En el artículo anterior entrábamos en el laberinto de Creta siguiendo el hilo de Ariadna. Quizá ahora podamos utilizar ese mismo hilo para regresar un poco más atrás y mirar el camino que hemos recorrido.
Porque, cuando observamos juntos el Paleolítico, el Neolítico y la antigua Creta, descubrimos algo que al principio podía parecer una sucesión de culturas y símbolos diferentes, pero que poco a poco adquiere la forma de un mismo relato: una manera de comprender la existencia en la que la vida no aparece dividida en compartimentos, sino como una totalidad de la que el ser humano forma parte.
No sabemos qué pensaban exactamente quienes pintaron los animales en las cuevas paleolíticas. No conocemos sus plegarias ni podemos reconstruir con certeza sus creencias. Pero sí podemos contemplar las imágenes que dejaron y preguntarnos por qué aquellos animales ocuparon un lugar tan extraordinario en su universo simbólico.
El bisonte, el caballo, el ciervo o el uro no parecen simples representaciones de aquello que cazaban. Forman parte de un mundo en el que la naturaleza parece poseer una dimensión que va mucho más allá de lo utilitario.
Miles de años después, durante el Neolítico, esa relación con la naturaleza adquirirá nuevas formas. La humanidad aprenderá a cultivar la tierra, a guardar semillas y a observar los ciclos de las estaciones. La semilla desaparecerá bajo la tierra para volver a nacer; la Luna crecerá y menguará; las plantas morirán y volverán a brotar; los animales nacerán, se reproducirán y morirán.
Y la mujer, capaz de gestar una nueva vida dentro de su cuerpo, ocupará un lugar central en ese gran misterio de la regeneración.
Marija Gimbutas interpretó buena parte de este universo simbólico como expresión de una antigua visión religiosa centrada en la naturaleza, la fertilidad y la regeneración. Sus propuestas han sido discutidas y matizadas por otros investigadores, pero dejaron una pregunta abierta y que para mi sigue vigente:
¿Qué clase de mundo imaginaba una sociedad en la que lo femenino, los animales y los ciclos naturales ocupaban un lugar tan importante dentro de su universo simbólico?
Esa pregunta nos condujo hasta Creta.
En la antigua civilización minoica encontramos un lenguaje simbólico extraordinariamente rico. La divinidad aparece vinculada a las montañas, las cuevas, los árboles y el mar; las aves, las serpientes y las abejas participan de su universo; los animales forman parte de los rituales y de las representaciones sagradas.
No sabemos a ciencia cierta qué significaba cada una de estas imágenes, pero resulta difícil no percibir una sensibilidad en la que la frontera entre naturaleza, ser humano y divinidad parece mucho menos rígida que en nuestra experiencia moderna.
Anne Baring y Jules Cashford comienzan precisamente su capítulo sobre Creta, en El mito de la diosa, con una frase que parece resumir esa sensibilidad:
«Hay un poema en el corazón de todas las cosas».»
Quizá ese poema sea el hilo que estamos siguiendo.
Una manera de contemplar la existencia en la que lo sagrado no parece estar completamente separado de la naturaleza. La montaña puede ser sagrada porque pertenecemos a ella; el animal puede ser digno de respeto porque compartimos con él el misterio de estar vivos; el árbol puede convertirse en símbolo de regeneración porque reconocemos en sus ciclos algo que también ocurre dentro de nosotros.
Quizá por eso este recorrido nos ha llevado hasta una palabra que pertenece a una tradición muy posterior, pero que puede ayudarnos a nombrar esa intuición: yoga.
No porque podamos afirmar que las personas del Paleolítico o del Neolítico practicaran yoga. Sería un anacronismo. El yoga pertenece a otro contexto histórico y a una tradición filosófica y espiritual mucho más tardía.
Pero podemos utilizarlo como metáfora para formular otra pregunta:
¿Y si la experiencia de no sentirse radicalmente separado de aquello que nos rodea fuera mucho más antigua que el nombre que, miles de años después, recibió? El cuerpo pertenece a la tierra.
Respiramos el mismo aire que otros seres vivos. Dependemos del agua, de las plantas, de los animales y de innumerables procesos naturales que apenas percibimos.
Nuestra vida nunca ha sido verdaderamente independiente.
