Para el conocimiento no hay mejor vehículo que la cultura y sí es el que atiende a las diferencias, más aún. Pero cuando la cultura no actúa como puente sino como conflicto de intereses, su fin principal, para preservar la identidad, se diluye. Como somos, debe ser comprendido por quienes forman parte de otra singularidad, eso conlleva a insuflar energía a la propia civilización, pero no a una competición que no pocas veces se mira a través del prisma impositivo de la supremacía.
Lo que gravemente viene sucediendo en Oriente Medio es, también, además de una voraz tragedia, un estrepitoso fracaso de la Cultura. La Cultura sin la humanidad necesaria para el respeto los más débiles e indefensos, como lo es la infancia, pierde fuerza y consistencia como concepto irrenunciable, amplio, abstracto y fértil. Sin ella, sin la humanidad es solo un conjunto de ritos, liturgias y credos o simplemente espectáculo, tantas veces vulgar, que se aleja de su fundamento primordial: la relación humana y lo que deriva a su entorno.
Aquel 7 de octubre de 2023, cuando Israel recordaba el 50 aniversario de la Guerra del Yom Kipppur ( un conflicto generado tras el ataque que sufrió por parte de Siria y Egipto) era víctima de una salvaje y cruenta agresión. Así y por ello, recuperaba el derecho a defenderse y a responder a la afrenta, sin duda. Pero una respuesta lógica y sus consecuencias asumibles acabaron por convertirse en la guerra atascada que se está llevando por delante no solo el bienestar, que le corresponde por derecho, de un número ingente de niños y niñas, sino incluso la vida, demasiado e injusto sufrimiento y pérdida.
No hay justificación, ni legal ni ética, a la continuación de uso del hambre, la inasistencia médica, el rigor de la intemperie, la insalubridad, la soledad o la orfandad como armas de guerra, más cercanas a la crueldad y deshumanización progresiva y amparadas, para su venta política y mediática, en un supuesto afán irrenunciable para la supervivencia colectiva. Una miopía fundamentalista no puede amparar otra, no es, ni de lejos, aceptable. Valgan las palabras premonitorias de gran poeta irlandés Yeats en su “Segundo Advenimiento”…” La anarquía se abate sobre el mundo, se anega el ritual de la inocencia, los mejores no tienen convicción y los peores rebosan de febril intensidad”.
Los tiempos que se viven obligan, para bien, en acercar la diversidad dando salud a la propia sociedad. No hay otra opción para convivir o al menos vivir en la misma casa, aún en habitaciones separadas. Igualmente, los intentos de mutar la cultura como un catálogo doctrinal llega a las cercanías, si no de lleno, al sectarismo. Ejemplos circundan en la actualidad y, sin duda, la polarización en el mundo con el condimento de la radicalidad los hace acrecentar. La Cultura sin racionalidad, compasión y legalidad no es más que, aunque valioso, una panoplia de conocimientos y signos que tiene voluntad de compartir y enriquecer pero sin el objetivo de la indispensable prioridad de los valores humanos.
La Cultura es humanismo sincero, ese que no tiene ideología, un vehículo que atraviesa todas las sensibilidades y sale ileso, que no indiferente. La interpretación de una Cultura fértil es la que fomenta la permeabilidad, la que hace compartir y disfrutar de los rasgos identitarios de las diferencias de un conjunto.
Mirar para otro lado ante el horror o apelar a que los “dioses” hagan el esfuerzo, conduce a poco y sí a que la injusticia y el esperpento letal continúen y hagan repetir episodios negros de la Historia generando odio a partir de odio. La humanidad, magma de toda cultura inclusiva, es quien gestiona la palabra y la acción, no la divinidad, desde el debido respeto.








