Dieciséis años después de su nacimiento y tras un tiempo largo de sopor, Colega Melilla vuelve a ocupar un espacio visible dentro del activismo LGTBI de la ciudad. No lo hace desde la nostalgia ni desde la reivindicación de una sigla, sino desde la convicción de que existen problemas que siguen persistiendo y realidades que continúan desarrollándose lejos de los focos, ocultas tras el miedo, el anonimato y el peso de determinadas estructuras sociales. Así lo defiende Alejandro Chaib, presidente de la asociación, que habla del regreso de la entidad.
La historia de Colega Melilla comienza oficialmente en 2010, aunque sus raíces se remontan a los años previos. Sus fundadores procedían de una generación de activistas que ya participaban de forma activa en la defensa de los derechos del colectivo en la ciudad, especialmente desde Amlega. Sin embargo, alrededor de 2009 comenzó a gestarse otra forma de entender el activismo. Una visión más combativa, más ambiciosa y menos conformista. La idea, recuerda Chaib, era no limitarse a conservar los espacios conquistados, sino ampliar los márgenes de actuación, ocupar nuevos ámbitos sociales y políticos y reivindicar el derecho de la propia comunidad a decidir cuáles debían ser sus metas.
Aquella ilusión inicial apenas tuvo tiempo de consolidarse. Cuando la asociación comenzaba a formalizarse administrativamente, surgieron conflictos que terminaron provocando una exposición pública que dañó profundamente el proyecto. Según explica, la organización se vio envuelta en dinámicas de confrontación y disputas que poco tenían que ver con la representación plural que pretendían construir. El resultado fue una paralización progresiva de la actividad. Colega Melilla nunca desapareció completamente, pero quedó suspendida en una larga etapa de inactividad, mientras sus integrantes continuaban colaborando individualmente en otras iniciativas y organizaciones.
El deseo de volver, sin embargo, nunca desapareció. Ese impulso reapareció con fuerza en 2024, en un contexto que Chaib considera especialmente delicado. Habla del crecimiento de los discursos de odio, del avance de la extrema derecha en distintos países y de una sensación de acomodamiento dentro de determinados espacios del activismo, que incluso se suman a este contexto de polarización. En su análisis, Chaib recorre el panorama nacional y del colectivo y se detiene en Melilla. Considera que, en el espectro local, durante años se ha desarrollado un trabajo importante en ámbitos como la prevención sanitaria, la sensibilización educativa o la atención a cuestiones relacionadas con la diversidad sexual, pero cree que algunas reivindicaciones fundamentales han quedado relegadas. “Nos hemos acostumbrado a gestionar lo que nos dan en lugar de luchar por lo que necesitamos”, viene a resumir.
Su análisis parte de una premisa fundamental: Melilla no puede entenderse desde los mismos parámetros que otras ciudades españolas. La singularidad cultural, religiosa y social del territorio condiciona profundamente la experiencia de las personas LGTBI. Para Chaib, gran parte de los discursos actuales continúan construyéndose desde referencias externas que no terminan de responder a las necesidades reales de quienes viven en la ciudad. Habla de una multiculturalidad que con demasiada frecuencia funciona como un eslogan turístico, pero que todavía no se traduce plenamente en espacios compartidos y una convivencia real entre los ciudadanos.
Desde esa perspectiva, considera que muchos de los problemas permanecen invisibles porque apenas se estudian. No se trata únicamente de orientación sexual o identidad de género. Son situaciones donde la discriminación se cruza con la pobreza, la precariedad habitacional, la migración, los conflictos familiares, la salud mental o el abandono escolar. “La gente ve la parte sexual del colectivo, la fiesta o los estereotipos, pero se olvida de que hablamos de personas que tienen las mismas necesidades básicas que cualquier otra”, explica.
Es precisamente ahí donde la asociación quiere centrar buena parte de sus esfuerzos. Desde hace meses desarrolla de forma discreta un proyecto de acogida temporal para personas en situación de vulnerabilidad. La iniciativa funciona gracias a la cesión voluntaria de una vivienda y al trabajo altruista de colaboradores, socios y profesionales que prestan apoyo jurídico y psicológico sin recibir contraprestación económica. Actualmente, tres personas residen en ese recurso temporal. Entre ellas se encuentra una persona migrante que, según relata Chaib, había sufrido agresiones sexuales, amenazas y situaciones de violencia que la habían dejado fuera de los circuitos convencionales de protección.
