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Nana, el lugar donde el arte acompaña y la infancia encuentra su espacio

La asociación cierra un proyecto con infancia y estudiantes universitarios en prácticas a través de una representación que entrelaza culturas, arte y vínculo, poniendo en valor el camino recorrido más allá del escenario

por Alejandra Gutiérrez
22/03/2026 18:31 CET
Nana, el lugar donde el arte acompaña y la infancia encuentra su espacio

Estudiantes universitarios y el joven guitarrista Antonio, junto a niños, niñas, adolescentes y grupo de trabajo de la asociación durante la actividad del pasado miércoles. -AGC-


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Un destino no siempre es el final de una historia, sino el principio que nos ayuda a caminar por un sendero donde cada paso importa y merece ser entendido. Así se vivió el pasado miércoles en el salón de actos de la Granja Escuela Gloria Fuertes, donde los niños y niñas de la Asociación Nana cerraron un proyecto que, más allá de su representación final, ha sido sobre todo un camino compartido.

La actividad, desarrollada junto a alumnado en prácticas del máster de Diversidad Cultural y del grado de Educación Social, culminó con la escenificación de tres bodas —sefardí, amazige y gitana—, una propuesta que permitió trasladar al escenario semanas de trabajo donde la convivencia, la creación y el aprendizaje han ido de la mano. La representación, construida desde los detalles —el vestuario, la música, la escenografía, los gestos o los recorridos—, incorporó además la música en directo del joven guitarrista Antonio Heredia, de tan solo 12 años, que acompañó distintos momentos de la jornada y reforzó el carácter vivo de la experiencia.

Pero el verdadero sentido del proyecto se encuentra en el proceso que lo ha sostenido. “Ha permitido que personas con recorridos y edades distintas se encuentren en un mismo espacio de creación y de respeto, y eso en sí mismo ya es muy transformador”, explica Natalia Díaz, directora de la Asociación Nana. Ese encuentro, lejos de ser puntual, se ha construido desde el acompañamiento diario, donde los estudiantes han podido integrarse en la dinámica real del grupo y comprender cómo se genera un espacio educativo desde la cercanía.

En ese contexto, el trabajo ha ido más allá de lo artístico para situarse también en el terreno de lo relacional. El alumnado universitario ha podido observar cómo se construye el vínculo, cómo se respetan los ritmos individuales y cómo cada niño y niña participa desde su propia realidad. “No se trata solo de aplicar contenidos, sino de saber estar, saber escuchar y saber observar”, señala Díaz, incidiendo en la importancia de una formación que conecte con la práctica y con lo humano.

La elección de las bodas como hilo conductor permitió, además, abordar la diversidad cultural desde una experiencia tangible. A través de la escena, los menores no solo representaron tradiciones, sino que las vivieron desde el cuerpo, la música y la interacción con el grupo. Este enfoque facilitó que el aprendizaje no se limitara a lo teórico, sino que se construyera desde la participación activa y el reconocimiento de lo compartido.

Esa misma lógica ha marcado también la respuesta de los niños, diversa y atravesada por distintas emociones. La timidez, la inseguridad o la dificultad para sostener la atención formaron parte del proceso, entendidas no como obstáculos, sino como elementos a acompañar. En ese recorrido, cada pequeño avance —entrar en escena, mantener un rol, sentirse parte del grupo— adquiere un valor propio.

Todo ello se articula desde una mirada concreta que define el trabajo de Nana: una forma de entender la educación y la intervención social donde el arte no es un complemento, sino una herramienta central; donde la infancia es tratada con dignidad y donde el vínculo se convierte en eje. Una mirada que apuesta por generar espacios seguros, sensibles y humanos, desde el respeto a cada historia.

El proyecto ha permitido así no solo sumar una experiencia a la formación de los estudiantes, sino también trasladar una forma de hacer que trasciende el propio espacio de la asociación. Porque, como subraya Natalia Díaz, en ese intercambio “aprendemos todos”, en un camino compartido donde cada paso, visible o no, forma parte de un proceso que deja huella. Entender este proyecto es acercarse al origen, al enfoque, a los valores y al desarrollo de la propia asociación de la mano de Natalia Díaz, directora de la asociación.

