Pastela de pollo
La pastela no es una receta que admita prisas. Quien decide prepararla sabe que dedicará varias horas a una elaboración en la que cada paso resulta determinante. No basta con reunir los ingredientes adecuados; es necesario comprender cómo interactúan entre sí y respetar los tiempos de cocción para conseguir el equilibrio que ha convertido a este plato en uno de los grandes referentes de la cocina marroquí.
Presente en bodas, festividades religiosas y celebraciones familiares, la pastela simboliza hospitalidad y generosidad. Su llegada a la mesa suele anunciar una ocasión especial, ya que pocas elaboraciones requieren tanta dedicación y tanta atención al detalle. Su aspecto ya anticipa que no se trata de un plato cualquiera: una superficie fina y dorada, cubierta con azúcar glas y decorada con dibujos de canela, esconde un relleno donde pollo, cebolla, almendras y especias conviven en una sorprendente combinación de sabores dulces y salados.
Todo comienza con la elección de una buena materia prima. El pollo es el ingrediente principal, elegido por la ternura que adquiere tras una cocción lenta y por su capacidad para absorber los aromas de las especias.
Junto a él destacan varias cebollas cortadas muy finamente, abundante perejil y cilantro frescos, además de una mezcla de especias imprescindible para construir el carácter del plato. El jengibre aporta un ligero toque picante; la cúrcuma intensifica el color; la pimienta negra añade profundidad; la canela introduce el matiz dulce que caracteriza a la receta; mientras que el azafrán aporta aroma y un inconfundible tono dorado.
Aceite de oliva, mantequilla y sal completan la base del guiso. Más adelante se incorporarán los huevos, las almendras, la masa warqa —o masa brick como alternativa más habitual fuera de Marruecos—, el azúcar glas y la canela utilizada para la decoración final.
La elaboración comienza en una cazuela amplia donde se calientan aceite de oliva y una pequeña cantidad de mantequilla. Sobre esta base se cocinan lentamente las cebollas hasta que pierden firmeza sin llegar a dorarse.
A continuación se incorpora el pollo junto al perejil, el cilantro y todas las especias. El aroma comienza a llenar la cocina incluso antes de añadir el agua necesaria para iniciar la cocción.
Durante aproximadamente una hora, el pollo se cocina a fuego suave mientras absorbe todos los sabores del caldo. Las cebollas van reduciéndose lentamente y los jugos se concentran hasta formar una salsa espesa e intensa. Durante este proceso es necesario remover con frecuencia para evitar que el fondo se agarre y controlar la cantidad de líquido, ya que el objetivo no es obtener un caldo abundante, sino una base muy concentrada.
Cuando el pollo está completamente cocinado se retira de la cazuela y se deja templar antes de desmenuzarlo cuidadosamente. Se eliminan pieles y huesos hasta obtener únicamente fibras limpias de carne, lo que garantiza una textura uniforme en toda la pastela.
Mientras tanto, la cebolla continúa reduciéndose sobre el fuego hasta adquirir una consistencia cremosa. En ese momento se incorporan los huevos previamente batidos, removiendo constantemente para que se integren con la cebolla sin formar una tortilla. El resultado es una mezcla suave y brillante que aportará jugosidad al interior.
Las almendras constituyen otro de los elementos esenciales de la receta. Primero se fríen hasta alcanzar un tono dorado uniforme y, una vez frías, se trituran ligeramente, procurando conservar pequeños trozos que aporten textura. Después se mezclan con azúcar glas y canela. En algunas familias también se añade agua de azahar, que proporciona un delicado perfume sin dominar el conjunto.
Esta preparación explica el característico contraste de la pastela. Mientras el pollo conserva la intensidad de las especias y la cebolla aporta un dulzor natural, las almendras introducen una nueva dimensión donde el azúcar y la canela completan el equilibrio del plato sin ocultar el resto de sabores.
Con todos los elementos preparados comienza una de las fases más delicadas: el montaje.
El molde se unta con mantequilla y se cubre con varias hojas de masa warqa o masa brick, cada una pincelada con mantequilla derretida para favorecer el característico acabado crujiente. Las láminas deben sobresalir por los bordes para poder cerrar completamente la elaboración al final.
Sobre esta base se distribuye primero el pollo desmenuzado. Después se añade la mezcla cremosa de cebolla y huevo, y finalmente la capa de almendras con azúcar y canela.
Una vez completado el relleno, se cubre con nuevas hojas de masa, también untadas con mantequilla. Los bordes se pliegan cuidadosamente hacia el interior para sellar completamente la pastela y evitar que los jugos escapen durante la cocción. Antes de introducirla en el horno se aplica una última capa de mantequilla sobre toda la superficie.
La pastela se hornea normalmente a unos 180 grados durante treinta o cuarenta minutos, dependiendo del tamaño y del horno.
Durante este tiempo las finas capas de masa adquieren un tono dorado y una textura extremadamente crujiente, mientras el relleno termina de asentarse en el interior. El aroma que desprenden las especias, la mantequilla y las almendras anuncia que la elaboración está llegando a su punto final.
El tiempo de horneado resulta fundamental. Una masa poco hecha pierde su característico crujido, mientras que un exceso de cocción puede resecar el relleno.
Una vez fuera del horno, la pastela aún necesita su último toque.
La superficie se cubre generosamente con azúcar glas y, sobre ella, se dibujan figuras geométricas utilizando canela. Cada familia conserva sus propios diseños, aunque todos cumplen la misma función: convertir la pastela en un plato tan atractivo a la vista como complejo en su elaboración.
Esta decoración no tiene únicamente un valor estético. El azúcar glas y la canela aportan el último matiz de sabor que completa el equilibrio del conjunto. En el primer bocado aparece una ligera sensación dulce que enseguida deja paso al pollo especiado, la cebolla caramelizada y las almendras, creando una sucesión de sabores que cambia constantemente en el paladar.
La pastela representa mucho más que una elaboración culinaria. En numerosas familias marroquíes continúa preparándose de forma colectiva. Mientras unas personas cocinan el pollo, otras fríen las almendras, desmenuzan la carne o montan cuidadosamente las capas de masa.
Gran parte de la receta se aprende observando a madres y abuelas durante años. Los tiempos de cocción, la cantidad adecuada de especias o el punto exacto de la cebolla rara vez aparecen escritos; forman parte de un conocimiento transmitido de generación en generación.
Cada casa introduce pequeñas variaciones, intensificando la canela, añadiendo agua de azahar o modificando ligeramente la proporción de almendras, pero todas mantienen intacta la esencia del plato.
La pastela sigue ocupando un lugar privilegiado en la gastronomía marroquí porque simboliza el valor del tiempo, el cuidado por los detalles y la importancia de compartir la mesa. Prepararla supone dedicar horas de trabajo a una receta donde nada se improvisa y donde cada ingrediente cumple una función precisa.
El resultado es un plato en el que la suavidad del pollo, la intensidad de las especias, el dulzor de la cebolla, el crujido de las almendras y la delicadeza de la masa se unen en un equilibrio difícil de igualar. Más que una receta, la pastela resume siglos de tradición culinaria y una forma de entender la cocina como un acto de hospitalidad, paciencia y celebración.
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