Hace un año, David Grimaldi caminó por las calles de Melilla la Vieja sin imaginar que terminaría regresando como uno de los nombres propios de la primera edición de Melilla en Danza. Durante aquel paseo, entre murallas, plazas y rincones cargados de historia, algo captó su atención. Una sensación difícil de concretar, una sucesión de imágenes urbanas y una conexión inmediata con el espacio que permaneció suspendido en el aire.
Aquella percepción terminó convirtiéndose en una premonición. En un escenario posible para el movimiento. Un año después, esa imagen toma forma real. El próximo 19 de junio, dos compañías dirigidas por el bailarín, intérprete y coreógrafo participarán en el I Festival de Danza Contemporánea Melilla en Danza, dirigido por Marina Varem, llevando hasta distintos espacios de Melilla la Vieja dos propuestas construidas desde la técnica, la experimentación y una profunda búsqueda de la belleza.
La primera cita llegará a las 20:45 horas en el Torreón de las Cabras con Untitled Duet, interpretada por las bailarinas Úrsula y Ana. Apenas unos minutos después, a las 21:10 horas, el movimiento continuará en la Plaza de Pedro de Estopiñán con Trash, un trío formado por las dos intérpretes junto a Marina. Dos piezas distintas que comparten una misma esencia creativa y que condensan buena parte del universo artístico desarrollado por Grimaldi durante los últimos años.
Virtuosismo, presencia escénica, belleza, moda e imagen en movimiento son algunos de los conceptos que atraviesan ambas propuestas. También la voluntad de romper la forma. De tomar una técnica rigurosamente trabajada y deformarla hasta convertirla en un lenguaje propio. Una filosofía que, en realidad, nace de la propia trayectoria vital de su creador y su cotidianeidad.
Porque la historia de David Grimaldi dentro de la danza comenzó mucho más tarde de lo habitual. Cuando tenía 15 años ni siquiera sabía que existía la posibilidad de dedicarse profesionalmente al baile. No conocía conservatorios, compañías ni escuelas especializadas. Tampoco imaginaba que terminaría recorriendo escenarios de toda España y el extranjero, ni siquiera se veía participando en producciones audiovisuales, giras musicales o semanas de la moda internacionales. La danza, sencillamente, no formaba parte de su mundo.
Todo cambió a raíz de una conversación con una amiga que le habló de una escuela en Málaga donde se estudiaban danza, interpretación y canto. Aquella posibilidad despertó algo inmediato. Una vocación tan intensa como inesperada. Decidió entonces plantearle a su madre una petición que parecía difícil de asumir: abandonar Algeciras con apenas 16 años para marcharse a estudiar a la provincia vecina.
La respuesta llegó acompañada de una condición. Tendría que sacar las mejores notas posibles. Grimaldi aceptó el reto. Consiguió las calificaciones excelentes y emprendió un camino que recuerda como una mezcla de incertidumbre, ilusión y esfuerzo. También de sacrificios económicos sostenidos por su familia y por distintas becas que hicieron posible una formación que de otro modo habría resultado prácticamente inalcanzable.
Aquellos años estuvieron marcados por jornadas interminables. Mientras cursaba el bachillerato, completaba simultáneamente el Grado Profesional de Danza Clásica y el Grado Superior de Artes Escénicas en la Escuela Superior de Artes Escénicas de Málaga (ESAEM). Entraba por la mañana y salía por la noche. Apenas quedaba tiempo para otra cosa. Los fines de semana servían para seguir ensayando y preparándose. Las vacaciones prácticamente desaparecieron. Su objetivo era claro: ponerse al día.
Porque cuando llegó a la danza lo hizo con retraso respecto a la mayoría de sus compañeros. Muchos llevaban formándose desde los ocho años. Él comenzaba una década después. Aquella diferencia le obligó a multiplicar esfuerzos. Mientras otros acumulaban años de aprendizaje técnico, Grimaldi intentaba condensar ese recorrido en apenas unos cursos.
Lo consiguió a través del trabajo. Horas de estudio, entrenamiento constante y una disciplina férrea le permitieron avanzar a gran velocidad. Llegó a completar el Grado Profesional de Danza Clásica en tres años en lugar de seis, promocionando cursos de manera consecutiva. Una exigencia que moldeó tanto al artista como a la persona.
Paradójicamente, la disciplina que terminaría definiendo gran parte de su carrera fue una de las menos presentes en su formación académica. Mientras dedicaba numerosas horas semanales a la danza clásica, se integraba en clases de flamenco, hip-hop, jazz y música urbana; el contemporáneo apenas ocupaba una pequeña parte de su horario. Aquello no frenó su interés. Comenzó entonces un aprendizaje paralelo y autodidacta que desarrollaba fuera de las clases.
