En la Feria de Melilla se respiraba un aire distinto esta madrugada del martes 2 de septiembre. No era por la luz de los faroles o el murmullo de los transeúntes. Había una expectativa que se palpaba en cada esquina de la Caseta Oficial. Se preparaba para un encuentro que quedaría grabado en la memoria de quienes tuvieron la suerte de estar allí. Un cosquilleo recorría el recinto como si la feria misma contuviera la respiración. Todos esperaban a Antoñito Molina, y nadie quería perder un instante de la magia que se avecinaba.
Cuando las luces del escenario comenzaron a titilar, un murmullo creciente se transformó en un rugido. Antoñito apareció, sencillo y poderoso, con una sonrisa que iluminaba la noche. Desde el primer acorde, el público se dejó envolver por el hechizo de su música, uniendo flamenco, pop y ritmos latinos en una melodía que parecía flotar entre las paredes de la caseta. Era imposible no sentirse transportado, como si cada nota dibujara un camino secreto por la feria misma.
“Me prometo”, dijo, y las palabras se colaron en el aire como un hechizo. El público cantó, sus voces mezcladas en un coro que retumbaba hasta en los rincones más lejanos de la feria. Cuando Antoñito caminó entre el público, saludando, sonriendo, la promesa se hizo tangible. No era solo un artista sobre un escenario, era un guía que conducía a la multitud por un viaje de música. Los aplausos y vítores no cesaban. Los jóvenes levantaban las manos, las familias asentían al ritmo de la melodía, y los aplausos atravesaban las casetas como olas que chocan unas con otras.
Las canciones se sucedían como capítulos de una historia que todos vivían al mismo tiempo. Mi Escondite, Laberinto… pero sobre todo Me Prometo, que resonó con una fuerza que hizo vibrar hasta el último rincón de la Caseta Oficial. Cada acorde era un suspiro, un latido compartido, un instante que nadie quería dejar escapar.
Antoñito caminaba entre la gente, interactuando con quienes lo rodeaban. Saludaba con la mano, sonreía, se inclinaba hacia los más cercanos. Cada gesto suyo generaba un eco de entusiasmo. Antoñito no solo cantó, habló. Se detuvo entre canciones para conversar con el público, para compartir historias de superación, de esfuerzo y de sueños cumplidos.
El público compartía un espacio donde el tiempo parecía detenerse, donde cada canción de Antoñito Molina se convertía en un puente hacia recuerdos, sueños y promesas. La noche se extendió entre vítores y palmas que cruzaban la caseta, y cuando los últimos acordes de 'Me prometo' se desvanecieron, quedaba una sensación de plenitud, de haber sido parte de algo irrepetible.
Esa madrugada, Melilla no solo vivió un concierto. Vivió una promesa hecha realidad. Te 'Prometo' que la emoción permanecerá en los corazones mucho después de que las luces se apaguen y que, durante esa noche, la feria no fue solo feria, sino un lugar donde la música se volvió eterna.








Qué crónica más exagerada.