-¿Cómo nace la Asociación Nana y cómo se integra en Melilla?

-Nana nace de un proceso muy profundo, muy personal y muy vinculado también a mi recorrido profesional en Melilla. Llegué a esta ciudad porque me salió trabajo como profesora de guitarra en el Conservatorio Profesional de Música. Después tuve la oportunidad de realizar los estudios de doctorado en la Facultad de Ciencias de la Educación y del Deporte de Melilla, de la Universidad de Granada, y finalmente defendí mi tesis doctoral en Málaga. Soy doctora por la Universidad de Málaga, guitarrista clásica profesional y además estudié arte teatral en la Escuela de Teatro Ángel Gutiérrez de Madrid.

Durante mi trayectoria en Melilla también trabajé tres años como profesora en la Facultad, y ahí ya empecé a poner al servicio del alumnado herramientas vinculadas a las artes escénicas. Para mí aquello fue muy importante, porque comencé a comprobar que el teatro, la música y el trabajo corporal no solo servían para lo artístico, sino también para comunicar, para cohesionar, para emocionar, para despertar pensamiento crítico y para abrir procesos humanos muy valiosos.

Pero hubo un momento clave en todo este recorrido. Llevaba ya diez años viviendo en Melilla y me di cuenta de que había una realidad de esta ciudad que no conocía en absoluto. No sabía realmente qué eran los centros de protección de menores de Melilla, no sabía quiénes vivían dentro y no sabía nada de sus historias. Y fue en 2013, cuando realicé un voluntariado en el Centro Asistencial ofreciendo a los niños y niñas una experiencia a través de la música, cuando mi vida cambió para siempre.

Recuerdo perfectamente sus miradas, su expresión, su manera de agarrarse a la música, a las canciones y a los recuerdos. Sentí que necesitaban una oportunidad para darse a conocer, para expresar sus emociones y sus sentimientos. Sentí una capacidad creativa inmensa detrás de mucha tristeza. La música se convirtió en un puente muy poderoso, porque a través de canciones sobre la madre, sobre el amor y sobre los vínculos, muchos conectaban con su memoria, con su lengua materna y con sus raíces. Les comuniqué algo que para mí era esencial: que me interesaba su música, su cultura, sus costumbres y sus tradiciones. Que no quería que dejaran nada de eso atrás, sino incorporarlo, dignificarlo y compartirlo.

Durante ese voluntariado escribí un proyecto para el Instituto de las Culturas de Melilla, porque entendía que tenía que ser un proyecto intercultural a través de las artes escénicas, un proyecto donde la creación sirviera para encontrarnos, para reconocernos y para dar valor a todo lo que esos niños y niñas traían consigo. Y ahí hubo personas clave que me permitieron dar ese primer paso. Fernando Belmonte, entonces al frente del Instituto de las Culturas, fue una persona fundamental en aquel inicio. Hoy ya no está entre nosotros, pero le seguimos recordando con cariño, respeto y gratitud, porque creyó en aquella propuesta cuando todavía todo estaba empezando. Junto a él, Fadela Mohatar, consejera de Cultura, Patrimonio Cultural y del Mayor, me permitieron presentar aquel proyecto y lo apoyaron desde el principio. En el caso de Fadela, además de su trayectoria pública y cultural en Melilla, para Nana ha sido siempre una figura muy valiosa a nivel humano: una persona cercana, sensible y comprometida, que ha sabido entender que la cultura no solo programa actividades, sino que también puede abrir caminos de dignidad, de encuentro y de oportunidad para quienes más lo necesitan. Para nosotros ha sido y sigue siendo una inmensa embajadora de Nana.