Quizá por eso aquella antigua sensibilidad nos resulta todavía tan cercana. Porque seguimos necesitando recordar algo que nuestra propia civilización parece olvidar con frecuencia: no vivimos sobre la naturaleza, sino dentro de ella.
Pero mientras ese antiguo lenguaje continuaba apareciendo en distintos lugares del Mediterráneo, el mundo estaba cambiando.
La Edad del Bronce no fue solamente la época de una nueva tecnología. La metalurgia, las armas, las redes de intercambio y la concentración de recursos favorecieron la aparición de grandes centros de poder. En distintos lugares surgieron sociedades más jerarquizadas, con palacios, administradores, guerreros y territorios organizados alrededor de élites cada vez más poderosas.
Esto no significa que las sociedades anteriores fueran pacíficas, igualitarias o un paraíso perdido. La historia es mucho más compleja.
Pero sí podemos observar un cambio profundo en la manera de organizar la sociedad y, con ella, en los relatos que las culturas construyen sobre el mundo.
El poder adquiere un lugar cada vez más visible. La guerra ocupa un espacio creciente. El territorio se convierte en algo que defender, conquistar y administrar.
Y los dioses comienzan, en muchos contextos, a reflejar también ese nuevo orden: adquieren protagonismo figuras vinculadas al cielo, al trueno, a la guerra, a la soberanía y a la autoridad.
Las antiguas imágenes no desaparecen. Las serpientes siguen apareciendo. Los árboles continúan siendo símbolos. Los animales conservan su dimensión ritual. Las antiguas divinidades femeninas sobreviven bajo nuevos nombres, atributos y relaciones con las divinidades masculinas.
El antiguo tejido no se rompe de repente. Se transforma. Los símbolos pueden sobrevivir al cambio de religión, aunque su significado se modifique.
Y quizá ahí encontremos una de las claves para comprender la historia: no siempre sustituimos un mundo por otro. Muchas veces construimos lo nuevo sobre las imágenes, los relatos y los símbolos de lo antiguo. Pero la mirada puede cambiar.
El mundo que podía experimentarse como una totalidad viva comienza, en determinados contextos, a organizarse cada vez más alrededor de la jerarquía, el territorio y el poder.
Y el héroe empieza a ocupar un lugar central en los relatos. El guerrero que conquista. El rey que vence. El dios que domina. El hombre que se enfrenta al monstruo y regresa victorioso.
Durante siglos, nuestras historias estarán llenas de hombres que entran en territorios desconocidos para enfrentarse a monstruos, conquistar tierras, matar dragones, fundar ciudades y obtener gloria.
Y aquí el laberinto de Creta adquiere una nueva dimensión Ariadna nos entrega el hilo. Teseo entra en el laberinto. El monstruo espera en el centro. Y el héroe regresa.
Quizá podamos leer esta historia también como una metáfora de una transformación más profunda: el paso de una experiencia del mundo como tejido del que formamos parte a otra en la que el mundo comienza a aparecer como un territorio que debemos conquistar y dominar.
No es una frontera que podamos situar en una fecha concreta. No ocurrió de repente, ni ocurrió de la misma manera en todas las culturas.
Pero algo estaba cambiando.
Y necesitábamos detenernos aquí antes de seguir avanzando.
Porque hemos pasado mucho tiempo siguiendo un mismo hilo: desde los animales de las cuevas hasta las imágenes del Neolítico; desde los ciclos de la tierra hasta Creta; desde la montaña, la cueva y el árbol hasta las aves, las serpientes y las abejas.
Detrás de todos ellos parecía existir una intuición difícil de demostrar históricamente, pero poderosa como pregunta: la vida es un tejido y nosotros formamos parte de él.
El hilo de Ariadna puede convertirse ahora en nuestra propia metáfora. No solamente el hilo que permite salir del laberinto, sino el hilo de la memoria que nos permite reconocer una continuidad allí donde la historia parece mostrarnos solamente rupturas.
Porque estamos a punto de entrar en un mundo nuevo.
Un mundo de reyes, guerreros, palacios y dioses, en el que aquella antigua sensibilidad no desaparecerá, pero tendrá que aprender a sobrevivir dentro de otras estructuras.
Quizá sea entonces cuando empiece una de las grandes transformaciones de nuestra historia: no la desaparición inmediata de aquella antigua conciencia, sino su progresiva pérdida de centralidad.
El tejido seguirá ahí. Pero comenzaremos a olvidar que formamos parte de él.








