quienes llevan media vida compartiendo escenario.
Esa complicidad se percibe incluso antes de que suene la primera guitarra. En Los Soniketes las canciones no siempre nacen en un ensayo. A veces aparecen en mitad de una actuación. Uno comienza a cantar una melodía que nadie había previsto interpretar y, casi de inmediato, los músicos se incorporan como si la hubieran preparado durante semanas. La improvisación deja de ser un riesgo para convertirse en una costumbre. Después llega el momento más delicado: encontrar el final de una canción que nunca tuvo un principio planificado. Entonces basta una mirada. Un gesto apenas perceptible sirve para que todos entiendan cuándo cerrar la interpretación. Es un lenguaje silencioso que solo construyen los años.
Esa espontaneidad encuentra un aliado natural en el flamenco, un género donde la intuición ocupa un lugar tan importante como la técnica. González está convencido de que Melilla comparte esa manera de vivir la música. Define la ciudad como profundamente flamenca y considera que esa afinidad cultural ha permitido que el grupo conecte con varias generaciones de melillenses. No habla únicamente de quienes crecieron escuchándolos, sino también de quienes hoy acuden con sus hijos a las mismas verbenas donde ellos comenzaron a cantar hace décadas.
La propuesta musical de Los Soniketes nació precisamente para ocupar un espacio que entonces apenas existía. Su intención nunca fue reproducir fielmente las canciones de otros artistas. Buscaron reinterpretarlas. Tomaron como punto de partida el repertorio de nombres tan reconocibles como Ketama, Niña Pastori o Camela y comenzaron a vestir aquellas composiciones con un lenguaje propio. Las melodías seguían siendo reconocibles, pero el resultado ya no pertenecía únicamente a sus autores originales. Pasaban a convertirse en canciones de Los Soniketes.
Cada versión atraviesa un proceso colectivo en el que todos aportan su personalidad. Si una guitarra pide otro compás, si una voz encuentra un matiz diferente o si un tema funciona mejor con otro aire flamenco, la canción cambia hasta adquirir una identidad completamente nueva. Esa forma de trabajar ha terminado convirtiéndose en uno de los principales sellos del grupo y en una de las razones por las que el público reconoce sus interpretaciones desde los primeros acordes.
Con el paso del tiempo también se permitieron explorar otros territorios musicales. Aunque reconocen que determinados estilos actuales no forman parte de sus preferencias, nunca han rechazado una buena canción por el género al que pertenezca. Han adaptado temas de pop, han transformado composiciones nacidas en el reguetón cuando les interesaba especialmente el mensaje de la letra e incluso se han acercado a la música clásica. La premisa siempre ha sido la misma: llevar cualquier canción al terreno del flamenco sin perder su esencia.
Una de las experiencias que mejor refleja esa filosofía llegó cuando una organización argentina los invitó a participar en un espectáculo dedicado al tango. El reto consistía en interpretar grandes clásicos del repertorio argentino respetando su identidad. Los Soniketes aceptaron el desafío y transformaron obras como Volver en bulerías, alegrías y otros palos flamencos. El resultado sorprendió tanto a los organizadores como al público. Para González fue una demostración de que la música puede viajar de un género a otro sin dejar de emocionar.
El grupo también ha encontrado espacio para la creación propia. Aunque la mayoría del público los identifica por sus versiones, cuentan con varias composiciones originales que forman parte de su repertorio. Entre ellas destaca El Ruiseñor, una canción convertida casi en una pequeña leyenda entre sus seguidores. La piden con insistencia en muchos conciertos y, sin embargo, el cantante reconoce entre risas que casi siempre termina olvidando interpretarla. Promete hacerlo, llega el momento y el concierto continúa por otros caminos. Quizá precisamente por eso la canción conserva ese punto de espera que alimenta la complicidad con quienes llevan años siguiéndolos.
Más allá de los escenarios, la historia del grupo ha terminado entrelazándose con la propia historia reciente de las fiestas populares de Melilla. La verbena del barrio de Corea es uno de esos lugares donde esa relación se hace especialmente visible. Los Soniketes llevan siete u ocho años actuando allí con motivo de la festividad de la Virgen del Carmen y González cree que esa celebración ha dejado de pertenecer únicamente al barrio para convertirse en una cita de toda la ciudad.
