Mucho antes de publicar novelas, acudir a ferias literarias o reunir a escritores melillenses bajo una misma comunidad cultural, Ágata Mansilla ya escribía historias. Lo hacía siendo apenas una niña, cuando todavía cursaba EGB y convertía las aulas en pequeños escenarios improvisados donde comenzaban a aparecer personajes, diálogos y conflictos creados por ella misma. Mientras otros alumnos participaban en trabajos escolares convencionales, Mansilla encontraba en la creación literaria y la dramaturgia una manera natural de expresarse. Escribía pequeñas obras teatrales, organizaba representaciones en clase y asumía casi intuitivamente el papel de directora, dramaturga y actriz al mismo tiempo.
Aquella inquietud temprana no surgió de manera aislada. La autora recuerda cómo desde muy joven comenzó a sentirse atraída por los relatos fantásticos, la ciencia ficción, el misterio y todos aquellos universos que planteaban preguntas más allá de lo cotidiano. El cine, la literatura y los temas relacionados con lo desconocido empezaron a formar parte de su imaginario creativo mientras todavía era adolescente. Esa curiosidad constante por entender, imaginar y construir historias fue creciendo con ella.
Durante sus años de instituto, la escritura dejó de ser únicamente un entretenimiento juvenil para convertirse en algo mucho más estructurado. Mansilla comenzó a redactar relatos con mayor frecuencia y a desarrollar textos teatrales más complejos. Uno de los momentos que recuerda con más claridad fue la creación de La vida en muerte, una obra dramática ambientada en un contexto medieval que escribió para una asignatura de Historia en tercero de BUP.
Lo que inicialmente debía ser un simple trabajo escolar terminó transformándose en una representación completa de aproximadamente una hora. La propia Mansilla no solo escribió el texto, sino que también dirigió a compañeros y profesores, coordinó la puesta en escena y participó como actriz. Aquella experiencia terminó otorgándole el reconocimiento como mejor alumna del año y marcó profundamente su relación con la creación artística.
Años después fundaría la compañía teatral Mandrágora y continuaría trabajando con niños en el Colegio del Real, escribiendo y dirigiendo obras propias. Algunos de aquellos alumnos acabarían vinculándose posteriormente al mundo de la interpretación, en una etapa que la autora recuerda como especialmente intensa y creativa.
Sin embargo, como ocurre en muchos recorridos personales, la escritura también atravesó periodos de silencio.
Mansilla reconoce que durante años se alejó de aquel universo creativo. Los textos quedaron guardados en cajones y la escritura pasó a ocupar un espacio más íntimo y privado. Continuaba escribiendo para sí misma, pero sin pensar necesariamente en publicar ni en desarrollar una carrera literaria. Muchos manuscritos permanecieron olvidados durante décadas, como restos de una etapa anterior de su vida.
Hasta que uno de ellos reapareció.
Entre aquellos papeles recuperó una antigua historia titulada BIP, siglas de “Búsqueda de Inteligencia Planetaria”, un proyecto que había comenzado muchos años antes y que acabaría convirtiéndose en el germen de Camino a Aries, la novela con la que inició oficialmente su trayectoria editorial.
La autora explica que aquella historia llevaba acompañándola prácticamente desde la adolescencia. Había construido personajes, nombres y parte del universo narrativo mucho tiempo atrás, aunque nunca terminaba de encontrar el momento ni la rutina necesaria para concluirla. Durante años avanzó de manera irregular, escribiendo apenas algunas páginas de vez en cuando, sin disciplina fija y casi sin plantearse que algún día terminaría publicada.
El punto de inflexión llegó durante la pandemia. El confinamiento y la incertidumbre provocada por el COVID cambiaron completamente su relación con aquel manuscrito. Mansilla recuerda que, tras contagiarse sin síntomas graves, sintió la necesidad urgente de terminar la novela. La sensación de vulnerabilidad y el clima emocional de aquellos días terminaron empujándola a cerrar definitivamente una historia que llevaba décadas esperando.
En apenas una semana concluyó Camino a Aries. A partir de ahí, asegura, la escritura dejó de detenerse. La novela terminó convirtiéndose en la primera parte de una trilogía completada posteriormente con El Mesías y La mano de Dios, una saga donde la ciencia ficción convive con elementos místicos, filosóficos y de misterio. Se trataba de una narrativa mucho más intensa y estructurada, construida a partir de años de reflexión, documentación e investigación.
