Hay intervenciones políticas que no solo llaman la atención por su contenido, sino por el desconcierto que generan. Las recientes declaraciones del portavoz de las Juventudes Socialistas sobre el hub tecnológico de Melilla entran de lleno en esa categoría. Calificar una apuesta estratégica de ciudad como un “experimento sin sentido” no es solo una crítica política: es una demostración de desconocimiento o, peor aún, de una ligereza impropia de quien aspira a tener recorrido en la vida pública.
Porque conviene dejar algo claro desde el principio: Melilla no está para frivolidades. La ciudad necesita soluciones, no ocurrencias ni discursos vacíos. Y cuando alguien decide opinar con tanta rotundidad, lo mínimo exigible es que se haya tomado la molestia de entender el contexto en el que habla. En este caso, todo apunta a que no ha sido así.
Mientras este joven dirigente se permite descalificar iniciativas orientadas a atraer inversión y generar empleo, parece ignorar cuestiones fundamentales que afectan directamente a la ciudadanía. La construcción de vivienda pública, por ejemplo, es ya una realidad en marcha. Una medida imprescindible para una juventud que tiene cada vez más difícil emanciparse. Sin embargo, sobre esto, silencio. Ni una palabra. Ni un reconocimiento. Nada.
Ese silencio resulta aún más significativo si se tiene en cuenta la situación de partida. Durante la etapa del Gobierno CpM-PSOE al que ahora se mira con evidente complacencia, no se dejaron ni proyectos listos ni trámites preparados que permitieran avanzar con agilidad en materia de obra pública. Es decir, no solo no se solucionaron problemas, sino que se dejó el terreno vacío para quienes vinieran después. Y aun así, hay quien se permite dar lecciones.
Pero el problema de fondo va más allá de la vivienda. El verdadero reto de Melilla es el empleo. Y aquí es donde el discurso del portavoz de Juventudes Socialistas hace aguas por todos lados. Porque negar la importancia de atraer empresas y dinamizar la economía es negar la evidencia. Sin tejido empresarial no hay puestos de trabajo. Sin inversión no hay futuro. Y sin futuro, la juventud está condenada a marcharse.
El hub tecnológico no es, como se pretende hacer ver, una fantasía sin sentido. Es una herramienta. Una apuesta por posicionar la ciudad en un sector con capacidad de crecimiento y de generación de oportunidades. Un intento de aprovechar ventajas fiscales y de infraestructura para competir en un entorno cada vez más exigente. ¿Que puede ser mejorable? Como cualquier proyecto. ¿Que merece un debate serio? Sin duda. Pero despacharlo con desdén solo demuestra una alarmante falta de visión.
Resulta igualmente llamativo que quien se muestra tan combativo con determinadas iniciativas no haya dicho absolutamente nada sobre otros problemas que afectan de forma directa a los melillenses. Las cancelaciones de vuelos, por ejemplo, siguen generando un malestar evidente. Sin embargo, en ese terreno, el silencio es total. Ni críticas, ni propuestas, ni explicaciones.
La política exige algo más que repetir consignas o alinearse sin fisuras con un determinado discurso. Exige criterio, conocimiento y, sobre todo, responsabilidad. Porque cada intervención pública contribuye a construir —o a deteriorar— el debate colectivo. Y en este caso, lo que se percibe es más ruido que aportación.
La juventud tiene todo el derecho a participar en política. Es más, es necesario que lo haga. Pero también es imprescindible que quienes dan ese paso lo hagan con un mínimo de preparación y de respeto por la realidad que les rodea. De lo contrario, corren el riesgo de convertirse en meros altavoces sin contenido.
Quizá alguien dentro de su propio partido debería sentarse con este portavoz y explicarle algunas cuestiones básicas antes de que siga acumulando intervenciones de este tipo. No por censurarle, sino por ayudarle. Porque si algo queda claro tras sus palabras es que, hoy por hoy, este chaval no se entera.