La experiencia ha reforzado una idea que la asociación venía defendiendo desde hace tiempo: Melilla carece de recursos específicos para atender determinadas emergencias sociales dentro del colectivo LGTBI. En una ciudad limitada geográficamente por el mar y la frontera, donde abandonar el entorno familiar o buscar una alternativa habitacional resulta especialmente complicado, la ausencia de espacios de acogida puede convertirse en una situación dramática.
Chaib describe casos de jóvenes que abandonan los estudios tras años de acoso, personas que viven su orientación sexual en secreto por miedo al rechazo familiar y hombres y mujeres que terminan construyendo vidas alejadas de sus propios deseos para responder a expectativas sociales o culturales. Habla también de quienes no encuentran apoyo ni en sus hogares ni en sus centros educativos y que, en consecuencia, desarrollan problemas de salud mental que pueden llegar a situaciones extremas.
A su juicio, la sociedad sigue observando estas cuestiones desde una óptica excesivamente simplificada. Cuando se habla del colectivo LGTBI, asegura, todavía existe una tendencia a reducir toda la conversación a la sexualidad. Una visión que considera profundamente injusta porque oculta el sufrimiento de personas que pierden oportunidades laborales, rompen vínculos familiares o ven comprometido su futuro educativo por razones relacionadas con su identidad o su orientación sexual.
Esa preocupación le lleva también a reclamar una implicación más decidida de las administraciones públicas. Defiende la necesidad de crear mecanismos permanentes de coordinación entre la Ciudad Autónoma, la Delegación del Gobierno, las entidades sociales y el sector privado para abordar estas problemáticas desde una perspectiva integral. Considera insuficientes algunas estructuras existentes y reclama espacios de participación donde las asociaciones puedan intervenir activamente en el diseño de políticas públicas.
La reivindicación de la visibilidad ocupa igualmente un lugar central en su discurso. Para Chaib, el Orgullo sigue siendo una herramienta política imprescindible. No únicamente una celebración, sino una forma de ocupar espacios públicos y recordar el origen reivindicativo del movimiento. Por eso lamenta que determinadas actividades vinculadas a esta conmemoración terminen alejándose de los lugares más visibles de la ciudad. Entiende que el espíritu del Orgullo reside precisamente en la presencia pública, en la normalización y en la capacidad de compartir el espacio común sin esconderse.
A pesar de las dificultades, su discurso no está marcado por el pesimismo. Reconoce la magnitud de los desafíos, pero insiste en la necesidad de mantener la esperanza y la capacidad de organización. Considera que la comunidad LGTBI ha demostrado históricamente una enorme capacidad para transformar la sociedad y romper barreras aparentemente inamovibles. Cree, además, que Melilla posee una oportunidad singular para convertirse en un referente de convivencia real si es capaz de asumir plenamente toda su diversidad.
Mientras tanto, Colega Melilla continúa reconstruyéndose. Sin subvenciones públicas, con recursos limitados y apoyándose fundamentalmente en el trabajo voluntario, la asociación intenta consolidar proyectos que trasciendan la reivindicación simbólica para intervenir directamente sobre problemas concretos. La ambición es grande, reconoce Chaib, pero también lo son las necesidades que observan cada día.
Por encima de todo, insiste en una idea que resume el espíritu de esta nueva etapa. Después de años de letargo, la asociación ha decidido volver porque considera que aún quedan demasiadas personas sin voz. Y porque, como repite durante la conversación, hay realidades que ya no pueden seguir escondidas detrás de los tópicos ni de las estadísticas. “No hemos vuelto para callarnos”, afirma. “Hemos vuelto porque todavía queda mucho por hacer”.
Y con esta determinación, este año colaboran con Amlega en la XXII Orgullo del Norte de África, participando en la programación y en la manifestación del día 20 que recorrerá la arteria principal melillense, Avenida Juan Carlos I, a partir de las 19 horas, celebrando con alegría y reivindicación junto a entidades sociales y políticas, porque si algo representa al colectivo, comenta, es “la alegría. No la fiesta; la alegría. La esperanza, el color, la luz, el amanecer. Todo lo que sea mirar al futuro, al horizonte”.








