En el artículo anterior terminábamos con una pregunta que continúa acompañando esta investigación.
Durante milenios existieron culturas que contemplaron a los animales no solo como seres útiles o peligrosos, sino también como participantes de una realidad compartida. Pero si aquellas sociedades percibían la vida como una red profundamente interconectada, surge una nueva cuestión.
¿Cómo evolucionó esa visión del mundo cuando aparecieron los primeros asentamientos permanentes, las grandes comunidades agrícolas y nuevas formas de organización social?
Para acercarnos a esa pregunta debemos viajar hasta Anatolia, en la actual Turquía, donde hace aproximadamente nueve mil años floreció uno de los asentamientos más fascinantes del Neolítico: Çatalhöyük.
A diferencia de las cuevas paleolíticas, aquí encontramos una sociedad sedentaria. Casas construidas unas junto a otras, agricultura, domesticación de animales y una nueva forma de habitar el territorio.
Sin embargo, algo resulta especialmente llamativo. Los símbolos vinculados a la naturaleza no desaparecen. Por el contrario, parecen adquirir una presencia todavía más compleja.
Entre las numerosas figuras halladas en el yacimiento destacan representaciones femeninas asociadas a animales, escenas relacionadas con la fertilidad, bucráneos de toro integrados en los espacios domésticos y diversas imágenes que parecen expresar una profunda relación entre la vida humana y los ciclos de regeneración de la naturaleza.
Entre ellas se encuentra la célebre figura femenina sentada entre dos felinos, ya mencionada en el artículo anterior, que sigue planteando preguntas sobre la relación entre lo humano y lo animal en este universo simbólico.
Lo verdaderamente interesante quizá no sea determinar exactamente quién era aquella figura, sino preguntarnos qué nos revela sobre la forma de percibir el mundo de quienes la crearon. Porque en estas imágenes la naturaleza no aparece como un escenario externo.
Los animales, las plantas, el nacimiento, la muerte y la vida humana parecen formar parte de un mismo tejido simbólico.
Marija Gimbutas propuso que muchas de estas representaciones podían interpretarse como manifestaciones de una Gran Diosa vinculada a los ciclos de transformación de la existencia. Sus hipótesis siguen siendo objeto de debate, pero contribuyeron a revalorizar la presencia de símbolos relacionados con la regeneración y la continuidad de la vida en el Neolítico.
Quizá por eso estas imágenes siguen despertando tantas preguntas. ¿Y si para aquellas comunidades la naturaleza no era algo separado del ser humano? ¿Y si los animales, las plantas y las fuerzas que regulaban la existencia eran percibidos como expresiones de una misma realidad compartida?
Desde la mirada contemporánea, acostumbrados a pensar en términos de separación entre humanidad y naturaleza, estas cuestiones pueden parecer extrañas porque nos obligan a preguntarnos cómo hemos llegado a percibir el mundo del modo en que hoy lo hacemos.
Y aquí aparece una cuestión especialmente interesante cuando observamos algunas investigaciones contemporáneas sobre yoga, mindfulness y comportamiento humano.
Diversos estudios han encontrado que las personas que practican yoga presentan una probabilidad significativamente mayor de seguir una alimentación vegetariana que la población general.
Una investigación publicada en la revista científica Frontiers in Psychology evaluó intervenciones de mindfulness y encontró que estas prácticas tienen un impacto positivo directo en la actitud hacia los alimentos vegetarianos.
Un análisis sobre los hábitos de los practicantes de yoga, publicado en la revista Complementary Therapies in Clinical Practice, concluyó que quienes llevan más de 5 años practicando yoga tienen menos probabilidades de consumir carne y huevos y una mayor tendencia a la ingesta regular de frutas y verduras.
Y esto nos lleva a preguntarnos: ¿Qué ocurre cuando prestamos más atención? ¿Qué sucede cuando la percepción deja de estar centrada exclusivamente en nuestras necesidades inmediatas y comienza a incluir de forma más amplia aquello que nos rodea?
En muchas tradiciones contemplativas, incluido el yoga, la práctica no busca únicamente relajación o bienestar personal. Busca transformar la relación que mantenemos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo que habitamos.
Resulta imposible saber cómo experimentaban la realidad los habitantes de Çatalhöyük hace nueve mil años. Pero algunas de sus imágenes parecen sugerir una intuición que sigue apareciendo en distintas tradiciones contemplativas y en ciertas investigaciones contemporáneas: que la vida no se compone de entidades completamente separadas, sino de relaciones.
Tal vez por eso algunas de las preguntas más antiguas de la humanidad continúan siendo también las más actuales. ¿Dónde terminamos nosotros y dónde comienza el resto de la vida? ¿Existe realmente una separación tan profunda como solemos imaginar? ¿O formamos parte de una red de relaciones mucho más amplia de lo que habitualmente percibimos?
Y si es así, surge una nueva pregunta que nos acompañará en el próximo capítulo. Las antiguas culturas neolíticas dejaron numerosas imágenes vinculadas a serpientes, aves y otras criaturas asociadas a la transformación, la regeneración y el misterio de la vida. ¿Qué representaban realmente estos símbolos? ¿Y por qué algunos de ellos terminarían convirtiéndose, siglos después, en figuras que los héroes debían vencer? Quizá la historia de la conciencia humana todavía tenga mucho por revelar.








