Categorías: Opinión

Y todavía hay que seguir sufriéndola

Hay imágenes políticas que retratan perfectamente una forma de entender la gestión pública. Y probablemente una de las más surrealistas que ha dejado la actualidad reciente en Melilla sea ver a la delegada del Gobierno exhibiendo como un gran éxito la entrada de 15 toneladas de sandías desde Marruecos a través de la aduana comercial.

Sí, sandías; sí, ella haciéndose fotos en la frontera esperando la llegada del camión. Si no lo creen, miren sus redes sociales.

Mientras Melilla sigue acumulando problemas estructurales gravísimos, mientras empresarios locales denuncian trabas constantes, mientras la ciudad continúa aislada aérea y económicamente, la máxima representante del Gobierno central considera oportuno sacar pecho porque varias toneladas de fruta cruzan la frontera para abastecer establecimientos locales.

Y lo peor no es el anuncio. Lo verdaderamente preocupante es el tono triunfalista con el que pretende venderse semejante situación, que casi ha convertido en una fiesta.

Porque conviene recordar algo elemental: Marruecos puede introducir mercancías en Melilla, pero Melilla sigue teniendo enormes dificultades para hacerlo en sentido contrario. No existe reciprocidad real. No existe igualdad comercial. No existe una frontera equilibrada. Y convertir esa anomalía en motivo de celebración institucional resulta, sencillamente, sonrojante.

La delegada asegura que “seguirán trabajando” para consolidar la entrada de mercancías y que esta política “favorece la actividad económica de Melilla”. Cuesta creer que alguien pueda pronunciar semejante frase sin ruborizarse. ¿Favorecer la economía local consiste ahora en asumir resignadamente que unos venden y otros no? ¿Ese es el nuevo modelo económico que se pretende normalizar para esta ciudad?

Porque los propios empresarios melillenses llevan meses —y algunos, años— reclamando justamente lo contrario. Han denunciado públicamente la falta de reciprocidad comercial y han pedido incluso la eliminación del régimen de viajeros porque Marruecos ni siquiera lo aplica en igualdad de condiciones. Las organizaciones empresariales no están celebrando sandías; están reclamando dignidad económica y seguridad jurídica para poder competir y trabajar en condiciones normales.

Pero parece que desde Delegación del Gobierno se vive en otra realidad. Una realidad en la que cualquier gesto procedente de Rabat debe presentarse como un logro político. Una realidad en la que se intenta disfrazar de avance histórico lo que, en realidad, evidencia la posición de debilidad permanente en la que continúa Melilla.

Y mientras tanto, los problemas reales siguen acumulándose.

La ciudad continúa sufriendo unas conexiones aéreas deficientes y limitadas. La ampliación de la pista del aeropuerto y la instalación de nuevos sistemas de aproximación siguen siendo reivindicaciones históricas sin resolver. La sanidad pública arrastra una preocupante falta de especialistas médicos. Los jóvenes siguen marchándose por falta de oportunidades. El tejido económico continúa debilitándose.

Pero, en lugar de plantarse en Madrid para exigir soluciones de peso para Melilla, la delegada parece mucho más centrada en otra cosa: construir una imagen pública constante de cara al futuro político que ya tiene entre ceja y ceja. Porque resulta evidente que hace tiempo que ha comenzado la campaña electoral. Cada visita, cada fotografía, cada paseo por mercados y barrios parece formar parte de una estrategia perfectamente orientada a proyectarse como futura candidata del PSOE a la Presidencia de la Ciudad Autónoma en 2027.

Y en ese contexto se entienden muchas cosas. Se entiende la necesidad permanente de exposición pública. Se entiende la obsesión por convertir cualquier asunto menor en propaganda institucional. Y se entiende también por qué se intenta presentar como un éxito político algo tan ridículo como la entrada de sandías mientras Melilla sigue atrapada en problemas mucho más serios y urgentes.

El problema es que los ciudadanos no necesitan marketing político. Necesitan soluciones. Necesitan una frontera que funcione con reciprocidad y dignidad. Necesitan inversiones reales. Necesitan infraestructuras modernas. Necesitan una sanidad que responda. Necesitan políticas económicas serias. Y, sobre todo, necesitan dirigentes que distingan entre hacer gestión y hacer campaña.

Porque cuando una ciudad atraviesa tantas dificultades y desde las instituciones se pretende vender fruta como símbolo de progreso, quizá el problema ya no sea solo político. Quizá empiece a ser directamente una cuestión de sentido común.

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