Ahí empezó todo. Empecé este camino sola, sí, pero ese primer proyecto no lo levanté desde la soledad emocional. Lo hice con el apoyo enorme de alumnas y alumnos de la Facultad, de profesionales del Conservatorio Profesional de Música de Melilla, de la Escuela de Arte Miguel Marmolejo, de personas voluntarias, de profesionales que trabajaban día a día en el centro y de mucha gente que se volcó de una manera generosa en ese inicio de andadura. Fue un comienzo muy entregado, muy artesanal y profundamente colectivo.

Después, poco a poco, Nana ha ido creciendo de la mano de la Ciudad Autónoma de Melilla y, muy especialmente, de la Consejería de Cultura. También ha sido muy importante el apoyo constante de la Consejería del Menor, que siempre nos ha permitido trabajar con los menores y se ha implicado en este recorrido, y la implicación de la Consejería de Educación, que también se ha ido sumando a este proceso. Ese crecimiento no ha sido de un día para otro; ha sido paso a paso, con mucho esfuerzo, pero también con el respaldo de instituciones que han comprendido que el arte puede ser una herramienta real de transformación.

No fue fácil. Dejé gran parte de mi vida profesional, tal y como estaba organizada, para dedicarme a ellos, para visibilizar su potencial, para desestigmatizar a los menores que viven en un centro de protección y para hacerles sentir que pertenecen a algo, que importan, que hay alguien que de verdad los mira, los escucha y les reconoce.

Y Nana se integra en Melilla precisamente por eso: porque esta ciudad, con toda su diversidad y su inmensa riqueza cultural, necesitaba un proyecto en el que el arte se convirtiera en sinónimo de libertad, de solidaridad, de paz y de encuentro.

 

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-Vuestras herramientas tienen que ver con la danza, el teatro y la música ¿Qué os permite desarrollar las artes escénicas?

-Sí, nuestras herramientas principales son la danza, el teatro y la música, porque son lenguajes que llegan muy adentro. A veces hay cosas que un niño o una niña no sabe explicar con palabras, pero sí puede expresar con el cuerpo, con una canción, con una escena, con una mirada, con un movimiento. Y ahí es donde las artes escénicas se convierten en algo muy poderoso.

Nos permiten trabajar la emoción, la comunicación, la autoestima, el vínculo con los demás y también el sentimiento de pertenencia. Porque cuando un niño crea con otros, ensaya con otros, canta con otros o se sube a un escenario con otros, siente que forma parte de algo. Y eso es muy importante, sobre todo cuando vienes de contextos donde a veces ha habido mucha soledad, mucha ruptura o mucho dolor.

Las artes escénicas generan además un vínculo muy bonito porque obligan a escuchar, a mirar, a esperar, a respetar el turno, a confiar en el compañero. Y al final no solo trabajamos arte; trabajamos humanidad, convivencia y sensibilidad.

-Trabajáis con niños y niñas institucionalizados ¿Qué contextos atendéis y desde qué enfoque o lugar trabajáis con los más pequeños teniendo en cuenta la realidad social y familiar que los acompañan?

-Sí, trabajamos con niños, niñas y adolescentes institucionalizados, pero no solo con ellos. También trabajamos con niños y niñas que viven con sus familias en distintos barrios de Melilla y que comparten con nosotros este espacio seguro, este tiempo de calidad y este proceso creativo junto a aquellos que viven en los centros de protección. Y eso para nosotros es muy importante, porque Nana también es un lugar de encuentro entre realidades distintas que, sin embargo, pueden convivir, crear juntas y reconocerse desde un lugar mucho más humano.

Atendemos contextos muy diversos y muchas veces complejos: infancia atravesada por la vulnerabilidad, por situaciones familiares delicadas, por procesos de institucionalización, por carencias afectivas, por duelos, por dificultades sociales o por historias de mucho dolor. Pero hay algo que cuidamos muchísimo, y es no trabajar nunca desde la etiqueta. No miramos a un niño como “el menor del centro” o como “el niño con problemas”. Lo miramos como una persona con dignidad, con sensibilidad, con una historia que merece ser escuchada y con una capacidad enorme para crear, para crecer y para vincularse.