Vídeos, horas en salas de ensayo, observación constante y experimentación personal fueron construyendo un lenguaje propio. Mientras perfeccionaba la técnica clásica, exploraba nuevas formas de movimiento que terminarían acercándolo a la danza contemporánea. Un proceso donde la personalidad empezó a adquirir tanta importancia como la ejecución técnica.
Antes incluso de finalizar sus estudios llegó una oportunidad que confirmaría que el camino elegido tenía sentido. Una audición le abrió las puertas de A Chorus Line, la producción impulsada por Antonio Banderas en Málaga. Aún no había concluido su formación cuando comenzó a trabajar profesionalmente en uno de los montajes más importantes del panorama nacional.
A partir de ahí, los escenarios comenzaron a multiplicarse. Madrid llegó después como un nuevo desafío. En Danza180 continuó ampliando su formación a través del Grado Profesional de Danza Contemporánea y del Laboratorio Coreográfico. Allí empezó a establecer contactos, a trabajar con coreógrafos invitados al laboratorio y a consolidar una carrera que no ha dejado de crecer.
Como intérprete ha formado parte de compañías como las de Mercedes Pedroche, Adi Schwarz Dance Project, Blanca Li, Dana Raz Dance Project, Alejandría Cinque o CaraBdanza. También ha trabajado junto a Carmelo Segura, Carlos Rodríguez Compañía, Tomás Pintos y Juan Berlanga. Su presencia se ha extendido igualmente al ámbito audiovisual, con participaciones en producciones para Netflix, Amazon Prime y Disney+, además de espacios televisivos como Got Talent España, Drag Race, X Factor o Adivina mi talento.
Sobre los escenarios ha acompañado a artistas como Tokisha, Lia Kali, Samantha Hudson, Violeta, Çantamarta, Sofía Coll, Ede o Sen Senra. Con este último ha desarrollado además labores de cocoreografía en espectáculos celebrados en recintos como el WiZink Center, el Arena Roig o el Coliseum. Sin embargo, cuando habla de su trayectoria, Grimaldi no sitúa el momento más importante en ninguno de esos escenarios. Para él, la etapa más estimulante es la actual. La de la creación propia.
Tras varios años trabajando en una compañía estable como bailarín principal, tomó una decisión que marcó un punto de inflexión. Renunció a una situación segura porque sentía que ya había absorbido todo lo que podía aprender en aquel contexto. Necesitaba evolucionar. Seguir creciendo. Buscar nuevos desafíos. Fue, de nuevo, una especie de salto al vacío. Una apuesta basada en algo que ha acompañado toda su carrera: la confianza en sí mismo.
Aquella decisión abrió una nueva etapa en la que comenzaron a convivir la danza, la moda, la creación escénica y las giras. También la construcción de un lenguaje artístico propio. Durante años ha ido acumulando materiales, secuencias y propuestas coreográficas hasta conformar un archivo creativo que calcula en cerca de diez horas continuadas de movimiento.
Un banco de ideas que revisa constantemente. Que recicla, transforma y adapta. Porque el creador, cuyas obras llegarán a Melilla, no es el mismo que comenzó a bailar siendo adolescente. Su cuerpo ha cambiado. También sus referencias, inquietudes y formas de entender el movimiento. Ese archivo evoluciona con él.
En sus creaciones conviven la belleza y la crudeza. La técnica académica y su deformación. La precisión y el error. Un error que, lejos de entender como un fracaso, considera una de sus principales fuentes de inspiración. También existe una preocupación constante por quienes interpretan sus piezas. Quiere que los bailarines habiten el movimiento desde un lugar cómodo, propio, auténtico.
Esa filosofía atraviesa especialmente Trash, una obra nacida durante uno de los viajes que realiza cada año para desconectar de la intensidad de la profesión. Lejos de los escenarios, de las compañías, de los ensayos y de las giras, encuentra un espacio de contacto con la naturaleza y con lo efímero. Fue durante una de esas escapadas, compartida con Marina, cuando comenzó a tomar forma una idea que acabaría convirtiéndose en una de sus creaciones más personales.
Ahora, aquella capacidad para transformar experiencias en movimiento llega a Melilla. A la ciudad que un día recorrió como visitante y que el próximo día 19 de junio se convierte en escenario de dos propuestas que condensan años de formación, trabajo, intuición y búsqueda artística. Dos piezas que hablan de movimiento, pero también de algo más profundo: de la importancia de confiar en uno mismo incluso cuando el camino todavía no existe.








