En lo que conlleva un año, a la hora de celebrar la Pascua Militar, quienes forman ese estamento castrense, han cumplido con su deber junto a otros como la Guardia Civil, de naturaleza igualmente militar. Su papel, en algunos complejos momentos, puede ser eficazmente coyuntural pero, sobre todo es siempre estructural. No es poca cosa. Esta, la segunda, la Benemérita, ha añadido a su hoja de servicio, además este año, un protagonismo no buscado. Ha “encontrado” ese mal proceder de quienes cuando ella actúa como Seguridad del Estado según el cumplimiento del servicio encomendado y la responsabilidad aceptada, ya vire el viento a favor o en contra, recibe halagos o vituperios. El zafio e interesado concepto sobre las instituciones públicas básicas, su nulo resspeto.
Si tenemos en cuenta que en otros ámbitos del servicio público, como la política, la debilidad en el ejercicio de su función primordial: la protección y mejora de los intereses generales y el tratamiento de los problemas agudos; en su perjuicio, a favor de estar más a la gresca que en el “tajo”, en el aliento de las llamas de la bronca y la negación del otro hasta, por momentos, proporciones bíblicas, el balance castrense, no es que se antoje, es que óptimo y referente.
No son estrictamente necesarios la exaltación de los símbolos ni el alarde patriótico para empatizar con la gente, especialmente con la más necesitada, sino servirla desde, tantas veces, la voz silente y la función activa, sobre todo cuando más lo requiere. Incendios muy graves, de los peores que se recuerdan, acaecidos en varias provincias españolas, unos a causa de la maldad humana, otros debido a la dejadez institucional y sobre la base de una naturaleza dañada por un clima alterado. Hechos que dieron fe de que nuestras Fuerzas Armadas, hombres y mujeres de uniforme y espíritu, están a la par de los tiempos y valores primordiales de la sociedad a la que rinden cuentas: la solidaridad, el esfuerzo o la cercanía, eso es hacer verdadera patria.
En unos días la rutina nos volverá a alcanzar. El misterio de esta época navideña, que ya acaba, regresará un nuevo diciembre y seguirá sin ser desentrañado, en eso radica su belleza y magnitud. Tópicos aparte, concierne a esa actitud entrañablemente inexplicable que solo la Navidad es capaz de infundir. Si bien a no todos por igual, hay algo mágico que circula y abraza el ambiente, el aire, con sus tradiciones, emociones, sentimientos, también con nostalgia y melancolía.
De los tangibles de esta Navidad que se apaga, de sus imágenes y alma, uno de sus destellos fue, y porque su labor de socorro prosigue, la presencia activa del personal de la milicia junto a tanta y tanta gente que aún sigue sin recuperar esa normalidad y cotidianeidad a la que su vida tiene derecho. En las celebraciones que los hitos navideños marcan y desde una esperanza voluntariosa, vecinos y servidores públicos fueron también de la mano. En la quiebra, el dolor o la alegría han seguido haciendo un mismo cuerpo social.
Este exponente de la mejor esencia del servicio público no solo tiene el valor terapéutico de su ejercicio, también conlleva y allana en el conocimiento de una institución, la militar, de su presencia y desarrollo, en el que su mejor atesoramiento es el caudal humano.
Por ello, al conmemorar la efemérides de la Pascua Militar y más allá de los hechos históricos de armas de los que nació, el recuerdo y reconocimiento del patrimonio humano al servicio de la gente, a la llamada y de oficio, cobra una singular trascendencia. Los hechos lo avalan, los resultados lo dignifican y el respeto, por encima del debido, les engrandece. Felicidades.








