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Sarapín revivirá la infancia de Corea entre magia y juegos populares

Tras su espectáculo para los más pequeños el sábado a las 17 h., el artista volverá a ponerse al frente de los juegos populares que durante décadas llenaron de vida las calles del barrio

por Alejandra Gutiérrez
16/07/2026 17:48 CEST
Sarapín revivirá la infancia de Corea entre magia y juegos populares

Juegos populares dinamizados por Sarapín. -Cedida por Jesús Castejón. Autora: Merche Melilla-


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El verano en barrio Corea tiene un sonido propio. Es el de las risas de los niños corriendo por la calle, el de las sillas arrastrándose para comenzar un juego, el de los vecinos que se saludan después de meses sin verse y el murmullo de quienes, al llegar julio, vuelven a pronunciar una misma palabra hacia la Virgen del Carmen: "Guapa". También tiene un aroma inconfundible, el de los claveles que acompañan a la patrona de los marineros y el de la sal que llega desde el mar y que, para muchas familias, huele a infancia y a hogar estos días.

Porque la festividad de la Virgen del Carmen en Corea es, también, un ejercicio de memoria colectiva. Una celebración que se hereda y se transmite como quien presenta entre sus manos una joya y deposita en su hijo o hija cuando crece. Un recuerdo, un arraigo, una memoria de lo vivido y de los que lo vivieron anteriormente. Una cita en la que se cruzan generaciones enteras y en la que los recuerdos de los mayores terminan convirtiéndose en experiencias vinculantes para los más pequeños. La programación se prolonga más allá del día grande de la patrona, permitiendo que el barrio siga alargando ese tiempo suspendido en el que parece que la vida vuelve a girar alrededor de las calles, de los vecinos y de las tradiciones.

Entre quienes viven estos días con especial emoción se encuentra Jesús Castejón, el popular payaso Sarapín que lleva actuando cerca de 20 años dentro de la programación. Castejón recuerda también su paso vistiendo un cabezudo antes incluso de desprender la magia de su personaje de nariz roja, su traje a cuadros y sus zapatos grandilocuentes.

Su relación con Corea es estrecha y familiar, por lo que el entorno y la celebración de la Virgen del Carmen se dispersa entre sus propios recuerdos infantiles. Su padre nació en el barrio, también sus abuelos y sus tías. Creció entre las aceras del Hipódromo y su infancia está inevitablemente unida a aquellas calles a las que acudía para visitar a su abuelo y donde terminó construyendo buena parte de sus recuerdos y de sus amistades.

Por eso, cuando habla de la Virgen del Carmen, lo hace desde el sentimiento de pertenencia de quien considera el barrio una extensión de un sentimiento de pertenencia y un pilar fundamental durante su infancia.

El próximo sábado 18 de julio, a las cinco de la tarde, Sarapín volverá a convertirse en uno de los protagonistas de la programación festiva. Lo hará con un espectáculo pensado para el público infantil y familiar, un espacio de magia y de ilusión en el que los niños y niñas se acercan con la misma fascinación de siempre y ganas de reír. Durante un rato, la sorpresa y la diversión ocuparán el centro de la fiesta y el popular artista volverá a demostrar por qué lleva años siendo una de las figuras más queridas por los pequeños melillenses.

Pero, en realidad, la participación de Sarapín en las fiestas de Corea no terminará cuando concluyan los números de magia. Ahí comienza otra de sus grandes aportaciones a la celebración y, probablemente, la que conecta de manera más íntima con la historia del barrio.

Después del espectáculo llegarán los juegos populares, aquellos que siguen formando parte de aulas y campamentos, pero que ya no se recrean en las calles de los vecindarios. Las carreras de sacos, el tira y afloja, el juego de las sillas y otras pruebas populares volverán a ocupar la vía pública. Son juegos sencillos, casi humildes en su planteamiento, pero cargados de memoria. En ellos se esconde también una manera de entender la convivencia, la infancia y el propio barrio.