Y además trabajamos desde un enfoque muy respetuoso con las raíces de cada uno, con su cultura, con su lengua, con sus costumbres y con su forma de mirar el mundo. Para nosotros es muy importante que los niños y niñas sientan que no tienen que dejar atrás lo que son para poder pertenecer, sino que justamente eso que traen también tiene valor y puede compartirse.

Incluso, en algunos proyectos nos han acompañado madres, mujeres, que se han implicado en el proceso y que han sido figuras de protección muy valiosas para toda la labor que desarrollamos en Nana. Su presencia ha aportado cuidado, cercanía, confianza y una dimensión comunitaria muy bonita, porque al final también se trata de reconstruir redes, de fortalecer vínculos y de hacer que los niños y niñas se sientan sostenidos por una comunidad que los mira, los acompaña y les protege.

-¿Cómo se desarrolla vuestro trabajo diario con los más pequeños? ¿Cómo construís un espacio seguro y diferente para estos niños y niñas?

-Nuestro trabajo diario con los más pequeños se desarrolla, sobre todo, desde la presencia, la constancia y el cuidado. Para nosotros lo importante no es solo la actividad que hacemos, sino cómo la hacemos y desde dónde la hacemos. Porque un espacio seguro no se crea de un día para otro ni solo con buenas intenciones; se construye estando, sosteniendo, escuchando, poniendo límites claros y ofreciendo una relación estable y de confianza.

En el día a día trabajamos a través de la música, la danza, el teatro, el juego, el movimiento, la creación y la convivencia. Pero, en realidad, detrás de todo eso, lo que estamos haciendo es mucho más profundo: estamos generando un lugar donde los niños y niñas pueden bajar la guardia, sentirse acogidos, expresarse sin miedo y empezar a confiar.

Intentamos que Nana sea un espacio distinto, un lugar donde puedan respirar de otra manera. Un lugar donde no se les juzgue, donde no se les reduzca a su historia, a su herida o a su dificultad. Un lugar donde puedan ser niños y niñas, donde puedan jugar, crear, reír, emocionarse, equivocarse y volver a intentarlo. Y eso, aunque parezca sencillo, para muchos de ellos es algo inmenso.

También cuidamos mucho la rutina, porque la rutina, bien entendida, da seguridad. Saber que hay unas personas que están, que vuelven, que les esperan, que les nombran, que les escuchan y que les sostienen, les ayuda muchísimo. Hay niños y niñas que han vivido mucha inestabilidad, así que para ellos la continuidad, la coherencia y la calma son fundamentales.

Y luego hay algo muy importante, y es que este espacio seguro también se construye desde el vínculo entre ellos. En Nana conviven niños y niñas de distintos contextos, algunos que viven con sus familias en barrios de Melilla y otros que viven en centros de protección, y comparten tiempo, experiencias, juego, arte y afecto. Eso genera algo muy valioso, porque rompe barreras, rompe prejuicios y crea una pequeña comunidad donde cada uno puede encontrar su lugar.

Y en ese cuidado ocupa también un lugar muy especial el voluntariado. Las personas voluntarias acompañan al equipo de profesionales desde un lugar muy humano, muy generoso y muy comprometido. Actualmente contamos con voluntarias que enriquecen muchísimo el proyecto, que entregan su tiempo, su experiencia y su sensibilidad a Nana, y eso tiene un valor enorme. No solo aportan apoyo; aportan presencia, escucha, afecto y una forma muy bonita de estar con los niños y niñas. Y además hay algo muy valioso, y es que aprendemos junto a ellas. Porque Nana también es eso: un espacio donde no solo acompañamos, sino donde seguimos creciendo y aprendiendo en comunidad.

Yo diría que nuestro trabajo diario consiste en ofrecerles algo que quizá no siempre han tenido de una manera estable: un tiempo de calidad, una mirada limpia, un espacio de belleza, una estructura amable y una oportunidad para sentirse vistos, reconocidos y queridos.

