En el salón de actos del CIFP Reina Victoria Eugenia no solo se preparan estos días para la puesta de insignias de sus estudiantes. En la primera columna que da paso al espacio, un cartel anuncia que el tránsito por esas puertas dejará de estar asociado, al menos por un tiempo, a la imagen habitual de butacas, escenarios, focos y telones para convertirse en una experiencia artística.
Al cruzar el umbral, las paredes del salón se visten de color, formas, manchas y trazos que invitan a detener la mirada. Acrílicos que permiten descubrir figuras, ideas y denuncias sociales; composiciones que hablan de música, de memoria, de conflictos y de vida. Todo ello construido a partir de un lenguaje visual que oscila entre la abstracción, el simbolismo y la geometría. Es el universo creativo de Atanasio López, Tana, un profesor conocido por generaciones de alumnos en Melilla y que ahora abre una ventana a una faceta mucho más personal.
La exposición obliga a mirar despacio. A primera vista, las obras parecen construidas desde la libertad del gesto, desde la espontaneidad de la mancha y el movimiento. Sin embargo, conforme la mirada permanece sobre ellas, comienzan a emerger figuras, símbolos y narrativas que convierten cada cuadro en una especie de conversación abierta con el espectador. Rostros apenas insinuados, cuerpos que surgen entre los colores, instrumentos musicales, elementos geométricos y referencias a la realidad social aparecen y desaparecen dependiendo del tiempo que se les dedique.
La música ocupa un lugar destacado dentro de ese universo simbólico. Aparece en forma de guitarras, pentagramas e instrumentos que atraviesan distintas composiciones. En algunas obras, los elementos musicales se convierten en metáforas de trayectorias vitales. Una guitarra con el mástil quebrado parece evocar caminos interrumpidos o posibilidades que nunca llegaron a desarrollarse plenamente. En otras, una gran tinaja se transforma en símbolo de la vida y de la herencia familiar, mientras las líneas musicales recorren su superficie como una prolongación de los sueños, las vocaciones y los anhelos transmitidos de generación en generación.
Los colores también adquieren una dimensión narrativa. No aparecen únicamente como recursos estéticos, sino como elementos cargados de significado. El verde representa la esperanza, la creatividad y la posibilidad de construir. El negro introduce la presencia de las sombras que acompañan la existencia humana, las contradicciones, las pérdidas o las adicciones que a veces forman parte de determinados recorridos vitales. Ambos colores conviven en muchas de las obras, construyendo un diálogo constante entre la creación y la adversidad.
Junto a los símbolos musicales afloran también las huellas de su formación técnica. Números, herramientas, líneas rectas, estructuras geométricas y elementos constructivos se integran en composiciones donde la precisión de la ingeniería dialoga con la libertad de la pintura. Son rastros de una trayectoria profesional vinculada al dibujo técnico, los planos y los cálculos necesarios para levantar estructuras y dar consistencia a los espacios físicos. En los cuadros de Tana, esos conocimientos no desaparecen; se transforman en parte del lenguaje artístico.
Pero la exposición trasciende lo autobiográfico. Entre manchas, figuras y símbolos aparecen también algunas de las preocupaciones que acompañan al artista en su observación cotidiana del mundo. La guerra, la violencia machista, el racismo, el clasismo, las desigualdades sociales, los conflictos educativos o la relación del ser humano con la naturaleza surgen de manera recurrente. No lo hacen desde la representación literal ni desde el mensaje explícito, sino a través de imágenes sugeridas que invitan al espectador a completar el significado desde su propia experiencia.
Esa capacidad para hacer visible lo figurativo dentro de la abstracción constituye uno de los rasgos más característicos de su obra. Las manchas iniciales, aparentemente caóticas, terminan revelando cuerpos, rostros, animales, instrumentos o escenas completas. Como si las imágenes hubieran estado siempre ocultas bajo la superficie esperando ser descubiertas. El resultado son composiciones que oscilan constantemente entre lo abstracto y lo reconocible, entre la intuición y la reflexión, entre la libertad del gesto y la voluntad de transmitir una idea.
Natural de Eljas, en la comarca cacereña de Sierra de Gata, Atanasio López lleva más de treinta cursos académicos residiendo en Melilla. Durante este tiempo ha desarrollado su labor docente en distintos ámbitos, desde el dibujo técnico hasta los actuales ciclos de Formación Profesional de Tecnología de Automoción y Prevención de Riesgos Profesionales. Su formación como Ingeniero Técnico Industrial lo acostumbró desde joven a trabajar con líneas, planos, estructuras y cálculos. Sin embargo, detrás de aquella precisión técnica siempre convivió una necesidad de expresión más libre que ha terminado encontrando en el arte un espacio propio.
La creatividad forma parte de una historia que comenzó mucho antes de las aulas y de la ingeniería. Tana recuerda una infancia marcada por el trabajo manual y el contacto permanente con la naturaleza. Creció en una familia acostumbrada al esfuerzo cotidiano, donde la dedicación al campo y el cuidado por los detalles formaban parte de la vida diaria. Siendo apenas un niño construía con madera pequeñas reproducciones de herramientas agrícolas, prensas de vino o alambiques que observaba utilizar a los mayores. Aquella inclinación por crear con las manos surgió de manera natural.
“Esto viene de siempre”, recuerda. “Con cinco o seis años ya hacía cosas imitando lo que veía a los mayores”. Una afición que atribuye en buena medida al entorno familiar. De sus padres heredó una forma de entender el trabajo basada en la constancia y el perfeccionismo. La experiencia en el campo, el cuidado del ganado, los olivos y el contacto permanente con la naturaleza conformaron una sensibilidad que todavía hoy aflora en muchas de sus obras.