Mientras recuerda las calles llenas de vecinos, no puede evitar regresar a su infancia. Él mismo creció viviendo aquellas verbenas que durante años fueron desapareciendo poco a poco. Por eso celebra que los barrios hayan recuperado ese espíritu comunitario. Considera que estas fiestas vuelven a llenar las calles de vida y permiten reencontrarse con una forma de convivencia que parecía haberse perdido. En ese escenario, Los Soniketes no sienten que simplemente ofrezcan un concierto. Se consideran una pieza más de una tradición que vuelve a fortalecerse cada verano.
Algo parecido ocurre en el Club Marítimo, donde las actuaciones estivales forman ya parte de la programación habitual. González habla con especial cariño de los socios, del ambiente familiar que se genera y de la respuesta que siempre encuentran sobre el escenario. Quizá por eso sorprende descubrir que ninguno de los integrantes vive exclusivamente de la música. Todos compaginan los ensayos con sus respectivos trabajos. Organizar una actuación significa cuadrar turnos laborales, buscar huecos para ensayar y adaptarse a las obligaciones personales de cada uno. Mantener una formación numerosa durante casi treinta años exige una disciplina silenciosa que pocas veces percibe el público. Sin embargo, ninguno parece dispuesto a renunciar a ello.
El próximo viernes volverán a interpretar su música con sentimiento en cada canción en la Casa del Mar, donde ofrecerán un concierto dentro de una cena de verano. González aprovecha para agradecer el esfuerzo de los empresarios que apuestan por este tipo de espectáculos, conscientes de que contratar un grupo numeroso supone un importante esfuerzo económico. Considera que esa apuesta también forma parte de la vida cultural de la ciudad y permite ofrecer a vecinos y visitantes una forma diferente de disfrutar de las noches estivales.
Mientras tanto, la mirada ya se dirige hacia la Feria de Melilla. Todavía no hay actuaciones cerradas, aunque las conversaciones han comenzado. No sería una presencia nueva. Desde que el grupo existe, primero como Arte Calé y después como Los Soniketes, nunca han faltado a la gran cita festiva de la ciudad. Para González resulta difícil imaginar una feria sin un grupo flamenco poniendo música a las noches.
Ese vínculo con Melilla también les ha llevado a protagonizar algunos de los momentos más especiales de su trayectoria. El pasado año reinterpretaron el himno de la ciudad con un arreglo flamenco durante los actos del Día de Melilla. Reconoce que aceptar aquella propuesta les produjo cierto vértigo. Sabían que no estaban trabajando con una canción cualquiera, sino con un símbolo cargado de significado para los melillenses. La adaptación se realizó con absoluto respeto y el resultado terminó convirtiéndose en uno de los recuerdos más emocionantes del grupo, culminado con el público en pie mientras sonaban los últimos acordes.
A comienzos de septiembre volverán a encontrarse con otra cita que ya forma parte de su calendario: los actos organizados por la Legión con motivo de su aniversario. Son escenarios diferentes, públicos distintos y celebraciones con identidades propias, pero todos comparten un mismo hilo conductor: la presencia constante de un grupo que ha acompañado durante casi tres décadas algunos de los momentos más reconocibles de la vida festiva de Melilla.
Y, pese a esa experiencia acumulada, González desmonta con una sonrisa cualquier imagen de disciplina antes de salir al escenario. No hay largos calentamientos vocales, ni rituales para cuidar la garganta, ni estrictas normas antes de cantar. "Somos un grupo de amigos salvajes", admite entre risas. Los nueves integrantes del grupo llegan, afinan los instrumentos y empiezan a tocar. Y, al finalizar cada concierto, Juan Manuel González vuelve a expresar "gracias, gracias y gracias"; tres palabras que suenan menos a despedida que a continuación de una historia que, treinta años después, sigue escribiéndose al ritmo del flamenco.