-¿Cómo las artes escénicas se convierten en una herramienta útil en el desarrollo social, emocional, cultural, artístico y comunicacional de los más pequeños?

-Las artes escénicas se convierten en una herramienta muy útil porque permiten trabajar al mismo tiempo muchas dimensiones del desarrollo del niño. No estamos hablando solo de aprender a bailar, a cantar o a actuar. Estamos hablando de aprender a sentir, a expresarse, a relacionarse, a escuchar, a respetar, a esperar, a confiar y a reconocerse a uno mismo dentro de un grupo.

En lo social, ayudan muchísimo porque enseñan a convivir. Un niño aprende que hay un ritmo compartido, que hay un compañero al que mirar, al que cuidar, al que esperar. Aprende a formar parte de algo colectivo. Y para muchos de nuestros niños y niñas eso es muy importante, porque a veces vienen de experiencias donde el vínculo ha sido frágil o doloroso. Aquí descubren que pueden construir relaciones bonitas, sanas y estables.

En lo emocional, las artes escénicas abren una puerta enorme. Hay emociones que los niños no saben nombrar, pero sí saben cantar, mover o representar. A veces el cuerpo habla antes que la palabra. A veces una canción dice lo que un niño no puede decir todavía. Y eso les ayuda a sacar fuera, a ordenar lo que sienten, a sentirse comprendidos y también a aliviar mucho de lo que llevan dentro. Por eso decimos que el arte tiene una dimensión terapéutica muy profunda. No sustituye otros apoyos cuando son necesarios, pero sí ofrece un lenguaje de cuidado, de reparación y de acompañamiento que resulta fundamental en la infancia.

En lo cultural, para nosotros tiene un valor inmenso porque permite dignificar las raíces. Muchas veces trabajamos con niños y niñas que traen consigo lenguas, músicas, costumbres, memorias y formas de vivir muy diversas. Y las artes escénicas nos permiten decirles que todo eso tiene valor, que todo eso puede estar presente, que no hay que esconderlo. Al contrario: se puede compartir, se puede celebrar y se puede convertir en belleza y en encuentro.

En lo artístico, evidentemente, desarrollan sensibilidad, creatividad, disciplina, imaginación y gusto por la belleza. Pero no como algo superficial, sino como una forma de crecimiento. El arte les da herramientas para construir una voz propia, para descubrir capacidades que quizá no sabían que tenían y para sentirse capaces.

Y en lo comunicacional ocurre algo precioso: niños que a veces tienen dificultades para expresarse de una manera más convencional encuentran otros canales para comunicarse. La escena, la música, el cuerpo, la mirada, el gesto… todo eso les permite decir “aquí estoy”, “esto siento”, “esto soy”. Y cuando un niño encuentra una forma propia de comunicarse, algo muy importante empieza a colocarse dentro de él.

Yo no hablaría tanto de que nos volvemos indispensables, sino de que intentamos ocupar un lugar muy necesario en su desarrollo integral. Un lugar donde se unen el cuidado, el arte, la escucha, la pertenencia y la oportunidad. Muchas veces Nana se convierte en ese espacio estable donde el niño puede crecer desde otro lugar, verse de otra manera y ser visto también de otra manera. Y ahí el arte cumple una función educativa, social y también terapéutica, porque ayuda a fortalecer la autoestima, a canalizar vivencias difíciles y a construir una relación más sana consigo mismo y con los demás.

Y ahí está también una de las cosas más poderosas de las artes escénicas: que rompen estructuras. Rompen la estructura del prejuicio, de la etiqueta, de la mirada limitada sobre la infancia vulnerable. De repente, un niño al que quizá otros solo veían desde el problema aparece creando, emocionando, sosteniendo una escena, compartiendo su verdad, mostrando su sensibilidad y su capacidad. Y eso lo transforma a él, pero también transforma a quienes le rodean.