Precisamente por eso, tras cerrar aquella etapa, Mansilla sintió la necesidad de romper completamente con el tono anterior. Así nació El Manual, una obra que supone un cambio radical dentro de su producción literaria. Frente a la complejidad simbólica y fantástica de la trilogía, esta nueva novela se mueve en un terreno mucho más cercano a la experiencia cotidiana, las conversaciones entre amigos, las relaciones sentimentales y las contradicciones emocionales de la vida adulta.
La autora define el libro como una obra desenfadada, cargada de ironía y humor, aunque profundamente atravesada por emociones reales. La historia gira en torno a cuatro amigos adultos y utiliza las reflexiones de un narrador para enlazar distintas experiencias relacionadas con la amistad, las decepciones personales y los vínculos humanos.
El proceso de escritura fue completamente diferente al de sus novelas anteriores. Mientras la trilogía de Camino a Aries implicaba largos procesos de construcción narrativa y documentación, El Manual surgió de manera mucho más inmediata, alimentándose directamente de conversaciones cotidianas, recuerdos personales y experiencias cercanas.
Muchas de las historias presentes en la novela nacen precisamente de anécdotas reales escuchadas a amigos, familiares o personas próximas. Mansilla reconoce que juega deliberadamente a mezclar situaciones y perfiles personales para evitar identificaciones directas, aunque todas las emociones que atraviesan el libro parten de experiencias auténticas.
Esa cercanía emocional ha provocado además una reacción muy concreta entre sus lectores. La autora explica que numerosas personas le han escrito asegurando sentirse reconocidas en determinados capítulos o preguntándole directamente si ciertos episodios estaban inspirados en ellas.
En el fondo, El Manual también funciona como una reflexión sobre la amistad y las heridas que pueden surgir dentro de esos vínculos. Mansilla habla de las relaciones entre amigos como espacios emocionales especialmente intensos, capaces de generar afectos muy profundos, pero también decepciones difíciles de olvidar. Una mirada que atraviesa buena parte de la novela y que conecta directamente con experiencias compartidas por muchos lectores.
Paralelamente a su faceta literaria, la escritora se ha convertido también en una figura activa dentro de la comunidad cultural melillense. En los últimos años ha impulsado una red de escritores, ilustradores y músicos locales con el objetivo de dar visibilidad al trabajo creativo desarrollado tanto dentro como fuera de la ciudad.
A través de redes sociales comparte constantemente publicaciones, presentaciones y proyectos de otros autores melillenses, convencida de que muchos creadores locales han trabajado históricamente con poca visibilidad institucional. Esa filosofía de apoyo mutuo ha terminado construyendo una comunidad artística cada vez más conectada.
Uno de los proyectos más importantes surgidos de esa iniciativa será una antología conjunta coordinada junto a Encarna León y respaldada por Cultura, en la que participarán escritores de narrativa y poesía junto a varios ilustradores vinculados a Melilla.
Ese espíritu colectivo estuvo también muy presente durante la Feria de Málaga. Aunque cada autor participó en jornadas distintas dentro de la caseta de la asociación Generación del 22, la coincidencia de cuatro escritores melillenses bajo un mismo espacio terminó viviéndose casi como una alineación inesperada.
Juan Andrés Moya y Ágata Mansilla compartieron jornada, mientras que Inma Ortells y Álvaro Cordón participaron en días posteriores. Todos llegaron a la caseta a través de recorridos distintos, sin una planificación común previa, lo que convirtió aquella coincidencia en algo especialmente simbólico para el grupo.
La autora vivió la experiencia no solo como una oportunidad individual, sino también como una forma de seguir generando visibilidad para la literatura melillense fuera de la ciudad. Durante esos días se encargó de difundir la presencia de los autores en redes sociales, diseñar carteles y compartir contenido relacionado con la participación de los escritores melillenses en la feria.
Ahora, mientras continúa desarrollando nuevos proyectos, Mansilla sigue escribiendo desde esa misma necesidad creativa que comenzó durante la infancia entre aulas, escenarios improvisados y cuadernos llenos de historias. Entre sus próximos trabajos ya aparecen nuevas ideas narrativas, una posible continuación de El Manual e incluso la recuperación de antiguas obras teatrales que permanecieron guardadas durante años.
Textos que, como ella misma, parecen haber encontrado una segunda oportunidad después de permanecer mucho tiempo esperando dentro de un cajón.








