Llegar al Fuerte de Victoria Grande es asomarse a Melilla desde otra perspectiva. Desde este espacio, la ciudad parece tomar distancia y ofrecerse a una mirada más pausada, distinta de la que acompaña el ritmo cotidiano. Más introspectiva. Al cruzar sus accesos, la arena sobre el suelo, la piedra desnuda de las paredes y las rejas de hierro que enmarcan las puertas dibujan una primera impresión del recinto. Los habitáculos, con sus techos ovalados, se suceden conectados por un patio interior que articula el conjunto y permite pasar de una estancia a otra. Aquí, el edificio no necesita demasiados añadidos para hacerse presente: la piedra atravesada por los siglos y la historia, la luz que alcanza cada rincón, la textura de las paredes y la disposición de las estancias construyen una atmósfera propia.
Es precisamente esa identidad la que convierte al Fuerte de Victoria Grande en algo más que el lugar donde se representan dos obras de teatro. El recinto conserva su carácter mientras las voces, la música y los personajes lo recorren. No hace falta ocultar sus paredes ni transformar por completo sus espacios para convertirlos en escenario; la arquitectura ya forma parte de la experiencia. Acompaña la narrativa. La historia del Fuerte permanece en sus materiales y en su disposición, mientras el teatro incorpora nuevas voces y relatos sin borrar aquello que forma parte de la historia del recinto.
La segunda edición de Terror en los Fuertes, organizada por la Fundación Melilla Monumental y el Patronato de Turismo, reúne a dos compañías melillenses, Sibila Teatro y Mirrolde Teatro, con Las ánimas del Tenorio y Cuentos de Difuntas. Son dos propuestas distintas, unidas por la literatura, la tradición de contar historias en torno al Día de Todos los Santos y una manera de entender el teatro en la que el espectador no permanece al margen de lo que sucede. La representación se desarrolla a pocos pasos del público, entre las bóvedas y las estancias, en un recorrido donde el espacio acompaña a los intérpretes y participa en la manera de contar cada historia.
Miguel Escutia, director de Mirrolde Teatro, conoce bien las particularidades del recinto y las posibilidades que ofrece a quienes trabajan en él. "Es un lugar muy especial para hacer teatro, muy diferente, no tiene nada que ver", explica. Entre los aspectos que más valora Escutia está la acústica de las bóvedas. Las voces se proyectan y regresan desde las paredes, alcanzando al público sin necesidad de amplificación. El sonido forma parte del recinto y permite que la interpretación conserve su naturalidad, de modo que una palabra pronunciada en voz baja, una pausa o un silencio adquieren otra presencia cuando el espectador se encuentra tan cerca del actor. Incluso, la resonancia hace que el propio intérprete sienta el pulso del sonido de su voz.
Ana Jiménez, ayudante de dirección y asistente de texto de Ceres Machado en Las ánimas del Tenorio, coincide en que esa cercanía transforma la experiencia. Jiménez destaca, además, la libertad que supone trabajar en un espacio donde no son necesarios los micrófonos. "Poder trabajar sin micro siempre es un privilegio para los actores, porque el micro te supedita muchas veces al movimiento, a qué puedes hacer, qué no... La acústica de este sitio hace que los actores puedan trabajar sin micro y es todo más real, más natural". La voz llega directamente al espectador y el intérprete puede moverse sin estar condicionado por el dispositivo de amplificación.
Las palabras, los susurros y las pausas encuentran su lugar en las bóvedas, mientras las paredes devuelven los sonidos y forman parte de la experiencia sensitiva. "Todo lo que suceda, sucede en interacción con el público", señala Jiménez. El público no permanece sentado durante toda la función. Avanza de una estancia a otra, atraviesa el patio interior y llega a los personajes mientras descubre las distintas partes del recinto acorde al hilo narrativo de las obras escénicas y las historias de sus personajes. El recorrido forma parte de la dramaturgia y hace que cada cambio de espacio modifique la perspectiva desde la que se contempla la historia. En Las ánimas del Tenorio, una Brígida recibe a los asistentes, los introduce en el universo de la obra y los guía por el itinerario, enlazando las escenas y estableciendo una complicidad con quienes se adentran en ellas.
"El escenario es todo el fuerte", resume Jiménez. No existe una única disposición frontal ni una distribución idéntica para todas las escenas. Cada habitáculo adquiere una configuración de elementos propia, adaptada a los personajes y a sus movimientos; el patio interior articula el tránsito entre las dependencias y los espacios exteriores se incorporan al conjunto de la acción desde el momento de enseñar las entradas en la puerta. La iluminación acompaña los cambios de ambiente sin competir con la arquitectura, mientras los elementos escénicos se disponen atendiendo a las características del lugar. Esa atención se extiende también al mobiliario: los bancos utilizados proceden de la Iglesia del Sagrado Corazón, cuyos asientos fueron sustituidos, y Paco Díaz estuvo pendiente de su recuperación y arreglo. Su presencia responde a la voluntad de integrar cada elemento en el entorno.