Las artes escénicas nos permiten acompañar desde un lugar distinto porque no invaden, no fuerzan y no etiquetan. Abren. Invitan. Acogen. Permiten que cada niño llegue desde donde puede y como puede. Y desde ahí, poco a poco, se va construyendo algo muy valioso: autoestima, confianza, identidad, vínculo y una manera más libre, más digna y más humana de estar en el mundo.

-Trabajar con niños y niñas requiere una pedagogía específica ¿Cómo es ese trabajo de fondo de los monitores, también el emocional, teniendo en cuenta las especificidades del grupo?

-Sí, absolutamente. Trabajar con niños y niñas requiere una pedagogía muy específica, y más aún cuando hablamos de infancia y adolescencia que vienen de contextos complejos, de historias delicadas o de situaciones de vulnerabilidad. Aquí no basta con saber de danza, de teatro o de música. Hace falta una mirada muy humana, mucha sensibilidad y una preparación muy profunda para saber acompañar de verdad.

El trabajo de fondo de los monitores y monitoras es esencial, porque no consiste solo en dirigir una actividad o en enseñar una coreografía. Consiste en sostener un grupo, en leer lo que está pasando, en percibir quién necesita más tiempo, quién necesita más contención, quién está pidiendo ayuda sin palabras, quién necesita ser escuchado, quién necesita un límite claro y quién necesita simplemente sentir que hay un adulto presente de verdad.

Hay un trabajo emocional muy importante, porque estos niños y niñas no llegan solo con ganas de hacer una actividad artística. Llegan con su historia, con sus ausencias, con sus defensas, con sus miedos, con su forma de protegerse, con sus heridas y también con toda su belleza. Por eso el equipo tiene que estar muy atento a cómo intervenir, a cómo hablar, a cómo mirar, a cómo corregir, a cómo sostener los conflictos y a cómo acompañar sin invadir.

Y también hay algo fundamental: trabajar con estos grupos exige mucha coherencia. Los niños perciben enseguida si el adulto está realmente presente, si actúa desde el respeto, si es estable, si cumple lo que dice, si cuida de verdad. Por eso el vínculo no se construye solo con afecto, sino también con consistencia, con calma, con claridad y con una forma ética de estar.

Además, para nosotros es muy importante que el equipo no trabaje desde la lástima ni desde una mirada reducida sobre la infancia vulnerable. Trabajamos desde el respeto profundo y desde la convicción de que estos niños y niñas tienen muchísimo potencial. Eso cambia completamente la manera de acompañar. No se trata de “salvar” a nadie, sino de generar condiciones para que puedan expresarse, crecer, confiar y descubrir sus capacidades.

Y luego está la parte artística, que también es muy importante. Porque esta pedagogía no renuncia a la exigencia. Al contrario. Creemos que estos niños merecen propuestas serias, sensibles, bellas y de calidad. Merecen procesos cuidados, merecen disciplina entendida desde el respeto, merecen descubrir que pueden hacer cosas hermosas y profundas. Y esa combinación entre afecto y exigencia es una de las claves de nuestro trabajo.

También aprendemos mucho del propio grupo. Cada niño, cada niña y cada proceso te obliga a revisar, a ajustar, a escuchar más. En Nana no trabajamos desde una fórmula cerrada. Trabajamos desde una pedagogía viva, muy atenta a la persona, al grupo y al momento. Y en ese sentido, el equipo profesional y también el voluntariado que acompaña los procesos crecen muchísimo junto a los niños. Porque este trabajo no solo transforma a quienes reciben, también transforma a quienes acompañan.

Al final, yo diría que esa pedagogía específica consiste en algo muy difícil y muy hermoso a la vez: saber unir cuidado, arte, límite, escucha, emoción, estructura y confianza. Y cuando eso ocurre, los niños y niñas sienten que están en un lugar donde pueden ser ellos mismos, donde pueden crecer y donde pueden empezar a construir una relación más sana consigo mismos y con los demás.

Tags: Asociación NanaNatalia Díaz

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