Muchos de esos juegos son los mismos a los Castejón jugó siendo niño y a los que antes habían jugado su padre y sus abuelos. Algunos han desaparecido con el paso del tiempo. La cucaña, aquel palo que se clavaba en el suelo y que había que escalar para alcanzar una bandera, forma ya parte de los recuerdos de quienes crecieron en el barrio y vivían el día de la patrona con intensidad. Otros, sin embargo, continúan vivos gracias al empeño de quienes se niegan a dejar que las tradiciones se pierdan y recurren a ellos.

Y ahí reside, precisamente, el valor de esta propuesta. Porque los juegos no se organizan como un mero complemento del espectáculo de Sarapín ni como una actividad de dinamización infantil más dentro de la programación. Son una forma de recuperar la memoria del barrio y de transmitirla a las nuevas generaciones, involucrándolas y acercándoselas entre las calles del vecindario.

Castejón recuerda que hace años algunos vecinos se encargaban de organizar estas actividades y que, cuando él y Sarapón comenzaron a actuar en las fiestas, asumieron también esa responsabilidad. Para él, continuar con esta tradición es un honor y una forma de devolver al barrio parte de todo lo que recibió de él siendo apenas un niño.

Sarapín, 20 años en un barrio -Cedidas por Jesús Castejón-

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La imagen que dejan estos juegos resume a la perfección el espíritu de la Virgen del Carmen en Corea. Los más pequeños participan con entusiasmo, pero poco a poco terminan implicándose los mayores. Se forman grupos por edades, aunque las fronteras duran poco. Los abuelos animan, los padres se atreven a competir, los tíos hacen trampas entre risas y los vecinos se convierten de nuevo en una gran familia reunida alrededor de algo tan sencillo como una carrera de sacos o una silla vacía.

En ese instante desaparecen las diferencias generacionales. Porque las fiestas de Corea tienen precisamente esa capacidad: la de reunir a quienes permanecieron y a quienes un día tuvieron que marcharse. Tras el derribo de la antigua urbanización, explica Castejón, muchas familias se dispersaron por distintos puntos de la ciudad. Algunas se instalaron en las Minas del Rif, otras en el Tesorillo y otras esperaron durante años hasta regresar. Sin embargo, la identidad del barrio sobrevivió al cambio de escenario.

Cada verano regresan antiguos vecinos que viven en Barcelona, Madrid o cualquier otro lugar de España y de la ciudad. Algunos reservan expresamente sus vacaciones para coincidir con la Virgen del Carmen, ejemplifica el artista. Llegan con hijos y nietos para enseñarles el barrio del que tantas veces han oído hablar y para reencontrarse con amigos y familiares a los que siguen sintiendo cerca pese al paso del tiempo y la distancia.

Para Sarapín, hay personas que esperan estas fechas con la misma ilusión con la que otros esperan la Navidad. Porque la Virgen del Carmen no es solo una fiesta, tiene la capacidad de vivirse como un reencuentro con uno mismo, con la historia familiar, con la historia vecinal.

También es una celebración de la fe. De esa relación íntima y personal que muchas familias mantienen con la patrona de los marineros, a la que sienten como una figura protectora y maternal. Y es, igualmente, un homenaje a un pasado ligado al mar, a los oficios que nacieron a su alrededor y a una forma de vida en la que los vecinos compartían mucho más que un lugar de residencia.

Por eso las fiestas de barrio, defiende Castejón, siguen siendo necesarias. Porque unen, porque crean comunidad y porque mantienen viva una forma de convivencia que parece cada vez más difícil de encontrar. La invitación, insiste, está abierta a toda la ciudad. La verbena, los cabezudos, la ofrenda floral, el tradicional arroz del domingo y los juegos populares no son únicamente patrimonio de Corea; son una celebración de todos los melillenses.

Y mientras un niño siga corriendo con un saco entre las piernas, mientras una abuela siga explicando cómo se jugaba en las calles y mientras un payaso convertido en guardián de la memoria siga reuniendo a varias generaciones alrededor de la magia y de los juegos de siempre, la Virgen del Carmen continuará demostrando que las tradiciones no sobreviven por inercia, sino que permanecen vivas porque hay un conjunto de personas dispuestas a seguir recordándolas.

Tags: SarapínVirgen del Carmen

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