La música también ocupó un lugar esencial en ese aprendizaje. Su madre cantaba mientras realizaba las tareas domésticas, tras el trabajo en el campo, y sus hermanos tocaban instrumentos. La expresión artística formaba parte de la vida cotidiana sin necesidad de academias ni escenarios. Aquellas primeras experiencias dejaron una huella que siempre le ha acompañado.
El recorrido académico, sin embargo, tomó otro rumbo. Las circunstancias de la época y las oportunidades que ofrecían las becas acabaron conduciéndolo hacia la Ingeniería Técnica Industrial. Salamanca primero y Gijón después se convirtieron en los escenarios de una formación que completó con éxito, aunque reconoce que otras disciplinas como la arquitectura o las artes despertaban en él un interés especial. Aun así, nunca abandonó del todo la creación. Diseñaba carteles para las fiestas de su pueblo, realizaba trabajos de rotulación a mano y mantenía viva una inquietud artística que seguía buscando espacios por los que expresarse.
La llegada a Melilla marcó también el inicio de una etapa de redescubrimiento personal. Una vez consolidada su plaza como docente y superadas las exigencias de los primeros años profesionales, comenzó a dedicar tiempo a inquietudes que siempre habían estado presentes, aunque relegadas por las circunstancias académicas y laborales. Se adentró entonces en el estudio del lenguaje musical, una disciplina que le había acompañado desde la infancia y que ahora podía explorar con mayor profundidad.
Lo que hasta entonces había sido una práctica intuitiva pasó a convertirse en un aprendizaje más consciente. Recibió clases de guitarra, órgano y batería, perfeccionó el uso de la voz y profundizó en la teoría musical. Aquella formación le permitió desarrollar una faceta creativa que acabaría cristalizando en composiciones propias. Durante la pandemia llegó incluso a escribir una veintena de canciones, una producción que atribuye a una necesidad de expresión que llevaba años acumulándose.
Paralelamente, amplió su formación en otras disciplinas artísticas. En la Escuela de Arte de Melilla se acercó al dibujo artístico, la pintura y la escultura, aprendiendo técnicas de retrato, modelado, composición y tratamiento del color. Más que una búsqueda de perfeccionamiento académico, aquel aprendizaje respondía a una necesidad de comprender los distintos lenguajes de la creación y adquirir herramientas que le permitieran desarrollar una voz propia.
Música, pintura y escultura dialogaban entre sí. Las distintas disciplinas para él, no ocupan compartimentos separados, sino que representan manifestaciones de una misma inquietud creativa. Una visión que conecta con su forma de entender el conocimiento, donde las fronteras entre ciencias, letras y artes resultan artificiales. Para Tana, todas ellas forman parte de un mismo impulso humano por comprender, interpretar y expresar la realidad.
La singularidad de su trabajo reside también en el proceso creativo. Lejos de comenzar con una idea cerrada o un boceto definido, Tana trabaja desde la improvisación. Muchas de sus obras nacen de manchas, movimientos espontáneos y trazos que surgen sin una intención concreta. Una forma de crear que descubrió casi por casualidad hace años, cuando experimentaba con unas pinturas al óleo en la buhardilla de la casa familiar de Eljas.
Comenzó entonces a extender el color libremente sobre una superficie, sin buscar ninguna imagen determinada. Días después, al contemplar aquellas manchas, empezó a descubrir figuras, paisajes, rostros y símbolos que parecían ocultarse en ellas. Aquella experiencia terminó convirtiéndose en una metodología de trabajo.
Desde entonces, el primer paso consiste en dejar que el cuerpo actúe libremente. Las manchas aparecen antes que las ideas. Los brazos dibujan líneas rectas, curvas y movimientos circulares que van construyendo una composición inicial. Solo después comienza la observación. Entre los colores y los trazos emergen formas que el propio artista interpreta y desarrolla. “El cuadro me va diciendo lo que hay”, explica.
Aunque el proceso pueda parecer completamente intuitivo, detrás existe un profundo conocimiento técnico. Su formación como ingeniero, sus años enseñando dibujo técnico y el estudio constante de la historia del arte están presentes en cada composición. Las líneas geométricas que aparecen repetidamente en sus obras son una muestra evidente de esa influencia. No las considera una contradicción dentro de un lenguaje abstracto, sino una forma de unir dos mundos que nunca ha entendido como opuestos.
Esa idea atraviesa toda su manera de pensar. Para Tana, la separación entre ciencias y letras carece de sentido. Reivindica una visión humanista del conocimiento en la que ingeniería, música, literatura, historia, filosofía y pintura forman parte de una misma búsqueda. Una concepción cercana al ideal renacentista, donde el aprendizaje no se fragmenta en disciplinas estancas, sino que contribuye a una comprensión más amplia de la realidad con el ser humano en el centro de la escena.
Quizá por eso sus cuadros rehúyen la mera representación estética. No le interesa reproducir paisajes ni competir con la fotografía. Busca algo diferente. Aspira a que la obra sugiera una reflexión, que provoque preguntas y que establezca un diálogo con quien la contempla. Entiende que el arte debe trascender la belleza formal para convertirse también en una herramienta capaz de observar críticamente el mundo, de interpelar.
Las paredes del salón de actos del CIFP Reina Victoria Eugenia se han convertido así en el reflejo de una trayectoria vital donde confluyen la técnica y la creatividad, la docencia y la expresión artística, la razón y la intuición. Un recorrido construido a lo largo de décadas que demuestra que algunas vocaciones nunca desaparecen; simplemente esperan el momento adecuado para encontrar su forma definitiva.