Cuentos de difuntas, la propuesta de Mirrolde Teatro, está compuesta por cuatro relatos originales de la dramaturga Sonia Rubiano: "La leyenda de la monja blanca", "¡Qué cosas tiene mi madre!", "Cara de sapo" y "Espío el amanecer". Escutia dirige este recorrido que recupera la tradición de contar historias de miedo en torno al día de Todos los Santos, una costumbre arraigada en numerosos pueblos de España. El director reivindica esa tradición oral y las celebraciones arraigadas en las costumbres. Su propuesta pasa por una especie de acercamiento al teatro radiofónico, manteniendo la luz, aunque trabajar en la oscuridad también formo parte de un primer boceto en la creación del montaje que finalmente se desechó.
Los cuatro relatos mezclan la inquietud, la ironía, el sarcasmo y la poesía. El espectador transita así por diferentes maneras de acercarse, sin permanecer en una única emoción durante toda la representación. La obra termina con "Espío el amanecer", un relato de fantasmas de carácter más poético que abre otra perspectiva después de las situaciones inquietantes y los momentos de ironía. Esa variedad de registros es una de las claves de la propuesta de Rubiano. La música en directo de Los Zíngaros del Rif acompaña las historias y se integra en el desarrollo de la función. El violín de Mario Fernández, el piano de Miguel y la percusión de Yael Pardos contribuyen a crear los ambientes sonoros y a enlazar las escenas. La música no queda al margen de la acción: ayuda a conducir al público entre los espacios y amplía las imágenes que las palabras despiertan. Escutia describe una propuesta que lleva permanentemente al espectador de un lugar a otro. Un viaje.
La otra propuesta escénica, Las ánimas del Tenorio, llega de la mano de Sibila Teatro. Escrita y dirigida por Ceres Machado a partir de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, revisita el clásico desde las perspectivas de sus personajes. Don Juan, Doña Inés y Don Gonzalo de Ulloa ofrecen distintas miradas sobre una misma historia, mientras Brígida acompaña al público por el recorrido y aporta un contrapunto de humor y complicidad. La adaptación parte de un conocimiento profundo del texto original: Machado, con experiencia en distintas versiones de Don Juan Tenorio, explora la manera de pensar de los personajes, cómo vivieron los acontecimientos y cómo afrontaron la muerte. La obra invita a volver sobre el clásico desde otro lugar y a escuchar las voces que lo componen desde su propia intimidad. También incorpora una mirada sobre las mujeres y su capacidad de decidir sobre su propia historia, una línea presente en el trabajo de la dramaturga y directora.
Esa unión entre cultura y patrimonio enlaza con otra de las cuestiones que plantean Escutia y Jiménez: la necesidad de dar visibilidad al trabajo de las compañías locales. Jiménez destaca la actividad teatral que existe en Melilla y la sorpresa que provoca entre los profesionales que llegan desde la península cuando descubren la cantidad de compañías y espectáculos que se desarrollan en la ciudad. Una actividad que, a juicio de los artistas, todavía necesita mayor reconocimiento. Escutia pone sobre la mesa una idea que resume esa reivindicación: "Cultura Melilla". El lema apela a la importancia de poner en valor la creación artística, la educación y la actividad cultural como parte esencial de la identidad de la ciudad. Una imagen que conviva con otras destacadas de la ciudad, como el deporte, y que permita seguir construyendo una identidad de ciudad. Melilla no es solo un lugar de encuentro entre distintas tradiciones, sino también una ciudad que genera sus propias propuestas a través del trabajo de sus creadores.
Jiménez señala, además, la importancia de seguir impulsando una oferta propia en un entorno de conexiones territoriales complejas: "Tenemos que generar nuestra propia cultura, nuestro propio teatro, nuestro propio ocio". La reivindicación apunta a la necesidad de apoyar las iniciativas locales, facilitar su difusión y reconocer a quienes mantienen viva la programación escénica melillense. Por ello, aprecian el apoyo de la consejería de Cultura, la Fundación Melilla Monumental y Turismo. En este sentido, Terror en los Fuertes muestra cómo el teatro puede acercar el patrimonio a la ciudadanía y ofrecer a residentes y visitantes nuevas maneras de descubrirlo. La colaboración del Patronato de Turismo amplía esa dimensión y permite mostrar Victoria Grande desde una perspectiva cultural, a través de una propuesta que invita a recorrer el recinto y a prestar atención a sus características arquitectónicas. La respuesta del público, señala Escutia, ha sido muy positiva: las entradas se agotaron en menos de 48 horas desde su puesta a la venta. Las características del recorrido limitan el aforo, pero esa misma proximidad contribuye a que cada grupo viva la función de una manera diferente y también, los propios intérpretes.








