La XV edición de Música a la Luna vivió anoche una de sus citas más esperadas con el concierto del clarinetista y saxofonista Paquito D’Rivera, acompañado al piano por Pepe Rivero. El recital, que tuvo lugar en la Plaza Estopiñán, reunió a un público entregado en un ambiente cuidado, accesible y profundamente musical.
Para quienes asistían por primera vez la experiencia fue sorprendente. La propuesta del ciclo es sencilla: conciertos gratuitos en espacios patrimoniales, bajo el cielo de verano. Pero el resultado va mucho más allá. Anoche no solo se escuchó jazz: se respiró, se compartió y se celebró.
La cita comenzó poco después de las 22:00 h. D’Rivera, Premio Nacional de las Artes de EE.UU. y leyenda viva del jazz latino, abrió la noche con una versión de “Contradanza”, marcando desde el principio el tono del concierto: refinado, cálido y lleno de complicidad con el público. A su lado, el pianista cubano Pepe Rivero demostró por qué es uno de los músicos más valorados del género, con un estilo que combina la técnica clásica con la improvisación del jazz y la raíz afrocubana.
Durante más de una hora, ambos artistas ofrecieron un recorrido por temas propios y versiones adaptadas, entre las que destacaron “I Remember Diz”, dedicada a Dizzy Gillespie, y “Guataca City”, una de las piezas más celebradas por el público. También hubo espacio para una personalísima lectura del “Libertango” de Astor Piazzolla, que logró convertir la plaza en un espacio íntimo sin perder la energía del directo.
Lejos de los grandes escenarios o de los montajes espectaculares, el concierto apostó por la cercanía. Solo dos músicos, dos instrumentos, y una plaza repleta que escuchó en silencio y aplaudió con entusiasmo. El público, variado y atento, respondió con respeto y emoción. Se notó que había quienes venían siguiendo el ciclo, pero también muchos asistentes que descubrían por primera vez la propuesta y se dejaban llevar.
Entre canción y canción, D’Rivera compartió anécdotas, guiños y palabras de agradecimiento. Con su humor habitual, conectó con el público sin forzar nada. Su carisma en escena es innegable, pero nunca eclipsa la música. Todo lo contrario: la potencia del concierto estuvo siempre en las notas, en los silencios, en el diálogo constante entre clarinete y piano.
El entorno también jugó a favor. La Plaza Estopiñán, en el corazón de Melilla La Vieja, volvió a demostrar que es uno de los espacios más adecuados para este tipo de conciertos. La iluminación tenue, la acústica natural y la cercanía del mar completaron una atmósfera que no necesita más adornos.
Con este concierto, Música a la Luna consolida su propuesta: acceso libre a música de calidad, en un marco patrimonial, durante las noches de verano. Y lo hace manteniendo un equilibrio entre artistas de renombre y cercanía con el público local.
La próxima cita será el 8 de agosto, con la actuación de Marilia, exintegrante del dúo Ella Baila Sola, que presentará su trabajo en solitario en el mismo escenario. El ciclo se extenderá hasta septiembre y cuenta este año con un total de siete conciertos.
Anoche, muchos salimos de la plaza con la sensación de haber vivido algo especial. No solo por los nombres que figuraban en el cartel, sino por la forma en que la música se compartió: con respeto, con alegría, y bajo una luna que pareció quedarse un poco más de lo habitual.








