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La carencia de valores éticos nos hace más crueles y más vulnerables

Todos sabemos que, en la actualidad, hay superabundancia de alimentos y que, por lo tanto, el hambre es remediable

Por José Antonio Hernández Guerrero
02/11/2020 15:11 CET
La carencia de valores éticos nos hace más crueles y más vulnerables
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¿RECUERDAS -querido amigo Agustín?- cómo, durante, al menos, la segunda mitad del siglo veinte, quizás como reacción inevitable a los rigores de la Dictadura, los “progres” tachábamos de moralina cualquier referencia a la bondad, a la virtud, al respeto, al orden o a la disciplina? Es posible que dicha respuesta adolescente se haya hecho crónica en algunos de los ya maduritos y explique, en parte, el menosprecio, más o menos explícito, de los valores y de las exigencias morales. ¿No es cierto que, a veces, nos da cierto pudor confesar de manera descarada que apreciamos los comportamientos honestos, rectos y virtuosos de las personas coherentes e íntegras? ¿No es verdad que nos resulta pueril reconocer que el valor supremo de un ser humano es la bondad?

Otra de las consecuencias de aquel comprensible rechazo puede ser la simplificación ingenua o el empobrecimiento dañino de la moral: el olvido de que, si mutilamos el cuerpo de los principios éticos, se resiente todo el equilibrio individual y se derrumba, incluso, la estructura de la vida social y de las pautas políticas: nos hacemos más crueles y más vulnerables. No podemos perder de vista que la moral posee diversos contenidos complementarios ni debemos olvidar que, cuando prescindimos de cualquiera de ellos, se devalúan los demás valores personales y colectivos.

Para explicarnos de una manera más concreta podríamos hacernos una pregunta: ¿Por qué hay hambre en el mundo? Todos sabemos que, en la actualidad, hay superabundancia de alimentos y que, por lo tanto, el hambre es remediable. La FAO dice que la agricultura mundial permitiría alimentar a más de 15.000 millones de personas, el doble de la actual población del planeta. ¿No piensas tú que si, además de las teorías económicas, de los adelantos científicos y de los inventos tecnológicos, aplicáramos las normas de la moral, se paliarían de manera notable muchos de esos problemas que, como la miseria y hambre, claman al cielo y constituyen la verdadera amenaza para la paz?

A veces tratamos de tranquilizarnos diciéndonos que somos víctimas de un proceso de transición en el que una moral anticuada está cediendo su lugar a otra emergente, pero el hecho comprobable es que determinadas actitudes y algunos comportamientos demuestran que aspiramos a un modelo de vida “liberado” de cualquier atadura moral. Cuando oímos proclamar la “nueva moral”, deberíamos detenernos e indagar en los valores reales de ese “nuevo ethos” para tratar de descubrir si, realmente, nos hacen más humanos, más libres y más solidarios. En mi opinión, puede resultar suicida el empeño de ennoblecer esta crisis presente mostrándola sólo como el conflicto entre dos morales, la una caduca y la otra en albor. Aunque es cierto que, a lo largo de la historia de las civilizaciones, las jerarquías de los valores morales cambian de orden y que las virtudes que, en un momento determinado, eran más apreciadas pasan a ocupar un lugar secundario, hemos de reconocer que, a veces, se produce, simplemente, la supresión total o la pérdida parcial de la dimensión ética de los comportamientos individuales o sociales.

Todos conocemos a personas que, colocadas en los diferentes rangos de la escala social, política o profesional, carecen de principios éticos o de sensibilidad moral e, incluso, alardean de falta de sentimiento de sumisión a algo, de conciencia de servicio y de obligaciones sociales. No se trata de que, en un momento determinado, no hayan atendido a las exigencias éticas; es, simplemente, que desprecian las ataduras morales y no quieren supeditarse a ninguna norma ni a ninguna autoridad. A veces, por falta de valentía o por un exceso de delicadeza, calificamos como “amorales” unas conductas que son descaradamente “inmorales”.

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