La Real Cofradía Castrense de Nuestro Padre Jesús Humillado y María Santísima de la Piedad ya tiene voz para su desagravio de 2026. Carlos Muñoz Salazar, actual tesorero de la hermandad, ha sido designado para asumir una de las intervenciones más íntimas y simbólicas de la Semana Santa melillense. Releva así a Pedro Pomares Campaña, desagraviador del pasado año, reconocido por su trayectoria en los medios de comunicación y su estrecha vinculación con las tradiciones cofrades de la ciudad autónoma.
Muñoz Salazar no es un recién llegado. Su relación con la cofradía se ha ido construyendo con el paso del tiempo, desde una implicación progresiva hasta convertirse en una figura clave dentro de la junta de gobierno. “Soy el tesorero desde 2017”, explica.
Desde entonces, su labor ha estado ligada a la gestión interna, pero también a la vida activa de la hermandad, participando en distintas juntas y formando parte del engranaje que hace posible cada estación de penitencia.
Su vínculo con Melilla tiene un matiz especial. Nacido en Madrid, reconoce que ha pasado más tiempo en la ciudad autónoma que en su lugar de origen. Fue precisamente en Melilla donde comenzó a acercarse al mundo cofrade, primero como espectador y, posteriormente, como costalero.
“Veía las procesiones desde lejos, porque nunca había estado en ninguna cofradía”, recuerda. Sin embargo, ese interés inicial fue creciendo hasta convertirse en compromiso. “Empecé a salir de costalero con el Humillado y con la Piedad, y poco a poco me fue entrando el gusanillo”.
Ese proceso de implicación se consolidó con su entrada en la junta de gobierno, donde ha permanecido desde entonces. Su etapa como costalero se vio truncada por una lesión —una hernia discal— que le obligó a abandonar el esfuerzo físico, pero no su compromiso con la hermandad. “El cuerpo ya no daba para más, pero sigo estando implicado en la cofradía”, afirma.
Militar de profesión, actualmente jubilado, Muñoz Salazar mantiene ese vínculo con la disciplina castrense que, según sus propias palabras, “no se pierde nunca”. Esa trayectoria vital, marcada por destinos en distintos puntos de España, ha tenido en Melilla su anclaje más duradero, tanto en lo personal como en lo espiritual.
La noticia de su designación como desagraviador le llegó de forma inesperada. Fue a mediados de enero, durante una junta de gobierno a la que no pudo asistir por motivos de salud. “El hermano mayor me llamó y me dijo que habían decidido que fuera yo quien proclamara el desagravio”, relata. La propuesta le sorprendió profundamente. “Es una cosa que se te viene encima y muchas veces no sabes qué decir. Te preguntas: ¿qué he hecho yo para merecer esto?”.
Lejos de rechazar el ofrecimiento, asumió el encargo con responsabilidad y gratitud. “Dije que sí, por supuesto”, recuerda. Desde ese momento, comenzó un proceso de reflexión y escritura que, según describe, ha sido tan exigente como personal.
Para Muñoz Salazar, el desagravio no es un mero discurso, sino una oración colectiva. “Es ponerte delante del Señor y ponerte en su situación”, explica. Su planteamiento parte de una idea clara. Transmitir el mensaje de un Dios de amor, alejado de visiones más severas o castigadoras. “Dios no es ira, es amor, y eso es lo que Él vino a decirnos”, subraya.
El esquema de su intervención responde a ese pensamiento. Primero, una presentación que sitúe el momento; después, el acto de desagravio en sí, entendido como petición de perdón; y, finalmente, un mensaje de esperanza. “Se trata de reconocer que somos hijos suyos y que debemos sentirnos así”, resume.
El proceso de escritura ha sido meticuloso. Se define a sí mismo como “muy tiquismiquis”, lo que le ha llevado a revisar el texto en múltiples ocasiones. “Hago un borrador, lo leo, no me gusta, lo cambio y así continuamente”, explica. El objetivo ha sido encontrar el equilibrio entre profundidad y brevedad, consciente de que el desagravio se inserta en un momento clave de la estación de penitencia. “No debe ser muy largo, unos cinco minutos, porque lo que la gente quiere es ya ver al Señor en la calle”.
A diferencia de otros oradores, no ha tomado como referencia desagravios anteriores. Su inspiración ha sido directa y personal. Recuerda el consejo de su amigo Manuel Rubiales, que le habló de la importancia de situarse frente a la imagen y dejarse guiar. “Venirte a la iglesia, sentarte delante del Señor y que Él te diga”, resume. Ese ha sido su método. Contemplar la imagen, fijarse en sus heridas, en su expresión, y dejar que de ahí surjan las palabras.
En ese proceso también ha tenido un papel relevante la reciente restauración de la imagen, obra de la restauradora Bárbara Botello, cuyo trabajo destaca especialmente. “Hay que quitarse el sombrero por cómo ha dejado la imagen”, señala, reconociendo que esa renovación ha contribuido a intensificar su mirada y su inspiración.
A pocas horas de pronunciar el desagravio, Muñoz Salazar afronta el momento con serenidad. No habla de nervios, sino de entrega. “Es ponerse en manos del Espíritu Santo”, afirma. Si el resultado es positivo, será fruto de esa guía espiritual; si hay errores, los asume como propios.
Así, la Cofradía del Humillado se prepara para vivir uno de sus momentos más significativos, en el que la voz de Carlos Muñoz Salazar se convertirá en la de todos los presentes. Un desagravio entendido no como un acto individual, sino como una oración compartida, nacida de la fe, la experiencia y la contemplación.








